RavelAlard26a.jpg© Mathias Bracho Lapeyre 

Lo pequeño y lo grande

Ziburu. 03/09/2026. Festival Ravel 2026. Convento de los Recoletos. Obras de J. M. Sánchez-Verdú, D. Scarlatti, A. Soler, C. P. E. Bach y M. de Falla. Benjamin Alard (clave), Gabriel Pidoux (oboé), Shuyu Yang (flauta), Steven Taeyun Han (clarinete), Hadewych de Vos (violín) y Aurélien Fietta (violoncelo). Dirección musical: Benjamin Alard. 

San Juan de Luz. 30/08/25. Festival Ravel 2026. Iglesia de San Juan Bautista. Obra de N. Rimsky-Korsakov y L’heure espanole, de Maurice Ravel. Ambroisine Bré (mezzosoprano, Concepción), Pablo Plaza (tenor, Torquemada), Enguerrand de Hys (tnor, Gonzalvo), Josif Slavov (barítono, Ramiro) y Thibault de Damas (bajo, don Iñigo Gómez). Orquesta Nacional Bordeaux-Aquitaine. Dirección musical: Valentina Peleggi.

Manuel de Falla: inspiraciones y herencias

He de reconocer mi sorpresa al entrar en el Convento de los Recoletos, situado junto al puerto de San Juan de Luz, aunque en tierras de Ziburu y contemplar en una de las naves del mismo una sala más que notable para conciertos de cámara u otras actividades culturales diseñada para unos doscientos espectadores, cómodos y con perfecta visión de la zona central. Es una infraestructura más que se une a este Festival, que en esta edición 2026 poco a poco va dando pasos camino de su culminación.

El programa se basaba en el Concierto para clave, de Manuel de Falla y con este punto de partida el programa recogía bien obras para clave (sonatas de Domenico Scarlatti o el célebre Fandango, de Antonio Soler) bien otras adaptadas al orgánico del concierto del gaditano, a saber, violín, violonchelo, clarinete, flauta y oboe, además del mencionado clave. Pero no terminaban aquí las adaptaciones: en el programa se añadían dos transcripciones o reelaboraciones del compositor gaditano José María Sánchez-Verdú sobre temas originales de Tomás Luis de Victoria y Juan Vásquez, además de una obra propia del compositor andaluz.

En el aparatado del programa para clave solista más que suficiente la lectura de Benjamin Alard aunque el sonido del instrumento quedaba condicionado hasta la opacidad, quizás debido a la altura de la sala, que provocada cierta sequedad en la proyección del sonido. Por lo que a las adaptaciones de José María Sánchez-Verdú, bastante lineal de la Tomás Luis de Victoria (Tantum ergo) y simple por sencilla de la De los álamos vengo, madre, de Juan Vásquez. Bastante más enjundia contemplamos en Las ínsulas extrañas, obra de 2024 con el sexteto instrumental como protagonista y en donde pudimos escuchar una obra harto compleja. El compositor reitera la importancia de las pulsaciones de los instrumentos, muchas veces utilizados de forma mecanicista y percutiva, además de buscar a través del aliento sobre la madera nuevos sonidos. La implicación de los seis músicos, jóvenes y cargados de ilusión, mencionados en la ficha técnica, hizo mucho por transmitir credibilidad en una obra que no es de fácil primera escucha. La recepción del respetable fue generosa.

El cierre del concierto fue la interpretación de la obra principal sobre la que pivotaba todo el evento. Este fue titulado Manuel de Falla: inspirations et filiations, título que yo adapto en el título de este apartado, y que ya nos daba pistas sobre el camino a recorrer. Manuel de Falla se inspiró en el pasado para recuperar el clave en su Concierto para clave y su sexteto ha sido, al mismo tiempo, la inspiración para que compositores actuales compongan para el mismo grupo orquestal. El Concierto para clave nos traslada continuamente al mundo de El retablo de maese Pedro, en el que también participa este instrumento. El grupo nos ofreció una límpida interpretación y la oportunidad de disfrutar de una obra simbólica en el proceso de recuperación y modernización del clave en la música del siglo XX.

