© Javier del Real | Teatro Real
Femenina, feminista
Madrid. 31/01/2026. Tetaro Real. Paul Dukas: Ariane et Barbe-Bleue. Paula Murrihy (Ariane), Gianluca Buratto (Barbe-Bleue), Silvia Tro (nodriza), Aude Extrémo (Sélysette), Jaquelina Livieri (Ygraine), María Miró (Melisande), Renée Rapier (Bellangére), Raquel Villarejo (Alladine), Luis López Navarro (Viejo campesino) y otros Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Dirección escénica: Alex Ollé. Dirección musical: Pinchas Steinberg.
Lo acepto: Ariane et Barbe-Bleue es una ópera femenina. Es un hecho innegable que el 90 % o incluso más de lo que se canta en esta obra, en sus ciento veinte minutos, es cantado por mujeres. De hecho, aunque el título nos lleva al mundo de las históricas parejas operísticas (Tristan e Isolda, Orfeo y Eurídice, Romeo y Julieta, Hansel y Gretel y tantas otras) aquí el mismo no es sino un trampantojo porque el pérfido Barbe-Bleue apenas tiene dos líneas que cantar y su misma presencia escénica es testimonial. El peso lo lleva Ariana hasta el punto de que, en muchos momentos, esta ópera es un hermoso y largo monólogo. De hecho, podríamos definir Ariane et Barbe-Bleue como un cuasi-monodrama para mezzosoprano y acompañantes femeninos ocasionales, coro, testimonial voz masculina y orquesta y nos quedaríamos tan anchos. Sí, Ariane et Barbe-Bleue es una ópera femenina y Alex Ollé ha querido plantearnos una versión feminista de ella, lo que es legítimo y hasta necesario, dados los tiempos que corren; pero femenino y feminista no son sinónimos y ello, así considero, ha de quedar muy claro.

La propuesta de Alex Ollé, escenográficamente hablando, es bastante pobre. Toda la obra se desarrolla en un salón enorme de banquetes con numerosas mesas redondas y las correspondientes sillas e invitados, y cuando se quiere evitar esta imagen se baja el telón traslúcido y se nubla u oscurece todo el escenario. Pero cuando se hace la luz siempre se observa el enorme salón de banquete que recoge, es un suponer, la fiesta de la boda de los dos protagonistas. El acierto de Ollé es a la hora de convertir el salón en un símbolo del empoderamiento femenino al construir con las mesas, sillas y lámparas presentes una especie de pirámide en la que todas las mujeres van escalando posiciones “sociales” e “ideológicas” en su personal proceso de empoderamiento, así diríamos ahora; antaño se decía asunción de la cruda realidad. Y sí, me gustó mucho esa pirámide, ese símbolo de la libertad y fue el momento culminante de la propuesta escénica.
Musicalmente hablando la noche la resumió mi compañero accidental de butaca cuando me dijo, con profundo sentimiento algo similar a ¡cómo se nota la mejoría de esta orquesta cuando hay un buen director! Yo sonreí e hice un signo de aprobación. Y es que Pinchas Steinberg, veterano y curtido en mil batallas, llevó esta obra de evidentes reminiscencias debussyanas con una precisión y claridad notorias hasta hacernos disfrutar de una obra que, tengo este sentimiento, en el caso de muchos espectadores habituales del Teatro Real, la escuchaban en directo por primera vez. Y es que Ariane et Barbe-Bleue no es habitual en los cartelones y uno no sabe a ciencia cierta el último por qué.

En este sentido Ariana, el personaje, me recuerda a aquella sufragista británica que pedía a las mujeres la apoyaran en su lucha por el derecho a voto de la mujer recibiendo como respuesta, la de muchos hombres e incluso algunas mujeres, la cuasi imposibilidad de conseguir tal logro y, por lo tanto, la no necesidad de la lucha. Pero lo consiguieron. Ariane me recuerda a aquellas mujeres que reclamaron el derecho al divorcio para evitar la hipoteca de por vida junto al hombre que ya no se ama recibiendo como respuesta, la de muchos hombres y algunas mujeres, la cuasi imposibilidad de conseguir tal logro y, por lo tanto, la no necesidad de la lucha.. Pero lo consiguieron. Y Ariane me recuerda a aquellas mujeres que comenzaron a denunciar la violencia estructural de género recibiendo como respuesta, la de muchos hombres y algunas mujeres, la cuasi imposibilidad de conseguir tal logro y, por lo tanto, la no necesidad de la lucha. Pero lo están consiguiendo. Y en este sentido, Ollé acierta de pleno.
Ya queda dicho que Ariane et Barbe-Bleue podría ser considerado un monodrama dado el peso de ella en el desarrollo dramático; por lo tanto, la cantante que asume este papel ha de responder a las muchas exigencias del papel. La mezzo irlandesa Paula Murrahy supo dar adecuada respuesta y a su imponente presencia escénica añadía una voz carnosa, quizás no de gran volumen pero muy adecuada para poder trasladar a esa mujer protofeminista que alienta el proceso de transformación de las prisioneras, anteriores mujeres del pérfido, para convertirlas en mujeres libres, fallando en el intento. En el aspecto vocal no le quedó a la zaga una muy eficiente Silvia Tro, en algunos momentos más sonora incluso que la protagonista en el papel de nodriza de la protagonista, la eterna acompañante, una especie de voz de la conciencia. Un acierto su intervención y así fue reconocido por el público.

El resto de papeles son episódicos pero conviene destacar que nadie desentonó. Sonora Aude Extrémo como Selysette, la exesposa de mayor protagonismo vocal y muy eficientes Jaquelina Livieri (Ygraine), María Miró (Melisande) y Renée Rapier (Bellangére). La actriz Raquel Villarejo asumió el papel de la atormentada Alladine, que no canta aunque sufre mucho. Ellos, en su escaso 5 %, estuvieron también muy acertados: Gianluca Buratto dijo sus frases con propiedad mientras que el timbre grave de Luis López Navarro se escuchó con suficiencia en su breve escena del acto III, acompañado por José Ángel Florido y Nacho Ojeda. Muy bien el Coro Titular del Teatro Real en un canto que las más de las veces, sobre una vocal, consistía en subrayar la parte más dramática del argumento, caso del levantamiento de los campesinos en el acto final.
En definitiva, casi podemos hablar de descubrimiento porque Ariana et Barbe-Bleue no deja de ser un título que ha sido sistemáticamente ignorado por los teatros europeos, aunque últimamente está conocido una cierta relevancia. El Teatro Real, coproductor de esta propuesta junto a la ópera Nacional de Lyon, ha acertado al programarla.
Fotos: © Javier del Real | Teatro Real