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Hacia una épica rusa

27/01/2026. Madrid. Auditorio Nacional de Música. Rachmaninov: Concierto para piano núm. 2. Prokófiev: Sinfonía núm. 5. Bruce Liu (piano) y Toronto Symphony Orchestra. Dirección musical, Gustavo Gimeno.

El concierto que nos ocupa fue una buena oportunidad para seguir conociendo las bondades del que es, hoy en día, el director del momento en Madrid, visitante habitual y desde hace poco al frente de la Orquesta Sinfónica de Madrid en el Teatro Real. Gustavo Gimeno visitaba en esta ocasión el ciclo de Ibermúsica con la orquesta con la que lleva trabajando más de un lustro, en su primera aparición en estos programas, con resultados satisfactorios.

El doble programa ruso comenzó con el Segundo concierto para piano de Rachmaninov, uno de esos clásicos incombustibles que el público adora y con los que es difícil fallar. Al teclado se presentaba el muy alabado solista Bruce Liu, ganador de importantes reconocimientos internacionales. Su actuación fue técnicamente notable, cargada de virtuosismo, aunque pareció mostrar que al joven intérprete aún le queda por trabajar la carga emocional y dramática de sus interpretaciones, un elemento diría que imprescindible en esta explosión de romanticismo tardío que es el Rach 2. El concierto fue de menos a más: en el primer movimiento, la orquesta mostró fraseos largos bien ligados y líricos, y un diálogo convincente con el solista; este, por su parte, pareció centrarse en un enfoque más rítmico que melódico, en todo caso algo carente de arrebato y pulsión. El cuerpo del pianista mostraba un estremecimiento que no acababa de corresponderse con los sonidos que emergían de la caja de resonancia del gran piano de cola.

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Esto se hizo más evidente en un segundo movimiento preciso y brillante, pero que, al concluir, no supuso un verdadero viaje emocional. Interesante, por otra parte, la articulación casi vocal del clarinete solista. Lo mejor de la obra llegó en el tercer movimiento, donde Liu creció en expresividad sonora a base de síncopas y staccatos, apresurándose hacia los clímax y ofreciendo unos momentos finales de verdadero arrebato romántico. Resultó curioso y emotivo que su segunda propina, no fuera en solitario, sino mano a mano con el concertino.

En la segunda parte, con la Quinta Sinfonía de Prokófiev, Gimeno pareció sentirse más a gusto con una orquesta a la que ha modelado y que afronta con solvencia la complejidad de la partitura. La formación Toronto tiene un buen sonido y solistas destacables, pero lo mejor fue comprobar cómo había una idea interpretativa coherente y cuidada, detrás de la ejecución. Una lectura de carácter marcial y épico dominó no solo el primer movimiento, sino toda la obra. El final del andante inicial acumuló tal energía que algunos miembros de la audiencia rompieron a aplaudir en un ejercicio de emoción espontánea y sincera. Por supuesto, fueron convenientemente callados por un insufrible sanedrín de expertos; algún día acabaremos con estas rígidas normas de etiqueta que tanto atentan contra la experiencia de comunión colectiva.

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La tensión narrativa que vertebró la interpretación se desplegó también en un scherzo energético, de pulso arrollador, con unos estacatos martilleantes que invitaban a seguir la música con el cuerpo. Hubo buenos y pertinentes contrastes, que dibujaron una apisonadora sonora a ritmo de vals frente a anhelos más contenidos en las cuerdas, para desembocar en un último movimiento nervioso, cargado de impaciencia, que empuja hacia un final que apunta a la apoteosis. Un final que, con una lectura de obra abierta, no resuelve la eterna pregunta de si estamos ante un canto a la victoria o una crítica a un régimen opresivo. Que cada cual elija; mejor así.

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Fotos: © TSO.CA / Allan Cabral