
La noche imperfecta
Madrid. 30/ 06/2026. Teatro Real. Obras de Cilea, Rimski-Korsakov, Strauss, Rajmaninof, Charpentier, Delibes, Chaikovski, Bellini, Glimka, Kalman, y Arditi. Anna Netrebko, soprano. Elena Maximova, mezzo. Kurt Mitterfellner, Violin. Pavel Nevolsin, piano.


Hubo también, como era de esperar, una especial afinidad con el repertorio ruso. Especialmente lograda resultó la escena final de La doncella de nieve, de Rimski-Kórsakov, pero fue sobre todo en el bloque de canciones de Rajmáninov, integrado en la primera parte del programa, donde la soprano volvió a mostrar su mejor versión. Allí recuperó buena parte de la flexibilidad de la emisión, el refinamiento del fraseo y la intensidad expresiva que le caracteriza. También convenció en el aria de Louise, de Charpentier, confirmando que es en el gran repertorio operístico donde su voz encuentra hoy su hábitat más natural y donde su personalidad artística alcanza una mayor plenitud.
Menos satisfactorio resultó el célebre 'Dúo de las flores' de Lakmé, de Delibes, que no llegó a desprender la atmósfera de delicadeza y encantamiento que exige la página. A ello contribuyó también una conjunción imperfecta con la mezzosoprano Elena Maximova, colaboradora de Netrebko en diversas ocasiones, cuyo instrumento, de timbre más seco y opaco, contrastó con el de la soprano. Su prestación, correcta desde el punto de vista vocal, adoleció además de una expresividad y una capacidad comunicativa más limitadas, lo que terminó por restar vuelo al conjunto.
La segunda parte volvió a encontrar sus momentos más inspirados en el repertorio ruso. Muy especialmente en las páginas de Chaikovski, culminadas por el romance El sol se ha ocultado, con el que cerró este bloque del programa. Fue ahí donde Netrebko recuperó plenamente su capacidad para cautivar al público, desplegando un canto de enorme personalidad, magnetismo y profundidad expresiva, capaz de trascender cualquier irregularidad vocal.
Más agridulce resultó el encuentro con la maravillosa aria 'Oh! quante volte', de I Capuleti e i Montecchi, de Bellini —¿para cuándo la programación de esta bellísima ópera en el Teatro Real?—. Aunque la soprano resolvió con indudable autoridad buena parte de la exigentísima escritura belliniana, precisamente la desnudez y pureza de esa línea de canto, implacable con cualquier mínima imperfección, dejó más expuestas de lo habitual las pequeñas inestabilidades y destempladas de una emisión que esa noche no alcanzó la impecabilidad a la que la cantante nos tiene acostumbrados.

Las páginas finales, con la Csárdás de La princesa gitana, de Kálmán, y Il bacio, de Arditi, aportaron un cambio de atmósfera. Se trata de piezas de un carácter más ligero y desenfadado, quizá de menor hondura artística, pero de una eficacia escénica indiscutible, ideales para distender el ambiente y conducir el recital hacia un cierre brillante. Con ellas culminó un programa extenso —probablemente en exceso—, de gran variedad estilística, aunque no siempre articulado con una lógica interna convincente.
Como propinas se ofrecieron un desafortunado 'Aprite, presto, aprite', de Le nozze di Figaro, lastrado por una interpretación demasiado pesada y carente de la agilidad y la frescura que exige Mozart; y, como despedida, un Non ti scordar di me interpretado conjuntamente por los cuatro artistas participantes en el concierto, en un final de tono distendido y cercano al público.
Además de la ya mencionada mezzosoprano Elena Maximova, participaron en el recital el violinista Kurt Mitterfellner y el pianista Pavel Nevolsin.
Mitterfellner intervino en tres números del programa, haciendo gala de un sonido muy meloso y de gran lirismo especialmente adecuado para el repertorio más intimista, aunque algo a desarrollar en los momentos de mayor intensidad expresiva, y que se lució, con sus arcos largos, en el lied Morgen de Strauss. Por su parte, Pavel Nevolsin fue el infatigable compañero de viaje durante toda la velada. Acompañó con solvencia, sensibilidad y una encomiable capacidad de adaptación a repertorios de muy diversa naturaleza, exhibiendo un sonido cuidado, una pulsación siempre elegante y un criterio musical irreprochable, destacando en los distintos fragmentos tocados a solo.