© Rafa Martín | Ibermúsica

Un espejo del intérprete

La visita de la BBC National Orchestra of Wales al ciclo de Ibermúsica supuso ayer una velada articulada con inteligencia, donde la música británica dialogaba con el romanticismo europeo sin estridencias, con una coherencia más sugerida que explícita.

Desde el inicio, el santanderino Jaime Martín planteó una lectura de trazo limpio, casi pedagógico en el mejor sentido de hacer comprensible la música sin simplificarla. Su gesto, claro y sin afectación, construyó un discurso donde cada plano encontraba su lugar. Ahora bien, esa misma claridad, tan valiosa en la articulación, plantea una cuestión inevitable: ¿hasta qué punto la voluntad de orden puede restar a la música ese margen de incertidumbre donde a veces habita lo más vivo?

La lectura del Concierto para piano no. 1 en mi menor, Op. 11 de Frédéric Chopin por parte de Martín García García dejó una impresión compleja, atravesada por aciertos puntuales y por una cierta dificultad para integrar una visión verdaderamente orgánica del discurso.

La introducción orquestal - Allegro maestoso - se presentó con un carácter algo marcial, incluso agreste en su impulso inicial, para encontrar después un terreno más fértil en el diálogo entre violines y violonchelos, donde la música respiró con mayor naturalidad. Los tutti, bien ajustados, mostraban ya una orquesta atenta, cohesionada, con una idea clara de construcción.

La entrada del piano, sin embargo, no terminó de asentarse en esa nobleza esperada del mi menor. El instrumento -de agudos algo estridentes- no ayudó a redondear el sonido, pero más allá de ello, la concepción interpretativa tendió a un contraste excesivamente abrupto entre piano y forte, como si el discurso se redujera a polos opuestos. Chopin, en cambio, habita un territorio de matices intermedios, de transiciones casi imperceptibles que aquí quedaron menos exploradas.

El segundo tema encontró un cauce más convincente, con una delicadeza mayor en la intención y un fraseo algo más cuidado. Fue un momento donde el pianista pareció acercarse a ese canto interior que la obra reclama, aunque sin llegar todavía a desplegarlo en toda su amplitud.

Jaime_Martin_Wales_Ibermusica_26_d.jpg

La orquesta, por su parte, elevó el nivel de definición, exponiendo las ideas con claridad y concisión, con especial mención a la intervención del timbal, siempre precisa, sosteniendo el pulso con inteligencia. Jaime Martín trabajó con esmero las transiciones y las texturas, preparando el terreno para cada reentrada del solista. Y es precisamente ahí donde surgía una cierta distancia: el piano regresaba con un fraseo correcto, incluso ordenado, pero falto de vuelo, de riesgo expresivo, de esa capacidad de herir y conmover que convierte la música en experiencia. Hay además un aspecto esencial en Chopin que aquí quedó parcialmente desatendido: la mano izquierda no es mero acompañamiento. También ahí hay música, hay discurso, hay contrapunto. Escuchar las voces interiores -hacerlas audibles- forma parte de la verdad de esta partitura. No solo de melodía vive el hombre, y en este caso, el equilibrio entre planos no siempre se alcanzó.

El segundo movimiento – Romance, Larghetto - evidenció una disparidad más clara entre la idea orquestal y la pianística. Mientras la orquesta proponía un espacio de canto amplio y sostenido, el piano, aun con intención lírica, no terminaba de proyectar un sonido que llenara, que alcanzara, que verdaderamente tocara al oyente. Los adornos, que en Chopin son parte sustancial del discurso —no ornamento superficial—, se resolvieron con cierta premura, sin desarrollar plenamente la claridad y el sentido que encierran.

Hubo, sin duda, detalles interesantes, intuiciones valiosas por parte del pianista. Pero faltó una idea global que integrara esos momentos en un todo coherente. Por momentos, la sensación era la de dos mundos paralelos: el de Martín García García y el de Jaime Martín. Y cuando eso ocurre, el diálogo —esencia misma del concierto— se vuelve más difícil. Hubo instantes en los que ambos parecían respirar juntos, buscar un punto común; en otros, en cambio, la comunicación se resentía, como si hablaran idiomas cercanos, pero no del todo compartidos. Incluso surgía la duda sobre la versión de la partitura utilizada, por la presencia de ciertos pasajes que resultaban inusualmente nuevos.

En el tercer movimiento – Rondó vivace - el director puso un énfasis claro en el ritmo, en el pulso, en la energía necesaria para sostener el carácter de la música. El pianista, quizá más receptivo en este tramo, se dejó guiar en mayor medida, resolviendo con solvencia los pasajes de mayor virtuosismo y bravura. Sin embargo, en esa búsqueda de impulso, aparecieron también ciertas prisas, y ya se sabe que la precipitación rara vez es buena consejera en Chopin, donde incluso el ímpetu necesita respirar.

Queda, en definitiva, la impresión de una interpretación con destellos, con momentos de intención auténtica, pero todavía en busca de una síntesis más profunda. Porque en esta música no basta con decir: hay que decir algo que permanezca. Y esa, quizá, fue la pregunta que quedó flotando en el aire. 