RavelAlard26b.jpg

L’heure espagnole

Apenas hora y media después del mencionado concierto pudimos asistir en la céntrica  Iglesia de San Juan Bautista a un concierto bien distinto: la Orquesta Nacional Bordeaux-Aquitaine bajo la dirección de la enérgica Valentina Peleggi nos ofreció un concierto sinfónico-operístico con obras de Nicolai Rimsky-Korsakov y, cómo no, Maurice Ravel. El recinto es hermoso aunque dadas las intrínsecas características de una iglesia además de la misma dimensión de la orquesta y de la música interpretada, rica en la paleta orquestal de las dos obras, quizás se pecó de cierta saturación por momentos.

La primera obra fue el Capricho español (1887) del ruso, que la directora italiana dibujó con un gesto ampuloso y que sirvió para que disfrutáramos de la riqueza sonora de una obra que juega con lo convencional o tópico de los español dentro del envoltorio de quien sabe orquestar muy bien. Metales y percusión, a pesar de algún puntual exceso sonoro, sonó tan brillante como debe y provocó la satisfacción del público.

Toda la segunda parte de dedicó a la interpretación en versión de concierto de L’heure espagnole, una de las dos únicas óperas de Maurice Ravel y que es una joya que, personalmente, nunca he entendido porque se ignora en las programaciones de los teatros dedicados a tal arte. Ya se sabe que la producción operística completa de Ravel dura menos que La traviata porque son solo dos óperas que apenas llega cada una a los cuarenta y cinco minutos, aunque ello no obsta para que podamos decir alto y claro que son dos pequeñas maravillas: la que nos ocupa y L’enfant et les sortileges. 

En agostó de 2024 ya se programó esta misma ópera dentro del Festival Ravel y espero que en próximas ediciones llegue el turno de la otra, que bien que merece la pena. Si la de 2024 ya resultó un éxito esta no le ha quedado a la zaga. A pesar de realizarse en versión de concierto los cinco solistas supieron implicarse en su gestualización y expresión de intenciones para que el texto –y, por lo tanto, el argumento- se nos apareciera claro como la luz. Los cinco, muy jóvenes, estuvieron sobresalientes e implicados y nos permitieron disfrutar de una historia que es, en sí, bastante naif por su inocencia natural.

ravelopera26b.jpg

Destacó, por encima de todos, Ambroisine Bré, una Concepción maliciosa y que se desesperó con el poetastro de novio de forma actoral muy brillante. Su voz es ancha, sonora y con agudo muy firme. No le quedó a la zaga el Ramiro de Josif Slavov, con pintas de estudiante de filosofía pero que con apenas dos o tres gestos supo transmitir ese candor natural de quien seduce a la chica casi sin querer. La voz no es muy grande pero de bello color. Pablo Plaza hizo un Torquemada sobresaliente, sabiendo transmitir esa personalidad del relojero ventajista e interesado a través de una voz muy característica de los tenores de carácter. Enguerrand de Hys peleó con la tesitura más inclemente de la obra y a pesar de algún falsete mejorable supo dibujar ese alelado poeta del tres al cuarto que ve sus oportunidades pasar mientras declama sin ton ni son, haciéndolo al final a la nada misma. Y el bajo Thibault de Damas no se quedó atrás con su Iñigo Gómez oportunista y una voz con el color suficientemente grave como para hacer creíble al personaje.

En definitiva, una función preciosa de una ópera que merece mucho la pena el escucharla. Tener a la orquesta a cinco metros –literalmente- nos permitió descubrir la dimensión orquestal de una obra que siendo pequeña en sus planteamientos teatrales no es sino una enorme obra por su calidad. Solo el seguir el trabajo de los siete solistas de la sección de percusión mientras interpretan mil y un sonidos con múltiples instrumentos ya merecía la pena. Valentina Peleggi tuvo que solventar el problema histórico del equilibrio entre los planos orquestal y vocal cuando conviven en el mismo y a pesar de algún momento puntual de desajuste, sobre todo al final, Peleggi sacó la función con enorme profesionalidad y pulcritud. Una velada que mereció mucho la pena y que el público agradeció profusamente.

ravelopera26c.jpg 

Fotos: © Mathias Bracho Lapeyre