GranadaFest26_Falla_Vida_4.jpg© Álex Cámara 

Una noche histórica 

Granada. 10/07/2026. Palacio de Carlos V. Obras de Mascagni, Wagner y Falla. Orquesta Ciudad de Granada. Coro de la Orquesta Ciudad de Granada. Silvia Tro Santafé (Salud). Belén Elvira (La abuela). Leticia Rodríguez (Carmela). Álvaro Gallegos (voz de la fragua). Alejandro Roy (Paco). Joan Martín-Royo (El tío Sarvaor). El Turry (cantaor). Andrés Merino (Manuel). Luis Mariano, guitarra. Lucas Macías, dirección musical.

Era una noche muy especial y se percibía en el ambiente. La belleza rotunda del Palacio de Carlos V iba a servir de escenario para un estreno muy esperado, una versión nunca escuchada de La vida breve, composición con la que Manuel de Falla fue premiado por la Real Academia de Bellas Artes en 1905, atraía la atención, no sólo de los que se disponían a entrar al recinto, sino también de muchos aficionados que estaban pendientes del acontecimiento. Una limonada para aplacar el calor, servida en la terraza exterior, era lo más apropiado antes de afrontar el concierto.

Tratándose de una partitura necesariamente breve, puesto que las condiciones del concurso aludido así lo imponían, el programa contenía dos piezas bien conocidas como complemento, extraídas de otras tantas óperas: el Intermezzo de Cavalleria Rusticana y el Preludio y Muerte de amor, de Tristán e Isolda

La interpretación de la música de Mascagni resultó más emotiva, si cabe, al llegar precedida por un minuto de silencio, en recuerdo de las víctimas del incendio de Almería. Esa melodía que surge sutilmente desde las cuerdas y se acompaña compases más tarde por el oboe, fue interpretada con una especial intensidad bajo la dirección de Lucas Macías, contando también con una recepción especialmente sentida del público, que aguardó sin aplaudir algún segundo más de lo habitual.

El Preludio y muerte de Isolda, de Richard Wagner, completó la primera parte del concierto, y las cuerdas de la orquesta granadina sonaron con el arrebato suficiente para desplegar una música tan milagrosa. La acústica del Palacio de Carlos V, aunque en ocasiones resulte desconcertante -sobre todo para los propios músicos-, en piezas de esta amplitud lírica resulta adecuada. No deja de asombrar que un recinto de estas características, sin que en su diseño (siglo XVI) se tuviera en cuenta ningún requisito sonoro, proporcione unos resultados tan ricos. Estudios técnicos hay que corroboran esas especiales cualidades. La interpretación estuvo bien graduada, con intervenciones compensadas en las diferentes familias orquestales, hasta llegar a los acordes que se extinguen al final. Conocidas son las reticencias de Falla hacia algunos recursos empleados por Wagner -cierto diletantismo filosófico, que influía en su música, y una constante inestabilidad-, pero en Tristán e Isolda reconocía que “el cromatismo tiene su justa aplicación como espontánea y viva fuerza expresiva”.

Como elemento anecdótico en esta noche, vivida bajo el aura de Carlos V -seguro que lo recordaremos con los años-, a nadie se le escapaba que, en ese mismo momento, la selección española de fútbol se estaba jugando una eliminatoria con Bélgica. Nada más apropiado que el palacio de un rey que nació en lo que hoy es Bélgica (Gante, 1500) y reinó nuestro país con tan buen juicio. Justo antes de comenzar las primeras notas de La vida breve, llegó el gol de Mikel Merino.

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Las peripecias de esta partitura darían para un libro. Obtenido el premio aludido, Manuel de Falla y Carlos Fernández Shaw, autor del libreto, comenzaron las gestiones para que pudiera representarse en Madrid, pero no admitían otro escenario posible que el Teatro Real. Los intentos no fructificaron y, llevado por la impaciencia, el compositor gaditano tomó la partitura bajo el brazo y marchó a París. Allí mostró su trabajo a figuras reconocidas como Paul Dukas o Claude Debussy. A raíz de esos encuentros y algunos buenos consejos, un Falla treintañero introdujo algunas modificaciones y estableció la obra en dos actos, para facilitar posibles producciones escénicas. Finalmente, se estrenó en Niza en 1914, exactamente como fue escrita y premiada, pero esa versión de la partitura se creía perdida y es la que ahora se ha conseguido recuperar, gracias al concurso del Archivo Manuel de Falla y de su director, Álvaro Flores Coleto. 

Estructuralmente, la versión original difiere poco de la que estamos habituados a escuchar. Es cierto que Falla desarrolló ampliamente una de las danzas, apuntada solamente en la partitura primigenia, añadió un interludio entre dos cuadros del segundo acto y recortó el final -atendiendo, al parecer, a las indicaciones de Debussy-. Lo cierto es que todas las decisiones parecen acertadas, a tenor de lo escuchado ahora en Granada, con lo que podemos decir que la segunda versión resulta más redonda. La orquestación difiere en varios pasajes, que en su versión original brindaba mayor protagonismo a las cuerdas ofreciendo un tono más lírico. También se ha comentado la presencia rotunda de las trompas, buscando una sonoridad cercana a la de Wagner.  

La interpretación en el Palacio de Carlos V fue en formato de ópera en concierto, con los solistas apostados en el frente, ocupando sus sillas. En cualquier caso, una cosa es que no haya escenificación -ni siquiera semi-, y otra que los cantantes no crucen ni una mirada. Dada la oportunidad, quizás hubiera sido adecuado hacer un esfuerzo por ofrecer un mínimo de interacción entre los personajes y algo de espacio a la misma; dotar de mayor vida a esta, tan breve, que Falla imaginó. El marco no podía ser más ideal para una obra que está ambientada precisamente en Granada, pero ya se sabe que el tiempo de ensayos todo lo condiciona, y no fue mucho del que se dispuso.

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Atendiendo a la interpretación, hemos de destacar la labor de la pareja protagonista. Silvia Tro Santafé afrontó el papel de Salud con medios más que sobrados, mostrando, además, una buena dicción, aspecto este último que resulta bien complicado en La vida breve, donde hay que emplear un acento popular sin llegar a la caricatura. A su lado, fue un gran acierto contar con Alejandro Roy, seguro y perfectamente acoplado al papel. Álvaro Gallegos se alzó firme ‘desde la fragua’, con el lamento de “¡Malaya quien nace yunque en vez de nacer martillo!”, como portavoz de un coro masculino que debería haber mostrado mayor bravura. Algo apagada se mostró Belén Elvira, como abuela, y correctas intervenciones del resto del elenco.

La voz flamenca de El Turri se asomó desde detrás de los violonchelos, en una muestra de ese cante jondo que tanto admiraba y reconocía don Manuel, aunque, tan escondido como estaba el cantaor, hubo que sonorizarlo. En cualquier caso, con buen tono cantó ‘por soleares a Carmeliya y a Paco’, acompañado al toque por Luis Mariano.

La Orquesta Ciudad de Granada cumplió con creces el envite sonando equilibrada, y Lucas Macías consiguió introducirnos en ese mundo donde la tradición española entronca con la gran música europea sin perder su idiosincrasia, cualidad que Manuel de Falla consiguió plasmar en tantas de sus obras. Esta recuperación nos proporcionó una nueva oportunidad de escuchar una música tan singular, además de ofrecernos pistas sobre la evolución de un compositor de su calibre. La vida breve regresaba a Granada, tal y como Manuel de Falla la escribió en su origen.

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Fotos: © Álex Cámara