Como obligado bis, puesto que el aplauso del público lo solicitó así de manera efusiva, nos regaló una virtuosa interpretación de las 'Étincelles', sexta pieza de los 8 Morceaux caractéristiques, Op. 36. de Moritz Moszkowski

Jaime_Martin_Wales_Ibermusica_26_c.jpg

La segunda parte de la velada adquirió una dimensión distinta, casi pictórica con las Sea Sketches de Grace Williams. Esta música, menos transitada, encontró en la orquesta un terreno natural. El director supo trabajar las texturas con paciencia, dejando que el sonido se expandiera sin prisa, como si el mar al que alude la obra necesitara espacio para desplegarse. Aquí la BBC National Orchestra of Wales mostró una identidad sonora especialmente convincente con cuerdas de densidad contenida, maderas expresivas y una respiración colectiva que evitó cualquier tentación descriptiva superficial.Quizá en algún momento se podría haber acentuado más el contraste entre las distintas secciones de la obra, buscando perfiles más definidos. Pero también es cierto que la opción por la continuidad, por un fluir casi orgánico, otorgó a la interpretación una unidad poco frecuente.

Con las Variaciones Enigma, Op. 36 de Edward Elgar, Jaime Martín pareció asumir el gesto con una conciencia distinta, como si la presencia de la batuta respondiera ahora a una necesidad mayor de precisión, de control sobre una arquitectura más expuesta. Y, sin embargo, lo que emergió no fue rigidez, sino una lectura con personalidad. El tema inicial se presentó con solemnidad y sobriedad, no exenta de elegancia, sostenido en un andante de hondura sincera que, por momentos, evocaba -lejanamente- cierta nobleza expresiva asociada a Leonard Bernstein al frente de la otra BBC, la de Londres. 

No estamos ante música romántica en sentido estricto, pero sí ante una escritura que deja filtrar una nostalgia elocuente, una melancolía contenida que aquí fue expuesta con notable claridad. La línea discursiva se mantuvo firme, reconocible, incluso en aquellas primeras variaciones donde -como en la (W.M.B.): Allegro di molto- podría haberse acentuado un mayor carácter, una tensión más incisiva, un punto adicional de drama. No obstante, la narración nunca se quebró: hubo una voluntad de continuidad que dio sentido al conjunto.

A partir de ahí, la interpretación fue ganando en definición y acierto. La variación VII (Troyte): Presto, retrato de Arthur Troyte Griffith, encontró un equilibrio especialmente logrado: los trombones y el timbal se mostraron rotundos sin perder control, mientras la cuerda articuló con nitidez, con ese pulso casi juguetón -pimpante- que da vida a la página. Sin solución de continuidad, la VIII (W.N.): Allegretto desplegó un carácter natural, casi conversacional, con un concertino decisivo, capaz de marcar, arrastrar y preparar el terreno con inteligencia para lo que vendría después.

Jaime_Martin_Wales_Ibermusica_26_b.jpg

Y es precisamente en 'Nimrod' donde la lectura alcanzó una dimensión superior. Aquí se percibió con claridad que, más allá de la técnica pura, hay en Jaime Martín un músico de primer orden. El detalle de las violas en el inicio fue revelador, un sonido cargado de intención, sin artificio, que abrió paso a un crescendo construido desde la convicción, sin concesiones al efectismo. Las trompas, sutiles y bien integradas, contribuyeron a una progresión orgánica, culminada en un decrescendo de gran aliento, donde la música pareció retirarse con dignidad, sin perder densidad emocional. ¿No es ahí, en esa capacidad de sostener el tiempo sin urgencia, donde se mide la verdadera madurez interpretativa?

La variación XII (B.G.N.): Andante ofreció otro de los momentos más logrados de la noche, con un violonchelo de gran presencia, capaz de cantar con amplitud sin caer en excesos. El fraseo, sentido y natural, permitió que las distintas capas sonoras se ordenaran con claridad, haciendo de esta sección un verdadero núcleo expresivo.

Y, finalmente, el Finale (E.D.U.): Allegro – Presto se impuso con una tensión bien administrada, donde la grandeza se construyó desde dentro, sin caer en la grandilocuencia vacía. Los fortísimos, bien timbrados, respondieron a una lógica discursiva clara, sostenidos por una orquesta entregada, consciente de su papel en el cierre de un arco narrativo exigente.

Como propina, la Obertura de Ruslán y Liudmila de Mijaíl Glinka permitió a la BBC National Orchestra of Wales mostrar otra faceta: virtuosismo brillante, precisión rítmica y una energía desbordante que evidenció el sólido trabajo de conjunto.

En definitiva, una interpretación que, sin buscar el impacto inmediato, fue creciendo desde la coherencia interna, encontrando en sus mejores momentos una voz propia. Porque, al fin y al cabo, estas variaciones no son solo retratos ajenos, son también un espejo del intérprete. Y en ese reflejo, aquí, hubo verdad.

Fotos: © Rafa Martín | Ibermúsica