© Domi Alonso
Volver a Mahler
Bilbao. 25/09/2026. Auditorio Euskalduna. Temporada de la Euskadiko Orkestra. Gustav Mahler: Sinfonía nº 2 en do menor, Resurrección. Jone Martínez (soprano), Nadezhda Karyazina (mezzosoprano), Orfeón Donostiarra y Euskadiko Orkestra. Dirección musical: Lucas Macías.
Durante la época de Robert Treviño los mahlerianos fuimos felices dada la más que evidente afición del estadounidense por programar las sinfonías del bohemio. Las propuestas de Treviño, de salida de la institución tan inopinada, eran sobre todo vigorosas y enérgicas. Hubo quien manifestó su cansancio dado que estas sinfonías no son de “fácil digestión” pero, en términos generales, la satisfacción del abonado era notoria tanto por la elección como por el nivel de interpretación.
Parecía que su salida conllevaba la limitación de la presencia de Gustav Mahler en la programación ordinaria de la orquesta vasca pero esta temporada –que oficialmente ha comenzado con el concierto bilbaíno que nos ocupa- se abre con la monumental Sinfonía nº 2 en do menor y vivirá, allá por abril del 2027, la experiencia de la no menos impactante Sinfonía nº 6 en la menor. Así pues, el compositor recobra su protagonismo, lo que es bienvenido.
Eso sí, en este concierto lo que ha quedado claro es que el enfoque de la batuta –recordemos que Euskadiko Orkestra continúa sin director titular y es de suponer que no tardará en elegirlo- ha sido radicalmente distinto sin perder, eso sí, un gramo de brillantez. Porque Lucas Macías, a la sazón último responsable de la velada, ha sido una batuta muy interesante y responsable del altísimo grado de satisfacción del respetable.

El primer movimiento Allegro maestoso comenzó algo dubitativo a pesar de la rotundidad de la cuerda grave pero de forma inmediata el conjunto fue afinando hasta culminar con éxito su nada exigua duración. Macías es capaz de crear un mundo de contrastes entre las páginas más exuberantes y las más íntimas del movimiento, con crescendi ejemplares donde la masa orquestal respondió con atención. Ese fortissimo que dibuja un simulacro de final de movimiento fue acongojante y el paulatino crecimiento del sonido, hasta quedar suspendido en la casi nada sonora, ejemplar.
Íntimo y delicado, como la mano izquierda de la batuta, que dibujaba en el aire arabescos muy delicados, el Andante moderato, donde cuerda y arpa –muy relevante el sonido de esta última- aportaron hondura. Así llegamos al tercer movimiento, In ruhig fliessender Bewegung, con la orquesta sobresaliente; seco y contundente el timbal inicial –por encima de las toses inclementes del público-, sonoro y sedoso el oboe. En Urlicht vivimos la primera intervención de la mezzo rusa Nadezhda Karyazina, de voz densa y sonora en los graves, algo más limitada en el agudo pero que nos leyó el lied con delicadeza.
Y así llegamos al quinto movimiento, Im Tempo des Scherzo, donde pudimos disfrutar de la voz fresca y natural de la soprano vizcaína Jone Martínez, quizás algo pegada a la partitura. El conjunto de las dos cantantes situadas entre los músicos de la orquesta, funcionó muy bien. Sin embargo, como era de suponer, aquí el Orfeón Donostiarra robó todo el protagonismo. No es la primera vez que lo vivo en directo pero solo el piano inicial en la frase Auferstehn, ja auferstehn wirst du, ya hizo merecer mucho la pena el viaje a Bilbao: conmovedor, sencillamente conmovedor. Posteriormente, la energía de las voces masculinas creó el necesario contraste hasta culminar la obra, que llegó casi a los 90 minutos de duración, con enorme éxito.

En resumen, que Lucas Macías nos aportó una lectura más sosegada, más “relajada”, quizás más introvertida y espiritual de una obra que puede pecar de excesiva en lecturas más epidérmicas. Ello solo fue posible por el buen estado de forma de una orquesta que no desfalleció en ningún momento y que nos brindó un inicio de temporada esperanzador.
El Palacio Euskalduna presentaba muy buena entrada y el comportamiento general fue muy adecuado a pesar de las tosas compulsivas de los breves momentos entre movimientos y de la falta de delicadeza de la persona que decidió abandonar el recinto cuando quedaban ¡¡tres!! minutos para terminar la obra, golpeando con sus zapatos la madera del palacio para que todos nos enteráramos de que se iba. Que Mahler le perdone, si puede.
Y un último apunte: decidimos vivir este concierto –como haremos con el siguiente, también sinfónico-coral, quede así anunciado- lejos de nuestra sala habitual, la del Conservatorio Jesús Guridi, de Vitoria-Gasteiz porque, sencillamente, en esta última esta sinfonía no se puede –quizás no se debe- interpretar. No solo porque no caben los músicos sino porque, además, dado el tamaño de la sala, su escucha no es nada placentera por un exceso de sonoridad en momentos puntuales. Es otro de los dramas de la falta de infraestructura cultural de la ciudad considerada la capital vasca.

Fotos: © Domi Alonso
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