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Estética y maternidad

Peralada. 25/07/2026. Mirador del Castell. Carles Prat : Estètica i Massacre. Maria Patak, soprano. Carlos Varela, barítono. Pablo Meléndez, piano. Álvaro Rodríguez, clarinete. Clàudia López, violín. Jorge Bosch, percusión. Oriol Pla, dirección escénica. Carles Prat, dirección musical.

Peralada. 26/07/2026. Esglèsia del Carme. A. García Demestres: Diario de una madre. Sabina Puértolas, soprano. Rubén Fernández Aguirre, piano.

En dos noches consecutivas, el Festival Perelada ha ofrecido una muestra significativa de la creación musical contemporánea en nuestro país. Dos obras de sendos compositores catalanes, aunque de diferentes generaciones, se han podido ver en distintos escenarios del certamen ampurdanés. Una apuesta por la nueva creación que, si bien ha sido más o menos regular a lo largo de la historia del festival, se ha redoblado en los últimos años con resultados, en algunos casos, muy notables. Ahí están los estrenos, en sucesivas ediciones de Pascua, de obras tan estimulantes como Tenebrae Responsoria, de Joan Magrané o Responsoria Hebdomadae Sanctae, de Bernat Vivancos para confirmarlo. Pero, si en la programación de Semana Santa predomina la música religiosa, la tradicional de verano siempre se ha centrado en el apartado vocal, al cual pertenecen las obras que ahora nos ocupan, una ópera compuesta por Carles Prat y un ciclo de canciones de Alberto García Demestres.

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Estètica i massacre

La primera se titula Estètica i massacre y es una coproducción entre el Festival Perelada y el Gran Teatre del Liceu que se estrenó en 2025 en el marco del proyecto Òh!pera que el teatro barcelonés viene desarrollando los últimos años bajo la supervisión de Àlex Ollé. La primera versión de la obra se ceñía a los criterios de micro ópera y, por tanto, tenía una duración de unos treinta minutos, pero el éxito obtenido y sus posibilidades dramatúrgicas abrieron las puertas a una revisión ampliada que ya se pudo ver en el Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial y en breve aterrizará en el Palau de les Arts de Valencia. El libreto de la ópera, concebido por Carlota Gurt, profundiza en el abismo al que puede conducir la obsesión por la estética y el culto al cuerpo cuando, llevadas al extremo, se convierten en única seña de identidad del individuo. El concepto se desarrolla a través de la relación de una joven pareja -magníficamente interpretada por la soprano Maria Patak y el barítono Carlos Varela- que se distancia progresivamente a causa de obsesiones estéticas opuestas. La dirección escénica de Oriol Pla consigue transmitir con tacto e inteligencia, mediante recursos teatrales sencillos, pero sumamente efectivos, una tragicomedia que culmina en un final devastador.

La música creada por Carles Prat, quien también asumió la dirección del conjunto de cámara formado por clarinete (Álvaro Rodríguez), violín (Clàudia López), piano (Pablo Meléndez) y percusión (Jorge Bosch), se pone al servicio de la acción escénica, consiguiendo aportar dinamismo y fluidez a través de sutiles variaciones temáticas que van puntuando la transformación de unos personajes que se expresan, en el ámbito vocal, en un parlato que muy raramente se expande hacia lo lírico. Hay que apuntar, de todos modos, que, en la segunda y más reciente parte de la obra, la partitura crece notablemente en ambición y expresividad, sobre todo en dos brillantes interludios que aportan una mayor densidad musical al drama. Todos esos elementos contribuyen a convertir Estètica i massacre en una interesante ópera y en un espectáculo muy redondo.

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Diario de una madre

La relación de Alberto García Demestres con Peralada es larga y fructífera. En el festival se han podido ver títulos importantes de su amplia producción como Pepa Vargas (2004), WOW! (2013) o La straordinaria vita di Sugar Blood (2017) entre otros. Esta última ópera ya surgió de su colaboración con Cristina Pavarotti, hija del siempre añorado tenor modenés. Es el caso, también, del ciclo de canciones Diario di una madre, que se acaba de estrenar en la Esglèsia del Carme interpretado por la soprano Sabina Puértolas y el pianista Rubén Fernández Aguirre. La base literaria de la obra son catorce poemas de Cristina Pavarotti que conforman un dietario centrado en la relación entre madre e hija, narrado siempre desde la perspectiva materna, desde el nacimiento de la segunda hasta la muerte de la primera. Un material, más allá de su intrínseca calidad poética, realmente original, diría que inédito en la historia del género liederístico y de inmensas posibilidades. Pavarotti plasma escenas de la vida cotidiana de las dos protagonistas -aunque nunca se escuche la voz de la hija, su figura está permanentemente presente- y los sentimientos de una madre ante la constante sensación de paulatino distanciamiento e inevitable pérdida final.

