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El Sísifo errante

Zúrich. 21/06/2026. Oper Zürich. Wagner: Tannhäuser. Eric Cutler (Tannhäuser), Christina Nilsson (Elisabeth), Rachel Wilson (Venus), Christian Gerhaher (Wolfram von Eschenbach), Christof Fischesser (Hermann, Landgraf von Thüringen), Biterolf (Andrew Moore), Heinrich der Schreiber (Nathan Haller), Johan Krogius (Walther von der Vogelweide), Brent Michael Smith (Reinmar von Zweterl), Yewon Han (Ein junge Hirt). Ronja Behrendt, Dina Weil, Nives Rist, Rima van Dijk, Claire Schrter, Astrid Hänggi, Yevgeniya Frei, Susanne Krauer (Vier Edelknaben). Thorleifur Örn Arnarsson, dirección de escena. Tugan Sokhiev, dirección musical.

La mitología griega cuenta que Sísifo fue condenado por los dioses a una tarea tan inútil como interminable. El rey de Corinto debía arrastrar una piedra enorme hasta la cima de una montaña, pero cada vez que estaba a punto de alcanzar su objetivo la roca rodaba cuesta abajo, obligándolo a recomenzar el trabajo por el que tanto se había esforzado. En el imaginario colectivo, Sísifo representa un esfuerzo estéril frente a una labor imposible. Sin embargo, el mito acepta otras lecturas, como la de Albert Camus, quien no veía al personaje como una víctima de la derrota, sino la expresión de la rebeldía humana frente al absurdo. Consciente de la inutilidad de su castigo, el rey persistía en su cometido, y encontraba una forma de libertad en ese acto de resistencia. No en vano, Camus invitaba a imaginar a Sísifo feliz.

Sin embargo, hoy en día, pocas adaptaciones contemporáneas del mito presentan a un Sísifo feliz del que deberíamos tomar ejemplo. Más bien, el héroe ha caído en desgracia porque, en nuestra sociedad actual, medida por el rendimiento, el éxito y la productibilidad continua, el fracaso ha devenido el mayor miedo del individuo moderno. Visibilizar el tabú del fracaso fue el objetivo que se marcó Thorleifur Örn Arnarsson cuando la Ópera de Zúrich le encargó cerrar la temporada con una nueva producción de Tannhäuser. El director de escena islandés ha convertido al caballero medieval en un alter ego de Sísifo, alejándose del significado tradicional de la trama original.

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Este tipo de licencias interpretativas son muy frecuentes en los montajes de Arnarsson, sobre todo cuando se cerca a dicho repertorio. Richard Wagner ocupa un lugar privilegiado en la trayectoria del regista. Aunque su labor artística se ha centrado principalmente en el teatro, sus escasas incursiones en la lírica suelen darse de la mano del compositor sajón. Todo su corpus operístico se reduce a cinco producciones de títulos de Wagner, uno de Poulenc, otro de Puccini y un último de Johan Strauss hijo. Por si quedaban dudas sobre su acusada predilección por el universo wagneriano, cabe recordar que en 2024 inauguró el Festival de Bayreuth firmando la última producción de Tristán e Isolda

Si en sus anteriores relecturas en clave regie theater de Lohengrin, Parsifal y Siegfried, Arnarsson se apropiaba del mito para imaginar civilizaciones colapsadas y preguntarse sobre el motivo de toda crisis social, su Tannhäuser sigue otro rumbo. Su último montaje parte de una escenografía simbólica, que materializa el estado psicológico del personaje principal como ya sucedía en el Tristán del Festspielhaus, pero, en este ocasión, tiene otra estética puesto que ha cambiado de escenógrafo. Los paisajes mentales de este Tannhäuser han sido diseñados por la artista plástica islandesa Erna Mist. El nuevo decorado posee una atmósfera más onírica que su anterior producción wagneriana, ya que toda la trama transcurre dentro del sueño del protagonista: una pesadilla en la que es condenado a experimentar el fracaso una y otra vez. Primero fracasa en Venusberg por no amoldarse al exceso carnal que le ofrece la diosa, después en Wartburg cuando pierde el concurso de canto y por consiguiente a Elisabeth, y finalmente al no recibir el perdón en Roma. 

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Arnarsson ha suprimido la redención por amor que conduce al milagro final, proclamado por el coro de peregrinos. Los miembros del coro -los cuales son copias de ese Tannhäuser que sueña creadas por su subconsciente- cantan el texto, aunque la obra divina que anuncian sus palabras no se represente en escena. En esta lectura, el héroe continúa errando en un purgatorio cíclico. Pues el tercer acto concluye con el mismo gesto que empezaba la obertura: con la destrucción de una estatua con forma de Elisabeth. Por otro lado, la contradicción entre el amor puro e idealizado que representa la sobrina del Príncipe de Turingia y la lujuria desbordante de Venus queda relegada a un segundo plano. El Sísifo errante de Arnarsson no encuentra la paz, ni el amor, allá donde vaya, porque no aprende de sus errores. Según el regista, Tannhäuser no es realmente un peregrino, dado que el peregrinaje implica un viaje espiritual donde el caminante se conoce a sí mismo. Al no haber aprendido de sus errores y seguir sumido en el autoengaño, el protagonista es colocado en el mismo punto donde empezó el viaje, como hicieron los dioses con Sísifo. 

