Humanidad y oficio
Cerrar un año con la Sinfonía n.º 9 en re menor, op. 125 “Coral” de Ludwig van Beethoven no es un gesto programático de neutralidad. Es casi una toma de posición. La Novena no es únicamente una obra maestra del repertorio sinfónico puesto que es un manifiesto artístico, moral y humano. Su mensaje —la fraternidad como horizonte posible— sigue siendo incómodo, exigente y profundamente actual. Beethoven la concibió como un himno a la fraternidad humana; su final coral, con el célebre texto de Schiller “Oda a la alegría”, sigue resonando como un desafío ético y estético frente a nuestro tiempo. Interpretarla exige, por tanto, una conjunción de precisión, disciplina expresiva y, sobre todo, sentido profundo de humanidad.
La Orquesta Sinfónica de Madrid, junto al Coro Nacional de España y un sólido cuarteto de solistas, afrontó este reto bajo la batuta de Juanjo Mena, en una interpretación que rehuyó el efectismo para apostar por una lectura reflexiva, honesta y de largo aliento. Una Novena entendida más como camino que como destino.
I. Allegro ma non troppo, un poco maestoso
Desde el primer compás, el enfoque de Mena fue claro: un Beethoven solemne, de respiración amplia, más cercano a la pureza del mármol que al gesto volcánico. Los planos sonoros aparecieron nítidos, bien jerarquizados, permitiendo seguir el discurso con claridad estructural. El gran crescendo inicial se construyó con paciencia, casi como un trabajo de orfebrería, sin prisas ni estridencias, dando forma a un desarrollo progresivo y noble.
El fraseo, elegante y contenido, evitó cualquier aspereza. Hubo cuidado extremo por la articulación y el equilibrio, aunque esa misma contención derivó en una cierta ausencia de fuerza y energía dramática, especialmente en los momentos donde Beethoven parece pedir un impulso más físico. El tempo, siempre solemne, reforzó una lectura reflexiva, insigne, incluso austera, que priorizó la coherencia interna frente al impacto emocional inmediato.
Fue un primer movimiento de gran dignidad formal, más reflexivo que visceral, más construido que arrebatado, concebido como una arquitectura moral antes que como un despliegue de fuerza. Un Beethoven que piensa y mide, que avanza desde la razón y el control, como si la emoción —plena, desbordada— quedara deliberadamente contenida por las propias exigencias del instante del concierto y la vivencia conocida por todos del Maestro.

II. Molto vivace
El segundo movimiento irrumpió con una energía rítmica incisiva, casi desafiante. Aquí Beethoven sustituye la danza ligera por un scherzo de carácter obstinado, rítmicamente implacable, donde el impulso vital se manifiesta como resistencia frente a la oscuridad inicial.
La orquesta respondió con precisión, especialmente en la articulación de la cuerda grave y los ataques de timbal, que marcaron el carácter casi obsesivo del motivo principal. Juanjo Mena supo equilibrar tensión y claridad, evitando que el movimiento se convirtiera en un bloque homogéneo de fuerza y permitiendo que afloraran los contrastes internos, especialmente en el trío central, donde la música parece respirar por primera vez.
Sin embargo, quizá se echó en falta un mayor contraste, una mayor sensación de riesgo en los juegos de tensión y distensión que Beethoven plantea. Mena optó por una continuidad muy controlada, sin rupturas bruscas, lo que otorgó claridad y estabilidad, pero redujo parcialmente el carácter incisivo y casi desafiante que puede desprender este movimiento.
El resultado fue un scherzo elegante y bien armado, de enorme corrección técnica, aunque algo contenido en su dimensión más radical.
III. Adagio molto e cantabile
El tercer movimiento se reveló como uno de los puntos más logrados de la mañana. La construcción fue sólida y bien cimentada, con un notable empaste orquestal y una tensión mantenida de principio a fin. La música respiró con naturalidad, desplegando líneas melódicas amplias, sostenidas por un contrapunto claro y bien equilibrado. La trompa, especialmente cuidada, aportó calidez y profundidad sin sobresalir artificialmente del tejido sonoro.
El carácter general fue de una ternura solemne, sin sentimentalismo, donde la elegancia del fraseo y la continuidad del discurso primaron sobre cualquier tentación de embellecimiento excesivo. La batuta sostuvo el arco del movimiento con inteligencia, manteniendo la tensión interna incluso en los pasajes más contemplativos.
