© Ricardo Espinosa

Ante el cadaver del amor

17/07/2026. San Lorenzo de El Escorial. III Festival Ópera a Quemarropa, Festival de Ópera de Cámara de la Comunidad de Madrid. Sala de Cámara del Teatro Auditorio. La clausura del amor, de Reyes Oteo. Ruth González (soprano), Enrique Sánchez-Ramos (barítono), Pilar Fontalba (oboe), Ander Telleria (acordeón), Juanjo Guillén (percusióny Reyes Oteo (electrónica). Dirección escénica: Ricardo Campelo. Dirección musical: Juan Bautista Carmena.

Ópera a quemarropa es un armario lleno de sorpresas; y es que la ópera de cámara, que en distintas ciudades va acumulando festivales de carácter monográfico muy interesantes, nos da la oportunidad tanto de vivir pequeñas joyas del pasado –en esta edición, Pericca e Varrone, de Alessandro Scarlatti- como novedades que nacen del trabajo de compositores y compositoras que aun están vivitas y coleando, aportando al género nuevas formas de entender el mismo. Es el caso de la ópera que hemos vivido en la Sala de Cámara del Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial: La clausura del amor, de la sevillana Reyes Oteo (1982). 

La clausura del amor bien podría definirse como una ópera que, en sí, guarda dos largos monólogos. Su origen es una obra teatral homónima francesa, escrita por Pascal Rambert, autor así mismo del libreto de la ópera. El estreno de la obra teatral se vivió en Avignon en 2011. Su argumento es sencillo aunque abre muchas puertas a temas de enorme profundidad. una pareja ha decidido que su ciclo de convivencia ha terminado y se enfrentan al hecho de, uno frente al otro, reprocharse los errores cometidos durante su relación. Se entremezclan recuerdos y reproches y, como ocurre tantas veces, se escapan imprecaciones y palabras gruesas, esas que quizás nunca habrías querido decir. El texto, traducido por Coto Adánez, es descarnado, directo, quizás, en exceso para algunos oyentes por su crudeza, por ser extremadamente directo, sobre todo en lo relativo al sexo.

La estructura de la ópera es muy sencilla. En sus setenta minutos de duración toda la primera mitad es el monólogo de Enrique, el marido despegado, algo controlador y un punto tiránico, que maltrata a su hasta ahora pareja con recriminaciones por doquier. La compositora exige del cantante jugar con la voz en tesitura de bajo-barítono pero con un uso acusado del falsete en tesitura accesible al poder vocal de Enrique Sánchez-Ramos, sobrio y muy acertado en la caracterización del personaje; el monólogo dura casi media hora y en todo ese momento una cámara enfoca a su ex, Ruth –obsérvese que los nombres de los personajes se corresponden con los reales de los cantantes- quien ha de soportar un primer plano casi continuo mientras que con pequeños gestos, la mayor parte de desaprobación y sorpresa, asiste atónita a la retahíla de reproches de su hasta entonces pareja.

Luego, se produce un breve interludio que protagoniza una escolanía de nueve voces blancas, que asumen una canción infantil popular. Es una especie de pausa psicológica, después de toda la violencia verbal vivida en los minutos anteriores; el clímax queda destruido y la inocencia infantil nos relaja antes de que entremos en el segundo monólogo, el de Ruth.

Ella ya lo ha oído todo y ahora es su turno para hablar. Cambian las perspectivas, es decir, nada nuevo bajo el sol: un mismo hecho, dos lecturas totalmente distintas. Y cambian las tornas: ahora la cámara se centra en Enrique mientras Ruth trata de recordar lo positivo que tuvo su relación: los inicios, plenos de pasión; el sexo brutal y placentero; el amor desinteresado que entrego a Enrique. Ruth y Enrique se encuentran ante el cadáver mismo del amor entre ellos y tal situación saca lo peor de cada uno de ellos. A pesar de un conato de propuesta de arreglo el amor está en caída libre y su vida en común ha muerto para siempre y así habrán de aceptarlo.

La soprano Ruth González, como acostumbre, se entrega en una actuación plena de carga emocional y con una voz poderosa. Eso sí, permítaseme no entrar en disquisiciones vocales porque estas estaban amplificadas en demasía, convirtiéndose este aspecto en el punto más discutible, en opinión de quien escribe estas líneas, de toda la producción. Creo, sinceramente, que atendiendo a las dimensiones del recinto y al conjunto instrumental acompañante parece de difícil justificación tal decisión y en tales dimensiones.

La ópera recoge partes habladas, intercaladas con otras cantadas, más relevantes, y el grupo orquestal diseñado por la compositora es un cuarteto, compuesto por oboe, acordeón, electrónica y percusión. Al oboe le corresponde, quizás, la escritura más convencional de la partitura, si tal palabra tiene hueco en esta obra; muy bien Pilar Fontalba en su papel. Ander Telleria sacó del acordeón todos los sonidos que uno pueda imaginar mientras la misma compositora, Reyes Oteo, encargada de la parte electroacústica, coordinó todas las grabaciones que acompañaron a la interpretación de la ópera. Punto y aparte para la labor, ímproba, del mítico Juanjo Guillén a la percusión, en un despliegue de sonido de difícil asimilación en primera escucha. Del cuarteto, esta sección asume la parte fundamental. Todo este grupo ha sido gestionado y coordinado de forma eficiente por Juan Bautista Carmena a la batuta.

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La puesta en escena es de una sencillez próxima a la desnudez: la propuesta de Ricardo Campelo nos deja el escenario totalmente blanco, como el color del cadáver del amor tal y como se apunta en la ópera.. La pared trasera es la gran pantalla que recoge las imágenes de los solistas que antes mencionábamos. Eso sí, me llamó mucho la atención –y lo cierto es que no se si ha sido un problema técnico o una decisión del director de escena- que mientras las imágenes de Ruth eran nítidas además de exigentes para la cantante, las de Enrique se van poco a poco diluyendo, como se diluye su fortaleza hasta quedar prácticamente difuminadas en la nada. El escenario blanco se torna de color en momentos puntuales y detrás de la pantalla están situados los instrumentistas que, por lo tanto, quedan para el espectador en nebulosa durante toda la función.

La Sala de Cámara del Teatro Auditorio estaba ocupada en un 50 % aproximadamente y la respuesta del público al final de la misma fue relativamente fría. Creo, sinceramente, que no se hizo justicia al trabajo de todos los implicados. Ahora La clausura del amor va a visitar durante la temporada 2026-2027 distintas ciudades y estaremos atentos a la evolución tanto de la obra como de la respuesta popular. En cualquier caso, una obra interesante y fácilmente exportable, que merece nuestra atención.

Fotos: © Ricardo Espinosa