© Ópera de Oviedo
Más sombras que luces
11-09-2026. Teatro Campoamor. LXXIX Temporada de Ópera de Oviedo. Gustav Mahler: Kindertotenlieder: Jacques Imbrailo (barítono). Giacomo Puccini: Suor Angelica: Beatríz Díaz (soprano, Angelica), Ana Ibarra (contralto, tía princesa), María Heres (mezzosoprano, abadesa) y otras. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Pablo Moras) y Coro Infantil Escuela de Música Divertimento. Dirección escénica: Joan Antón Rechi. Dirección musical: Diego Martín-Etxebarria.
Nadie negará la originalidad del programa inaugural de la temporada 2026-2027 de la LXXIX Temporada de Ópera de Oviedo. Y supongo que incluso quienes aparecen como padrinos de la idea, consistente en fusionar un ciclo de lied con una ópera, que no deja de ser, además, un tercio de un todo aceptarán que ante la originalidad –habrá quien piense en que estamos ante la provocación- caben respuestas dispares y no todas en concordancia con las últimas intenciones de quienes han parido este programa doble.
La unión de las obras se da a través del hijo muerto como hilo conductor. En el ciclo mahleriano el mismo título así nos lo índica: Canciones a la muerte de los niños. Y saber ya sabemos que la razón del enclaustramiento de Angélica es el desliz que provocó un embarazó y posterior parto de un niño, la vergüenza de la familia, el castigo en el convento y siete años después, el drama de saber que aquel hijo, besado y abrazado una sola vez, ha muerto. Es una fusión legítima aunque conviene recordar que Suor Angelica –que en una temporada de ópera ha de considerarse la obra principal- también puede analizarse desde otros ejes como pueden ser la intransigencia familiar, la espiritualidad en sí misma, la inclemencia de la vida conventual o el arrepentimiento de la pecadora.

Insisto en que la apuesta de Joan Antón Rechi es lícita aunque no deja de ser paradójico que en la función inaugural de una temporada de ópera se escenifique la obra de un señor que nunca escribió una sola, aunque desde el podio dirigió muchas; de hecho, y esto es un dato objetivo, la función inaugural de la temporada de ópera ha contado con cincuenta minutos de género, lo que a todas luces me parece insuficiente.
Y sí, que claro que la apuesta la acepto pero no la comparto. Una vez fragmentado Il trittico (Il tabarro y Gianni Schicchi se ofrecieron en octubre de 2023) tres años después hemos cerrado el círculo y para ello podría haberse buscado una ópera que acompañara a Suor Angelica para dotar de más empaque a la función inaugural, caso de Il prigioniero, de Luigi Dallapiccolla o Sancta Susanna, de Paul Hindemith pero la apuesta ha sido la de coger otro camino.
Rechi fusiona ambas obras a través de dos instrumentos: por un lado, el estrictamente musical porque el inicio de la ópera se da sin solución de continuidad, una vez termina el ciclo de Gustav Mahler; y por otro porque hay una “colaboración” actoral de los “personajes” mahlerianos en la ópera de Puccini. Tratemos de explicarlo.

Kindertotenlieder se ofrece con el barítono vestido de sacerdote, en un lugar sombrío y mortuorio, rodeado de ataúdes blancos y pequeños que recogen en su interior los niños muertos. Seis figurantes acompañan al cantante: dos de ellos, hombre y mujer, simbolizan al padre y a la madre de los difuntos mientras que los otros cuatro, bailarines, acompañan la acción dramática ora vestidos de muerte ora de meros ciudadanos. Jacques Imbrailo ofrece una voz quizás algo ligera al inicio pero que según avanzó el ciclo adquirió más cuerpo y densidad vocal. Al final la única voz masculina –en una noche tan femenina, ¿podría haber cantado Mahler una mujer?- supuso la mejor voz de la noche.
Una vez cae la última nota de Mahler se oyen las campanas del convento pucciniano y el escenario, amplio y siniestro en Mahler se torna cerrado y blanco, demasiado luminoso para ser un convento del pasado. De hecho, por momentos más que un convento parece el ala de un hospital; por ello, es curioso que en la escena se hable del sol refulgente de mayo cuando toda la escena se hace en plenitud luminosa.

Puccini es otra cosa muy distinta, y es que convendría discutir la conveniencia de juntar en el mismo programa dos estéticas contemporáneas pero radicalmente enfrentadas. Aquí vivimos un drama que se va cociendo poco a poco porque Suor Angelica está dividida en tres partes muy distintas: la primera narra la cotidianeidad de la vida conventual; la segunda, la dura e implacable entrevista entre tía y sobrina, con la dignidad familiar como telón de fondo; y la tercera, el desenlace de la tragedia, el suicidio de la protagonista y el perdón celestial. Todo esto en apenas 50 minutos.
Antes mencionábamos la colaboración de algunos participantes de la primera parte en la segunda y es que cuando la decisión de Angélica se ha consumado aparece Imbrailo, aun en su traje de sacerdote, para advertir a la pecadora de su error, y antes habrán pasado los progenitores del ciclo como padres, ahora, de la monja consumida por el dolor al saber de la muerte de su hijo y de ellos recibirá las hierbas que le provocaran la muerte.

En la ópera Beatriz Díaz tuvo la enorme responsabilidad de asumir el papel protagonista que canta mucho y complejo a pesar de la brevedad de la obra. Empeño le puso todo y su emoción al saludar mostraba la intensidad de la obra y, supongo, la de todo el proceso de construcción de la función. Vocalmente la franja aguda fue tirante y comprometida y en ocasiones se pasó de efusiva aunque no se le puede reprochar ilusión y ganas. Ana Ibarra asumió uno de los papeles de contralto más severos de la historia de la ópera, la inclemente tía princesa. Ibarra ha tenido que forzar, sobre todo en la tesitura más grave aunque ha logrado dar empaque y sonoridad a un papel ingrato. El resto de las participantes, en papeles episódicos, ayudaron que sobre todo la primera parte transcurriera con orden. Apuntemos los nombres en señal de agradecimiento: María Heres, Anna Tobella, Marina Pardo, Montserrat Seró, Ángeles Rojas, Anna Cabrera, Andrea Jiménez y Vilma Ramírez.

Suficiente el Coro Titular de la Ópera de Oviedo y casi inaudible el Coro Infantil Escuela de Música Divertimento que, curiosamente, ni siquiera saludó. Diego Martín-Etxebarria dirigió con soltura la ópera; en el ciclo de canciones me hubiera gustado poder percibir más enjundia en el grupo orquestal, la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias.
La reacción del público durante la primera parte fue preocupante, con una cantidad de toses anormal; tras la ópera la reacción fue efusiva sin llegar al paroxismo de otras veces. Muchos se volcaron especialmente con la protagonista, cantante de la tierra. Ha comenzado la temporada y lo ha hecho de forma muy poco convencional; y sobria porque como decía una compañera de butaca, salíamos a la calle y aún no era de noche. Y es que en este proyecto original hubo ciertas sombras y muy poca ópera.

Fotos: © Ópera de Oviedo
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