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Las luces de Broadway

Barcelona. 18/01/26. Palau de la Música Catalana. Obras de Leonard Bernstein y Philip Glass. Leticia Moreno, violín. Franz Schubert Filharmonia. Tomàs Grau, dirección.

Volvía a la carga la Franz Schubert Filharmonia con el propio Tomás Grau en el primer gran programa del año en que, al igual que en el concierto inaugural, el violín volvió a ser protagonista del escenario. La formación recorrió, como es habitual, diversas capitales catalanas (en este caso, Tarragona y Lleida) con la aclamada Leticia Moreno en el cartel, con un programa dedicado a dos autores norteamericanos muy distintos y de marcada personalidad. La invitada fue convocada para interpretar el Concierto para violín nº 1 de Glass, mientras que la obertura de Candide y la suite de Danzas sinfónicas de West Side Story, de Leonard Bernstein abrieron y cerraron el programa, respectivamente.

Son tiempos propicios para la formación catalana, que atraviesa su vigésimo aniversario —antes Orquestra Simfònica Camera Musicae—, acumulando en estos últimos años diversos hitos de prestigio, como actuar en el Carnegie Hall o la Dubai Opera, a los cuales ya puede sumarse el haber sido orquesta anfitriona de un programa de televisión; nada menos que del breve ARIA, Locos por la Ópera, en RTVE, cuyo episodio final se emitió el pasado lunes. La adaptación española de este talent show y original de la cadena pública holandesa sin duda ha demostrado ser un acierto en términos de visibilidad, como confirman sus buenos índices de audiencia y, a juzgar por el numeroso público que no quiso perderse el reencuentro de la orquesta con la violinista, también en términos de conexión con la audiencia local.

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En la sala modernista, Grau abrió el programa con el cándido aperitivo de Bernstein, la obertura de su célebre opereta. Una FSF de buena factura sonora y orgánicamente plena, sin desequilibrios, fue guiada por su director en un tempo reposado —sin duda algo más lento de lo habitual en las interpretaciones del propio Bernstein—, asegurando una correcta y precisa consecución de los detalles orquestales de la partitura.

Ya en el escenario, Moreno, vestida de un elegante azul oscuro, se adentró con absoluta concentración en las páginas de Glass, armada con su violín y su atril, elemento aquí casi indispensable dada la naturaleza del lenguaje del compositor estadounidense. Dejando al margen cuestiones estéticas y de gustos, ante la aparente asequibilidad de su música a nivel interpretativo, –frecuentemente la música “minimalista” puede erróneamente asociarse a música “fácil” de interpretar”–, el mayor reto de Moreno y Grau recayó sobre cómo hacer que una música basada en la iteración –más que en la mera repetición–, consiguiera no decaer en términos de atención y fuerza dramática. Y puede admitirse que lo lograron, especialmente la violinista, quien, por su condición de solista, asumió una mayor responsabilidad en el juego de contrastes, gamas dinámicas, matices tímbricos y de carácter, algo nada desdeñable tratándose de un discurso musical que se desarrolla a partir de pequeños cambios progresivos.

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Grau consiguió sobrellevar bien la cambiante métrica del primer tiempo y la orquesta se adecuó a los distintos tempi, aunque la proyección inicial de Moreno pasó por momentos delicados y tardó en ensamblarse al tejido orquestal, algo que cambió en los pasajes posteriores, en los que la solista trató de sacar lo mejor de su violín a raíz de la progresiva tensión instrumental. Ambos firmaron un más que correcto segundo tiempo, que sin ser de lo mejor del concierto, consiguió evocar su intrínseca épica dramática; un crescendo edificado en unos buenos cimientos, un ascensión perfectamente gradual y planificada que supo administrar bien la tensión del incesante ostinato tonal, de ese post-barroco tan propio del estilo del compositor. El catalán también optó por un tempo más prudente para el tercer tiempo, que destacó quizá como el mejor de los tres desde el punto de vista orquestal, aun con algún que otro desliz, en el que Moreno encontró sus puntos fuertes, especialmente el último solo en la estratosfera del instrumento, intenso y bien nutrido de vibrato. Regaló una deliciosa nana de Falla asistida por la arpista.

La formación catalana se aventuró en las andanzas pandilleras de West Side Story, y la suite de danzas fue, sin duda, uno de los puntos fuertes del concierto. Grau consiguió extraer todo el potencial de una orquesta que dio la talla, evocando las travesuras caribeñas y jazzísticas de Bernstein, especialmente gracias a unas espléndidas secciones de percusión y metales. Como una auténtica big band, se mostró cómoda y visiblemente divertida, recreando la esencia de Broadway con desparpajo sin perder la concentración. Las nueve piezas propiciaron momentos de verdadera diversión musical a ambos lados del escenario; todas ellas imprescindibles y capaces de entusiasmar al público. El concierto terminó desmadrándose en el bis un estelar Mambo, con todos los integrantes bailando y tocando de pie; sin duda, un capítulo entusiasta de una FSF que, a pesar de alguna puntual sombra, vuelve con muchas luces y en plena forma.

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Fotos: © Martí E. Berenguer