El afán de Arnarsson por tratar el tabú del fracaso ha dado lugar a una interpretación muy simplista del mito, cuyo mensaje rebasa la obviedad: hay que quererse a uno mismo antes de querer al otro. Aún con eso, su propuesta tiene ideas brillantes. También es digno de admirar su tono tragicómico tan similar al que definía el Tannhäuser de Tobias Kratzer (y al que se homenajea explícitamente en el primer acto mediante la entrada estelar de un coche fúnebre conducido por Wolfram, y con los caballeros a bordo, como aquella furgoneta circense capitaneada por Venus en la mítica producción de Bayreuth).

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Frente a una puesta en escena que no terminó de explotar todo su potencial, el principal atractivo de la velada se encontró en el plano musical. Desde los primeros compases de la obertura, el foso acaparó toda la atención de los espectadores, pues la partitura de la siempre celebrada versión de Dresde estaba en manos del hombre que dirigirá el próximo Concierto de Año Nuevo de Viena. El debut de Tugan Sokhiev liderando la Orquesta de la Ópera de Zúrich supuso una auténtica embriaguez sonora. Entre los aspectos más logrados de su dirección figuró la construcción de los arcos melódicos, trazados con paciencia y atención. El maestro ruso despuntó por su refinado cuidado del fraseo, cincelando cada motivo y dotando al discurso de una continuidad orgánica. La graduación de los crescendos se resolvió con gran inteligencia, conduciendo los clímax con mesura para evitar cualquier atisbo de exceso. La única objeción que debe nombrarse fue la elección de unos tempi demasiado dilatados que restaron tensión y dinamismo en ciertos pasajes, pero sin desembocar en una lectura pesada. Por último, cabe señalar la notable compenetración entre el foso y el Coro de la Ópera de Zúrich, una alianza sonora que fue afinándose hasta alcanzar su máxima expresión en el desenlace de la ópera.

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El apartado vocal constituyó otro gran aliciente de la noche al reunir muchos intérpretes que se enfrentaban por primera vez a sus respectivos roles, empezando por el protagonista. Eric Cutler inició su carrera como tenor lírico, pero actualmente se dedica a interpretar personajes heroicos de Wagner y Strauss, puesto que la maduración de su instrumento lo ha llevado hacia un repertorio de mayor exigencia dramática. Si bien en determinadas ocasiones ha mostrado dificultades para asumir estos nuevos papeles, no fue el caso de su debut como Tannhäuser. Cutler reveló todo el peso y la fuerza de su instrumento en el monólogo del relato de Roma. Su interpretación se alejó de una concepción del personaje basada en la potencia vocal, incorporando una elegancia y un refinamiento poco habituales dentro de la tradición de los Heldentenöre.

El regreso de Christina Nilsson al rol de Elisabeth, que la soprano sueca había incorporado a su repertorio hace poco años, despertó mucha expectación entre los seguidores wagnerianos. Su Dich, teure Halle y la plegaria del tercer acto demostraron una perfecta homogeneidad tímbrica y una gran seguridad en su registro agudo tan luminoso; dos cualidades que la sitúan entre las Elisabeths más solventes del panorama operístico actual. La extraordinaria Venus de Rachel Wilson fue otro debut destacado. La mezzosoprano estadounidense compuso uno diosa sin la excesiva agresividad vocal y el color sombrío asociados al personaje. Su voz cálida, de timbre aterciopelado, favoreció una Venus alejada de la tradicional oposición con Elisabeth que buscaba Arnarsson. 

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El mayor deleite sonoro de la velada vino de la mano de Christian Gerhaher interpretando a un Wolfram difícilmente inigualable. El barítono alemán ofreció una clase magistral de lied con su canción de la estrella vespertina. En ese pasaje, el solista optó por una emisión contenida, sin proyección expansiva, para construir una atmósfera de recogimiento e intimidad, en la que parecía que el tiempo se detenía. Poco después, en su intervención final tras el encuentro con Tannhäuser, su voz se transformó, recuperando toda la expresividad dramática que había abandonado para despedir a Elisabeth. Siguiendo con el alto nivel vocal del elenco, cabe destacar la exquisita participación del finlandés Johan Krogius en el rol secundario de Walter von der Vogelweide, junto a la del canadiense Nathan Haller como Heinrich der Schreiber. Ambos tenores fueron las grandes sorpresas de la noche, firmando sendos debuts con seguridad técnica y profundidad expresiva. También fueron muy gratas las aportaciones de Brent Michael Smith y Andrew Moore como Reinmar y Biterolf en el concurso de canto del segundo acto, al igual que el bajo alemán Christof Fischesser como Landgrave y el pastorcillo encarnado por la soprano surcoreano Yewon Han

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Fotos: © Herwig Prammer