Un Adagio que fue, quizá, el momento donde más claramente se manifestó la humanidad del director: su capacidad para confiar en el silencio, para permitir que la música se sostenga por sí misma sin necesidad de subrayados. No hubo aquí búsqueda de belleza superficial, sino una serenidad profunda, casi reconciliadora, que preparó el terreno emocional para el gran salto final.
IV. Finale: Presto – Allegro assai
El cuarto movimiento irrumpe como una disolución. Es como si Beethoven negara lo anterior antes de proponer algo nuevo: la voz humana como culminación del discurso sinfónico. La dirección planteó este inicio con claridad dramática, subrayando el carácter casi teatral de los recitativos instrumentales que buscan un nuevo camino.
La estupenda entrada del barítono, José Antonio López, marcó con firmeza el nuevo rumbo, y a partir de ahí se construyó un final progresivo, sin precipitaciones. Una puerta que abría la voz bien proyectada al Coro Nacional de España, dirigido magníficamente por Miguel Ángel García Cañamero, que respondió con entrega y empaste en los segmentos vocales, cualificando el texto con pureza expresiva sin eclipsar la orquesta. Voces bien encuadradas y comprometidas, que aportaron solidez y claridad textual, mientras que el resto de los solistas —Siobhan Stagg, Cristina Faus, Maximilian Schmitt— se integraron con gran equilibrio, evitando cualquier tentación operística excesiva, sin protagonismos excesivos, reforzando la idea de comunidad que atraviesa toda la obra. Cada uno encontró un espacio narrativo propio, sobre todo el tenor, al servicio del discurso más amplio de Beethoven.
Posiblemente uno de los grandes aciertos del final fue el equilibrio sonoro entre todos los instrumentos, incluso en los momentos de mayor densidad. Mena supo convertir la grandiosidad del discurso final en una suerte de marcha entendida desde la música de cámara, donde cada sección encontraba su lugar sin imponerse al conjunto. Una visión, compartida por todos los músicos, no como una explosión triunfal inmediata, sino como una celebración construida paso a paso, consciente de que la alegría en Beethoven no es ingenua, hay que conquistarla.
El último tramo, amplio y afirmativo, fue entendido como un acto de comunidad: orquesta, coro y público compartiendo un mismo pulso emocional. Una conmoción a flor de piel a modo de estallido y júbilo por parte del público.
Juanjo Mena, humanidad y oficio
Conocer a Juanjo Mena desde hace años permite afirmar que su manera de dirigir es inseparable de su manera de ser. Su humanidad, su respeto por los músicos y su caballerosidad se reflejan en una dirección que no busca imponerse, sino servir a la música. Hay en su gesto una elegancia ética, una contención consciente y una escucha permanente.
Su sensibilidad se percibe en cada gesto: en la manera en que parece escuchar la música antes de transmitirla, en cómo equilibra tensión y respiración —no solo sonora sino dramática—, y en la forma serena, firme y empática con la que guía a los músicos hacia un resultado que nunca es meramente técnico, sino profundamente comunicativo. No es casualidad que sus interpretaciones sean narrativas sin aspavientos; hay en su dirección una reflexión constante, una búsqueda de verdad musical y una humildad sonora que pocas veces se escucha con semejante naturalidad sobre el podio. La Orquesta y Coro así lo significaron, con un aplauso sentido hacia el Maestro.
Esta Novena creo, no pretendió ser definitiva ni deslumbrante. Su valor residió en algo más profundo: una lectura honrada, construida desde el oficio, la reflexión y el respeto. En tiempos de gestos grandilocuentes, esta interpretación recordó que la verdadera grandeza, en Beethoven como en la vida, a menudo se expresa desde la dignidad y la humanidad compartida.
Para quienes hemos seguido la trayectoria del director —incluyendo los terribles desafíos personales que ha afrontado con gran dignidad pública en los últimos meses— esta Novena resulta doblemente significativa para todos nosotros. Un puente hacia una afirmación colectiva de esperanza, que en esta ocasión se extendió desde el propio Maestro hasta la orquesta, el coro y, finalmente, un público consciente de estar compartiendo algo más que un concierto: un acto de presencia, de valentía y de fortaleza emocional, donde la música volvió a recordarnos aquello que permanece cuando todo lo demás empieza a desvanecerse.
Fotos: © Orquesta Sinfónica de Madrid