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A partir de esos largos poemas en verso libre, Alberto García Demestres ha escrito una obra ambiciosa estructurada en catorce canciones, cada una de ellas prácticamente un monodrama, y dos interludios pianísticos que tienen la función de separar etapas vitales y profundizar de manera más abstracta en el devenir del drama. Una de las características de la música del compositor barcelonés, más allá de su desacomplejado lirismo o su evidente conocimiento y amor por la expresión canora, siempre ha sido su libertad creativa y una variedad estilística que convierte en imprevisible cada una de sus obras. En Diario di una madre ha apostado por combinar un tratamiento pianístico sumamente elaborado y virtuosístico, tanto en su concepto como en su ejecución, con un planteamiento vocal marcadamente operístico y no menos exigente.

El compositor juega con habilidad con las tensiones entre tonalidad y atonalidad, creando un universo sonoro rico y complejo sin caer nunca en elucubraciones vanguardistas. Eso sí, sin renunciar a explícitas referencias operísticas -evidentes las de Un ballo in maschera y La bohème, dos óperas casualmente (o no) vinculadas al gran Luciano- o influencias románticas como Schumann o Chopin e, incluso, colores que remiten, voluntaria o involuntariamente, al universo cromático de un Scriabin.

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Pero si algo caracteriza este ciclo es la particular relación entre el discurso pianístico y el vocal que, las más de las veces, parecen fluir paralela e independientemente. García Demestres no busca ni aportar un soporte armónico ni reforzar aspectos puntuales del texto y convierte el piano, en la línea de Hugo Wolf, en un medio a través del cual explorar y aportar luz a la esencia sentimental de los poemas. Es sobre todo en ese aspecto en el que Diario di una madre se erige como una obra de gran calado. Menos convincentes son algunas elecciones en el apartado vocal y dramatúrgico. La primera parte tiende a la monotonía a causa de la permanente tensión vocal y la práctica ausencia de momentos de sosiego que equilibren el discurso. En la segunda, en cambio, el contraste entre expansión e intimidad está mucho más afinado, desembocando en un impacto emocional mucho mayor. Si hay, desde mi humilde punto de vista, alguna objeción a esta conmovedora segunda parte -las tres últimas canciones son simplemente hermosas y chorrean sinceridad- es la tendencia del compositor a rematar muchas de ellas con agudos un tanto redundantes e innecesarios. 

Es inevitable acabar esta crónica con un elogio encendido a los dos intérpretes, no solo por la calidad de sus respectivas prestaciones, sino, por encima de todo, por un compromiso artístico y emocional con la obra que se percibió en todo momento y fue clave en el éxito final. Sabina Puértolas tuvo que lidiar con una parte técnicamente muy difícil y extenuante. Esa tendencia de la línea vocal a ascender continuamente al registro semi agudo y agudo le planteó, hacia el final de la primera parte, alguna tensión y limitó su expresividad. Su segunda parte, en cambio, fue realmente extraordinaria. Desenvolviéndose en zonas más centrales pudo frasear con mayor comodidad e intención y su personaje creció de manera exponencial en todos los aspectos, desvelando un calculado arco dramático. Algunas frases de las dos últimas canciones, en las que la soprano pareció transformarse incluso físicamente, fueron realmente desgarradoras y provocaron uno de esos silencios que solo se crean cuando se fusionan artista y público. Nada de eso hubiese sido posible sin la mayúscula contribución de Rubén Fernández Aguirre, cómplice necesario y tan protagonista como la soprano. Desde las primeras notas, que parecían transformar en sonido los movimientos de la bolsa amniótica, el pianista dio un recital de colores y contrastes, por momentos con un sonido de transparencia casi líquida y en otros de una contundencia dramática perfectamente calculada y ejecutada. Eso sí, siempre con absoluta atención a las inflexiones e intenciones de Puértolas y transitando en todo momento junto a ella en ese intenso viaje que propone Diario di una madre.

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Fotos: Festival Perelada