© Michele Monasta
Catársis colectiva
Florencia. 22/04/2026. Teatro Maggio Musicale Fiorentino. Adams: The Death of Klinghoffer. Daniel Okultich (The Captain), Andreas Mattersberger (The First Officer), Marina Comparato (Swiss Grandmother/Austrian Woman), Roy Cornelius Smith (Molqi), Levent Bakirci (Mamoud), Laurent Naouri (Leon Klinghoffer), Rambo (Joshua Bloom), Janetka Hosco (British Dancing Girl), Yazmir (Marvic Monreal), Susan Bullock (Marylin Klinghoffer). Luca Guadagnino, dirección de escena. Lawrence Renes, dirección musical.
Una de las secuencias del último largometraje de Luca Guadagnino, Caza de brujas, que más sonrisas provocó entre el público melómano es aquella en la que la protagonista (interpretada por Julia Roberts) grita a su marido que baje el volumen de esa música atronadora que suena a primera hora de la mañana. Con tono burlón, su esposo contesta: «You don’t you like my beloved Adams?». La pieza que escucha ese hombre mientras prepara el desayuno pertenece a la ópera de John Adams, The Death of Klinghoffer.
El marido de Roberts no es el único personaje de la filmografía de Guadadigno que cae rendido ante la música de este compositor contemporáneo. Adams ha estado presente en muchas películas del siciliano como Yo soy el amor, Call Me by Your Name, o su miniserie We Are Who We Are. Pero hasta ahora su nombre no había aparecido explícito en los diálogos a modo de homenaje. Y su tributo no acaba aquí. Tal es la fascinación que siente el director de cine italiano por este autor estadounidense que el regista se ha lanzado al mundo de la dirección de escena firmado la nueva producción de The Death of Klinghoffer, que inaugura la 88ª edición del Festival Maggio Musicale Fiorentino.

Tras componer Nixon in China con su libretista Alice Goodman en 1987, Adams emprendió una segunda colaboración con la poetisa norteamericana. El resultado fue una de las mayores obras maestras que configuran el panteón de la historia de la ópera contemporánea. Sin embargo, no todo el mundo comparte esta visión. Por desgracia, la pieza apenas se representa, fue cancelada varias veces en teatros estadounidenses, y sometida a múltiples cambios sobre su composición original. Parece que la versión que ahora se representa no es aquella que se estrenó en el Teatro de la Monnaie en 1991 con la icónica dirección de escena de Peter Sellars, sino la que impuso el Metropolitan de Nueva York en 2014 tras querer representar la producción londinense de Tom Morris. Todos estos castigos obedecen a una única razón: haber sido tachada erróneamente de antisemita.
The Death of Klinghoffer pone en escena una tragedia que tuvo lugar el 7 de octubre de 1985: el secuestro del crucero italiano Achile Lauro por parte de una facción terrorista pro-palestina que exigía la liberación de cincuenta de sus compañeros encarcelados en Israel. Aunque cueste de imaginar, Adams y Goodman no quisieron crear una ópera política semejante a Nixon in China. Su obra no se limita a interpretar los hechos transcurridos en alta mar (como tienden a suponer quienes condenan la ópera sin haberla visto o escuchado). Ciertamente, el punto de partida es el atentado terrorista de la FPLP, que terminó en la inmerecida ejecución de un pasajero judío estadounidense parapléjico de 69 años, pero la ópera trasciende ese suceso.
Los versos poéticos y filosóficos de Goodman narran la historia de dos pueblos que han sido condenados a odiarse eternamente, pese a haber nacido de la misma matriz bíblica como explica el Hagar Chorus en la ópera. Adams y Goodman presentan el conflicto palestino-israelí bajo la apariencia de un mito clásico. Para conseguirlo, la libretista escribió el texto en tres tiempos narrativos distintos: los secuestradores y algunos rehenes cantan en un presente inmediato, otros supervivientes lo hacen en pasado, mientras que el coro canta en otro tiempo (el mítico), siendo una suerte de oráculo que pronostica el futuro y rememora los acontecimientos bíblicos que produjeron el cisma entre el pueblo hebreo y el palestino.
Mucha literatura se ha vertido sobre el paralelismo entre el coro de las tragedias griegas y el de The Death of Klinghoffer. A esos tratados de musicología hay que añadir ahora la acentuación de esa función catártica que consigue la nueva puesta en escena de Luca Guadadigno. En esta producción, casi todas las magníficas intervenciones que brindó el bien empastado Coro del Maggio Musicale Fiorentino se representan junto a una docena de bailarines. Esas figuras anónimas expresan con su cuerpo las emociones que despierta el texto cantado. La asombrosa coreografía de Ella Rotschild provoca un efecto hipnótico indescriptible. Los dulces balanceos y los raptos de violencia sobre el escenario se perciben como parte de un ritual catártico, destinado a purgar la herida que permanece abierta tras la separación de esas dos comunidades.
