© Miguel Lorenzo - Mikel Ponce | Les Arts
Dos directores, dos óperas
Valencia. 20/01/2026. Palau Les Arts. Chaikovski. Eugene Onegin. Mattia Oliveri (Onegin), Corinne Winters (Tatiana), Iván Ayllon-Rivas (Lensky), Ksenia Dudnikova (Olga), Giorgi Manoshvili (Gremin). Coro y Orquesta de la Comunitat Valenciana. Dirección de escena: Laurent Pelly. Dirección Musical: Timur Zangiev.
Quizá el título de esta crónica sea un poco exagerado pero refleja la impresión general que tuve al salir de la primera representación de Eugene Onegin de Chaikovski dentro de la temporada del Palau Les Arts de Valencia. Pero sí que hubo dos maneras bien distintas de abordar la obra maestra operística de Chaikovski. Por una parte la que surgía del foso, bajo la batuta del maestro Timur Zangiev, una versión muy clásica, muy fiel a la tradición rusa, a los cánones que mantiene esa excelsa escuela. Cuidadoso en los detalles, siempre atento al escenario, Zangiev marcó unos tiempos en algún momento demasiado pausados, pero en general de perfecto pulso. Puede ser que el que firma estas líneas esté más acostumbrado a lecturas con más mordiente, con más énfasis en los momentos más tensos y emocionales de los que esta obra no anda escasa, de un romanticismo más exaltado que se acerque a la novela de Aleksandr Pushkin de la que brota la ópera. Zangiev buscó más el elegante romanticismo que emanan muchas obras de Chaikovski, y solamente en la escena final el dramatismo hizo encontrarse los dos enfoques que se nos plantearon a los espectadores de Les Arts.
Y es que Laurent Pelly, director escénico de esta producción proveniente de La Monnaie de Bruselas y de la Royal Danish Opera de Copenhague, plantea un Onegin tremendamente minimalista, con un marcado perfil dramático, centrando su planteamiento en la soledad de los protagonistas, en el nulo entendimiento que hay entre las dos parejas de enamorados y en un coro que contempla, sin gran sorpresa, la evolución de su destino. Basándose en su acertada propia creación de vestuario, una excelente iluminación de Marco Giusti, y en una gran plataforma que gira o se transforma (sustituida en el tercer acto por tres tramos de escaleras), Pelly desarrolla esa idea trágica de la incomprensión de Tatiana y Onegin u Olga y Lensky.
Los movimientos escénicos son a veces mecánicos, como si los personajes fueran marionetas manejadas por un destino adverso que contemplan a sus compañeros casi con extrañeza. Pero siempre existe tensión en su planteamiento, el vacío escénico crea desasosiego en el espectador y concentra toda su atención en la tragedia que está contemplando y oyendo. Algo que no se oye desde el foso, de donde surgen melodías menos cortantes, menos trágicas. Estamos viendo y oyendo Eugene Onegin, pero son dos Eugene Onegin diferentes. Solamente, como ya dije, ambas versiones se encuentran en la desgarradora escena final. Por fin surge la chispa de la emoción. Nunca es tarde.
Vocalmente, el elenco elegido rindió a un excelente nivel pero me gustaría destacar el excelente desempeño del Cor de la Generalitat Valenciana que dirige Jordi Blanch. En las óperas rusas, y más las del siglo XIX, el coro suele tener un papel fundamental. En Eugene Onegin no es tanto su papel como personaje grupal lo importante sino las bellas melodías, muchas de origen folklórico, que jalonan la obra. En todas ellas los componentes de este coro demostraron su altísima profesionalidad y su entrega no solo en el canto sino en lo actoral ya que la propuesta de Pelly incluía unas cuantas coreografías. Bravísimo por ellos.
A nivel individual, el Onegin de Mattia Olivieri brilló en el último acto, donde tiene su aria más comprometida, que resolvió con holgura. Oliveri no es un barítono de gran rotundidad vocal pero sí que supo matizar cuando fue necesario y su proyección y estilo fueron excelentes. Tatiana es, para mí, la protagonista de esta ópera. Su paso de la inocente juventud a la madurez proyecta el único personaje que evoluciona en la obra.
Corinne Winters estuvo a la altura de la exigencia del rol y nos brindó una escena de la carta de buen nivel pero falta, quizá por los ecos del foso, de un dramatismo más profundo, más estremecedor. También su mejor momento fue el de la escena final, muy en consonancia con su partenaire, y excelente en lo escénico. Iván Ayón-Rivas sustituía en esta función inaugural al programado Dmitry Korchak, al parecer indispuesto. Ayón es un cantante con mucha voluntad, entregado y fue un Lensky estupendo, sobre todo, en la famosa aria “Kuda, Kuda…” una de las cumbres de la música vocal rusa. Excelente voz la de Ksenia Dudnikova que dibujó una Olga atolondrada pero de una presencia musical muy destacada.
El príncipe Gremlin, esposo de Tatiana en el tercer acto, solamente tiene un aria, pero qué aria, otro hito de la vocalidad eslava. Giorgi Manoshvili resolvió con elegancia, profesionalidad y una excelente interpretación esta página y recibió uno de los aplausos más calurosos de la noche. Buen trabajo también de Alison Kettlewell como Lárina y de Margarita Nekrasova como la aya, una voz genuinamente eslava. Estupendos también el resto de comprimarios, especialmente Mark Milhofer como Triket.
Finalmente señalar el excelente trabajo de la Orquestra de la Comunitat Valenciana que, una vez más, lució ese brillante empaste que la caracteriza, destacando en esta ocasión las maderas y las cuerdas, dentro de un conjunto, insisto, que siempre deja un buen sabor de boca.
Fotos: © Miguel Lorenzo - Mikel Ponce | Les Arts