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Gergiev

Un Verdi en la intimidad

Bilbao. 23/01/17. Palacio Euskalduna. Concierto organizado por IberCámara.. Giuseppe Verdi: Messa da Requiem. Tatiana Serjan (soprano), Olga Borodina (mezzosoprano), Otra Jorjikia (tenor) y Vladimir Feliauer (bajo). Orquesta del Teatro Mariinsky, de San Petersburgo. Orfeón Pamplonés. Dirección musical: Valery Gergiev. 

Pareciera que en Bilbao sobran los grandes conciertos de música clásica vista la exigua respuesta del público a la presencia de Valery Gergiev con su Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky, de San Petersburgo, agrupación y director, interpretando Khovanschina, de Modest Mussorgsky, inauguraron este recinto allá por abril de 1999. Desde mi localidad se apreciaba, al menos, un tercio de las localidades de platea vacías e intuyo una situación similar, si no peor, en los pisos superiores. Desde un principio, vista la facilidad de acceso al teatro y a la barra del bar se intuía una pobre asistencia. Así, una Messa da Requiem ejemplo de exuberancia vocal parecía tener que conformarse con la “intimidad” provocada por la escasa respuesta popular.

Esto también suele ocurrir con muchos conciertos y óperas del también bilbaíno Teatro Arriaga, por ejemplo, lo que me ha llevado a considerar en más de una ocasión tanto en público como en privado que el aficionado bilbaíno asiste a la ópera y a los conciertos sinfónicos en virtud del abono que posee pero que no está dispuesto a hacer un esfuerzo extraordinario aunque la propuesta sea tan atractiva como la que nos ocupa.

Hace unos meses y dentro del ciclo de la ABAO hubo tortas entre los abonados operísticos para asistir a la única función del Requiem, de Giuseppe Verdi; sin embargo, en esta ocasión, con la misma obra y una orquesta, coro y director igual si no mejor teníamos un 40% de huecos. ¿Qué pasa, entonces?

Quizás pueda alegarse que el programa no era demasiado atractivo, por reincidente, pero teniendo en cuenta que por ejemplo la ABAO repite ad nauseam los mismos títulos de ópera con –aparente- éxito de público, este argumento pierde peso. ¿No será que, en realidad, los aficionados somos pocos y el Euskalduna nos queda grande? 

El concierto fue notable. No podía esperarse menos de un Gergiev centrado, de una orquesta de brillante sonoridad y de un Orfeón Pamplonés que, debo de admitirlo, me sorprendió y mucho. Sólo diez días antes habían afrontado en el Baluarte pamplonica la versión concertante de I Capuletti e i Montecchi, de Bellini y al día siguiente del concierto que provoca esta reseña tenían que asumir la Sinfonía nº 2, Resurrección, de Gustav Mahler. Tres grandes conciertos de tres estéticas bien distintas en dos semanas. No quiero ni imaginar el trote de los ensayos en los últimos días.

Vocalmente, sobrediente Tatiana Serjan, soprano más cómoda en las partes dramáticas que en las estrictamente líricas. A pesar del conato de accidente en el Libera Me sus prestaciones fueron dignas de aplauso, con entrega dramática y color adecuado. Olga Borodina, el nombre de mayor relumbrón, hizo honor a su fama y aunque la voz no tiene el brillo de antaño continúa siendo una mezzosoprano de altura y personalidad. 

El georgiano Otar Jorjikia demostró arrojo aunque en su Ingemisco podía exigírsele mayor poesía. Un canto quizás demasiado extrovertido aunque este no deja de ser un reproche mayor. Finalmente el bajo Vladimir Feliauer sustituyó al inicialmente previsto Yuri Vorobiev y aunque pareció demasiado atento a director y partitura solventó su parte con soltura y una voz de registro grave adecuado. Un cuarteto que sin estridencias cumplió con solvencia su parte, lo que no es poco.

Ya ha quedado dicho que el Orfeón Pamplonés sorprendió de forma positiva. Las dudas no estaban tanto en la capacidad sino en lo endiablado de la agenda. Al Dies Irae no le faltó contundencia y cuando fue necesario se supo contrastar y apianar con firmeza. Ciento veinte voces para una demostración de solvencia y contundencia.

Valeri Gergiev nos ofreció un Réquiem más operístico que espiritual aunque, como ocurre siempre que se interpreta la obra, cabe reflexionar sobre si esta última vía tiene camino en la partitura verdiana. El respetable aplaudió con ganas aunque sin excesivo entusiasmo. Quizás esas butacas vacías, quizás esa afición holográmica, quizás… En Bilbao demasiadas veces surgen los quizás. 

Los “quizás” y los estúpidos, como el que dejó sonar su teléfono móvil a los pocos segundos de iniciarse la obra, mientras en un esforzado pianísimo el coro cantaba eso de Requien aeternam… Seguimos sin atender indicaciones de educación elemental, lo que no deja de ser triste.

 

 

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