Especialmente impactante fue el acompañamiento de esos figurantes en el pasaje más aclamado de la ópera: el Aria of the falling body (que se interpreta cuando los secuestradores arrojan el cuerpo de la víctima al mar). En el montaje de Guadadigno, un subgrupo de bailarines desnudos se precipita sobre una escultura monstruosa, atribuida a la artista belga Berlinde De Bruyeckere. Se trata de un tótem gigante que une dos cuerpos gemelos sin cabeza en estado de descomposición (de nuevo, la metáfora de la desconexión fraternal). En líneas generales, el mayor logro de la propuesta escénica de Guadadigno fue la proyección del aura mítica de la ópera en los momentos oportunos. El regista también acertó en la recreación sobria y moderada del drama a bordo del Achile Lauro, desechando las banderas y los emblemas en árabe que incendiaron el MET.
Por el contrario, la dirección musical de Lawrence Renes frente a la Orchestra del Maggio Musicale Fiorentino generó ciertas dudas. Su lectura de la partitura de Adams no mantuvo la tensión dramática esperada. Sorprendió la poca viveza expresiva en pasajes donde más se requería, como las ruidosas y vibrantes explosiones de los metales durante la toma del barco, o en ciertas confrontaciones entre rehenes y terroristas. La falta resulta inexplicable viniendo del maestro que dirigió la mítica producción de Doctor Atomic de Sellars en Ámsterdam (y que fue editada en DVD). Rennes es conocedor de la paleta tímbrica amplificada tan característica de las primeras óperas de Adams, donde la electrónica no se emplea para ser percibida por si sola, sino para generar capas que refuerzan la textura orquestal, o magnifican su color. En The Death of Klinghoffer no hay sintetizadores como en otras obras, pero sí samplers u otros teclados MIDI conectados al malletKAT que los controla. Probablemente la rigidez expresiva en los momentos de mayor dramatismo que atribuíamos a Renes esté relacionada con un mal uso de esa electrónica, o de una mala mezcla (esta última a cargo del artista Mark Grey). En cualquier caso, no se consiguió el efecto descrito en la partitura. En cambio, los pasajes solistas para oboe, fagot y violín destacaron por su excepcional calidad. Sobre todo, el oboe obligatto que acompaña al barítono en el Aria of the falling body.
Es difícil de decir quiénes son los protagonistas de The Death of Klinghoffer de los once personajes que aparecen. En esta ópera no hay secundarios, sino once solistas con una vocalidad propia y un aria mínima asignada. Por lo que respecta a los secuestradores, Adams otorgó una tesitura distinta a los cuatro: un bajo para Rambo, Mamoud de barítono, Molqi de tenor y Omar de mezzosoprano. Con el tiempo, el personaje de Omar ha pasado a ser una mujer llamada Yasmir, interpretada igualmente por una mezzo. Esa pluralidad vocal está ligada a la idea de no homogenizar el testimonio de los homicidas.
El primero de los secuestradores que apareció en escena fue Molqui, interpretado por el tenor estadounidense Roy Cornelius Smith. Su voz oscura de notable dureza metálica resultó ideal para esa entrada en la que amenaza con estallar el barco si no se cumplen sus exigencias. El barítono turco Levent Bakirci dio vida al más joven de los atacantes. Bakirci demostró un gran control del legatto sostenido en el pasaje de gran lirismo Those birds flying above us. Fue un gran acierto de Guadadigno permitir que el solista cantara esa parte subiendo por el patio de butacas, de modo que imitara el vuelo de los pájaros a los que se refiere ese fragmento del Corán. El bajo australiano-estadounidense Joshua Bloom sedujo con su intensa y perfecta encarnación de Rambo: el secuestrador más temido por los rehenes. Mientras que Yazmir es recordada por los supervivientes que cantan en pasado como la más amable y atenta de los cuatro. La mezzosoprano maltesa Marvic Monreal también convenció en ese rol por su vocalidad contundente y atractiva.
Del otro lado de la tragedia se encuentran los rehenes, el capitán del Achile Lauro y su primer oficial. Este último fue gratamente interpretado por el bajo austríaco Andreas Mattersberger. Asimismo, el bajobaritono canadiense Daniel Okulitch como el capitán resultó ser el gran triunfo del elenco. Su experiencia previa dando vida a otros roles del compositor estadounidense aseguró su claridad en la declamación del texto, superando el ritmo complejo de su escritura vocal. El barítono francés Laurent Naouri brindó un Leon Klinghoffer de gran sensibilidad con cierta tendencia a la sombra expresiva tanto en el aria más esperada de la ópera, como en el pasaje I’ve never been a violent man. El personaje de su mujer Marilyn estuvo en manos de la soprano británica Susan Bullock. Su larga trayectoria desempeñando papeles wagnerianos le permitió desenvolverse sin problemas en el aria más dramática de la composición: aquella en la que Marilyn ataca verbalmente al capitán tras conocer la muerte de su marido. No tan solvente resultó la mezzosoprano italiana Mariana Comparato con el doble rol de Swiss Grandmother y Austrian Woman, debido a su vibrato excesivo. En cambio, la agilidad vocal de la joven mezzo rumana Janetka Hosco caracterizó su British Girl Dancing: el personaje más enigmático de la ópera de Adams, cuya única intervención (a ritmo del estilo del music hall) se percibe como un oasis en medio del drama del secuestro.

Fotos: © Michele Monasta