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Gergiev May Zicus 

Redención

Barcelona. Ibercamera / Auditorio de Barcelona. Obras de Liszt y Wagner. George Li (piano), Eva-Maria Westbroek (soprano), Mikhail Vekua (tenor), Yulia Matochkina (mezzo), Evgeni Nikitin (barítono). Orquesta del Teatro Mariinsky. Dir. musical: Valery Gergiev.

Volvían a Barcelona las huestes del Mariinsky bajo la dirección de su sumo sacerdote, Valery Gergiev y tras el accidentado Tristan und Isolde de hace dos años en el Gran Teatre del Liceu. Y lo hacían con un programa que incluía, precisamente, el tercer acto de esta obra maestra wagneriana. Como si de un reto se tratara, como quien busca una redención que, en este caso, se produjo sólo a medias. Otra cosa fue el inolvidable Shostakovich del día siguiente, que mi compañero Diego Civilotti ha comentado pertinentemente, pero en el caso de Wagner, Gergiev siempre apunta bien pero nunca acaba de dar en la diana.

El concierto tuvo muchos elementos y momentos interesantes, incluso fascinantes, pero adoleció de algunos problemas estructurales. Uno de ellos, el programa. Un programa larguísimo que se iniciaba con el Preludio de Lohengrin, pasaba, con buena lógica, por Franz Liszt (Piano Concerto núm. 1) y concluía su primera parte con el final de Salomé de Strauss para, en la segunda, interpretar íntegramente el tercer acto de Tristán e Isolda. Aunque sabemos del gusto de Gergiev por los programas largos, en este caso fue todo un exceso. Y un exceso un tanto desequilibrado, en buena parte por la inclusión del fragmento straussiano que sólo se justifica por la presencia estelar de Eva-Maria Westbroek en el cartel.

El Preludio de Lohengrin fue la introducción ideal a un programa Wagner/Liszt, que uno tiene la sensación que era la idea inicial. Los tempi marcados por Gergiev fueron un tanto apresurados y al sonido orquestal le faltó un punto de transparencia, tan importante en este fragmento, pero los resultados fueron muy buenos e hicieron entrar en calor al respetable de cara al Concierto para piano núm.1 de Franz Liszt. Fue una versión brillante y ligera con un solista ligero y brillante: George Li, pianista americano de 21 años, multipremiado en importantes concursos y que se incorpora a la notable lista de jóvenes intérpretes respaldados por Valery Gergiev. La suya fue una interpretación sin mácula, adecuada, con un sonido bellísimo y técnicamente impecable. Sería muy interesante poder escucharlo pronto en una obra de mayor enjundia expresiva. Gergiev y la Orquesta del Mariinsky lo acompañaron con mimo y acierto, aunque con algún exceso de decibelios por momentos. Unos decibelios que fueron un obstáculo insalvable para Eva-Maria Westbroek en la escena final de Salomé.

Es notoria la dificultad acústica del Auditori para con las voces, pero si a este elemento le añadimos que Gergiev no ahorró volumen orquestal en ningún momento, incluso para un instrumento como el de Westbroek el reto se vuelve insalvable. A pesar de las buenas intenciones, no hubo catarsis final ya que el discurso global se vio perjudicado por el evidente desequilibrio entre orquesta y solista. 

Como tampoco hubo catarsis - pese a magníficos pasajes, un buen planteamiento general y un muy buen nivel solista - en el tercer acto de Tristán e Isolda. Gergiev dirigió con extraordinario pulso dramático, sin dejar caer la tensión en ningún momento, ofreciendo junto a su orquesta momentos fabulosos como la llamada del pastor o la llegada del barco de Isolda. Pero uno se pregunta cómo es posible que el director ruso sea capaz de diseñar todo ese escenario para ofrecer un Liebestod final tan desangelado y falto de emoción. La interpretación de Westbroek no contribuyó a dotar de grandeza al pasaje. Plana en los matices, exhibiendo una voz de gran calidad pero pasando de puntillas por uno de los pasajes más grandiosos de la historia de la ópera. 

En cambio, se puede calificar de sensacional el Tristán de Mikhail Vekua. Poderío vocal, identificación con el personaje, agudos resonantes y centro con volumen y color, fue todo un descubrimiento y el gran triunfador de la velada. Cierto que su aspecto físico no es precisamente el de un Tristán y que habría que escucharlo en el segundo acto, donde el canto exige mayor sutileza y legato, pero si consigue mantener el nivel exhibido en toda la obra estamos ante un Tristán de mucho respeto. Impresionante también la mezzo Yulia Matochkina como Brangania que, en su corta intervención, dejó pasmado al personal con un timbre extremadamenre bello y espectacular proyección. Apunten su nombre. Finalmente, eficiente el Kurwenal de Eugeni Nikitin, más sonoro que refinado en los acentos, pero sobradamente cumplidor.

 

 

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