© Ricardo Espinosa
El público más difícil
Madrid. 31/01/2026. Real Teatro del Retiro. David del Puerto: Lazarillo. Ruth González (Lazarillo), Blanca Valido (madre de Lázaro/mujer de Lázaro), Enrique Sánchez-Ramos (ciego/escudero), Antoni Comas (cura de Maqueda/arcipreste). Álvaro Vázquez (violoncelo), Cristina Santirso (flauta), Andrea Pérez (fagot), Carmen Mateos (oboe), Marián Tur (violín) y Alexander Álvarez (guitarra). Dirección escénica: Ricardo Campelo. Dirección musical: Bauti Carmena.
Es el Real Teatro del Retiro un recinto en el que se programan, fundamentalmente, obras dirigidas o adaptadas para los niños y los jóvenes, asomando de vez en cuando alguna de esas óperas que difícilmente podríamos encontrar en el Teatro Real por sus dimensiones, por su temática o por sus exigencias. Aún recuerdo cuando en plenas navidades del 2023 pude vivir en este mismo recinto una obra tan amable y entrañable como Amahl and the Night Visitors, de Giancarlo Menotti, compositor sistemáticamente olvidado por los teatros principales del estado, y pasar así una hora muy interesante. Eso sí, los melómanos herodíacos –permítaseme el palabro- absténganse de asistir porque, efectivamente, los infantes son los protagonistas y su número en el patio de butacas no es nada despreciable, con lo que ello supone, es decir, comentarios y preguntas sin fin, ruidos múltiples, preguntas inoportunas, en algún caso aburrimiento manifestado sin decoro e incluso, llanto incontenible ante los distintos avatares de la obra.
Aceptada esta condición, descubrir Lazarillo, la última ópera de David del Puerto y del que ya conocía Lilith, luna negra, (2019) que pudimos escuchar y reseñar aquí mismo tras su pertinente escucha en el Festival Little Ópera, de Zamora, en el verano de 2021 era una buena razón para volver a este pequeño auditorio. Reconozco que me sorprendió que mientras en la página web del compositor se habla de una ópera de noventa minutos de duración la escenificada en el Real Retiro ha sido de apenas 50, por lo que o bien la página web está equivocada o hemos asistido –en atención al tipo de público ya apuntado- a una versión reducida de la misma.
Adaptar el Lazarillo de Tormes, es decir, La vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades no es trabajo baladí. El libreto es obra del radiofónico Martín Llade y la ópera –como ha ocurrido en tantas y tantos libretos basados en obras literarias de enormes dimensiones- asume pequeñas partes de la obra originaria y así son siete los personajes: el protagonista, que al ser interpretado por una soprano queda subrayada su mocedad, la madre de la criatura, la esposa del mismo en la última escena, y cuatro de los distintos amos del lazarillo: el ciego, el escudero, el cura de Maqueda y el arcipreste. Siete personajes para cuatro cantantes porque todos los cantantes doblan excepto el protagonista.
Ruth González está especializada en este tipo de papeles y encarna de forma magistral, con una implicación teatral digna de reconocimiento, a Lázaro de Tormes. El papel no es muy exigente en cuanto a tesitura se refiere pero sí en cuanto a la demanda teatral porque está los 50 minutos en escena, de un lado para otro, sin parar mientras se moja con el vino, le echan agua, le pegan y maltratan continuamente. González se implica siempre mucho y bien en lo que hace y lo cierto es que transmite perfectamente y con mucha credibilidad todas las desventuras del muchacho.

Blanca Valido encarna primero a la madre y, más tarde, a la esposa de Lázaro. Es quien tiene la menor participación y lo solventó muy adecuadamente. Antoni Comas, veterano tenor catalán al que hacía tiempo no escuchaba en directo, sigue siendo dueño de una voz sonora y de timbre muy particular, fácilmente reconocible en cualquier circunstancia. Encarnó los dos papeles religiosos con mucha dignidad. Finalmente el barítono Enrique Sánchez-Ramos fue ora el ciego, ora el escudero y tuvo una participación sobresaliente, sobre todo encarnando al ciego avaro y cruel, transmitiendo con su voz poderosa toda la maldad de sus personajes. Muy bien.
El sexteto descrito en la ficha inicial se encargaba del soporte musical. Quizás aquí parta el problema que me inundó durante la representación: tengo mis dudas de la idoneidad de Lazarillo para el mundo infantil y juvenil. En primer lugar, porque el castellano utilizado, a la antigua, puede no ser fácilmente entendido por una generación que se expresa en cualquier circunstancia solo con una decena de expresiones, entre ellas sin más y en plan. Y la segunda razón, la austeridad de una música que huye de alharacas y efectos y obliga a una escucha detallada que, ¡oh, sorpresa!, estas nuevas generaciones ignoran su mera existencia, siendo como es lo habitual que la escucha del oportuno vídeo tiktokiano ronde entre los diez y los veinte segundos. La estética musical huye de cualquier sesgo vanguardista y los seis músicos, coordinados y guiados por Bauti Carmona lo hicieron con eficacia.
La puesta en escena de Ricardo Campelo es tan sencilla como funcional: una estructura poliédrica de un metro y medio de longitud sirve para todo, acompañado de triángulos que se insertan en el mismo y con el que se crean espacios e instrumentos y que ayudan a entender el desarrollo de la historia. A los cantantes se les exige una implicación actoral mayor de la habitual en la ópera y los cuatro cantantes ayudan a que todo sea muy creíble. Relevante la iluminación de los miembros del grupo de teatro último responsable de la producción, Teatro Xtremo y Euroscena.
En conclusión, para los que estamos interesados en la ópera contemporánea, una muy buena oportunidad; mis dudas se acrecientan con los infantes aunque hay que reconocer que el seguimiento y el respeto mostrados fueron dignos de encomio.
Fotos: © Ricardo Espinosa