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Dudamel Palau2 Bofill

Juventud divino tesoro

Barcelona. 13/03/17. Palau de la Música Catalana. Temporada Palau 100. Ludwig van Beethoven: Sinfonía núm. 5, en Do menor, op. 67. Sinfonía núm. 6, en Fa mayor, op. 68, “Pastoral”. Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela. Dirección: Gustavo Dudamel.

Caldeado el ambiente en el Palau de la Música Catalana, vistas ya las primeras cuatro sinfonías, llegó el momento de la 5ª. Pasado el equinocio de la integral e interpretada ya la “Heroica” tercera, el turno de la sinfonía número cinco siempre trae consigo un expectación especial. Comenzó el celebérrimo Allegro con brio con la Simón Bolívar muy concentrada y de sonido compacto. La cuerdas demostraron su calidad recreando con pastosidad y homogeneidad tanto por las cuerdas (chelos, violas y violines) como por la sección de vientos (oboes y flautas) así como lo incisivo y brillante de trompetas y trompas. Dudamel, como todo el ciclo, sin partitura desde el podio, infundió los acordes con contundencia pero dejando respirar a los músicos. Supo controlar el efectivo, pues la energía de la orquesta puede tender a desbordarse por su famoso ímpetu interpretativo, pero el control de las dinámicas o el momento dulce de la entrada del oboe sonaron con medida serenidad. Fueron contundentes y fieros pero también flexibles y empáticos.

Con el inicio del Andante con moto la energía se transformó en expresión. Dudamel enfocó los acordes con majestuosidad, subrayando con los metales una grandiosidad casi barroca, conjugando el lirismo de la partitura con las famosas tensiones beethovenianas. La cuerdas desgranaron el sonido con transparencia y la sección de vientos ofrecía el contrapunto, iluminando con mimo y encontrando un bucólico equilibrio en contraposición a la grandiosidad del primer movimiento. La limpieza del fagot y su diálogo con el oboe y la flauta tuvieron su eco en unos violines que recordaron a Mahler, en un guiño beethoveniano que anticipa al Gustav más lírico, tal y como recuerda también en sus notas del programa el sabio Carlos Calderón. La Simón Bolívar demostró en este movimiento que no todo es extroversión y pasión, saben medirse y encontrar la parte íntima de la composición, mutando de la garra que los caracteriza a una plácida reflexión que los engrandece como intérpretes dado la media de su juventud.

El Allegro es un movimiento ideal para valorar las secciones de cuerda, sobretodo por como se desarrollan, con unas cuerdas graves bien equilibradas y plenas, las violas ensalzando con enérgica entrega el camino hacia unos violines siempre incisivos y vibrantes. Gustavo desde el podio los llevó casi en la medida de un vals, con el ritmo grácil y transparente de un demiurgo que los quiere abocar en el gran movimiento final, ese Allegro. Presto que se aventura explosivo y sin solución de continuidad. Puede ser que faltase algo de nitidez en los pizzicatti finales y que la entrada al último y demoledor movimiento final fuera algo atropellada. Con todo, el último movimiento se inició con fulgor y con un efectivo y desbordante in crescendo, donde los violines de sonido cinematográfico anuncian la fantasía competitiva del futuro John Williams, tal es la sinestésica sensación que transmite el conjunto. Los metales, siempre medidos y contundentes, también sonaron como un anticipo wagneriano, con esa llamada de las valquírias que aquí parece tener su eco beethoveniano mayestático. Pero sobretodo Dudamel y su Bolívares supieron transmitir la felicidad intrínseca de una composición a la que consiguen sacar un sonrisa franca y transparente como intérpretes. Desde una lectura fresca y desbordante, con acordes certeros y nítidos, en un finale medido y feliz donde no hubo sorpresas pero si un éxito del público que se volcó en la previsible ovación final laudatoria.

En contraste a la inapelable quinta sinfonía, Beethoven y su espíritu siempre convulso y reflexivo, la Sexta sinfonía se presentó como ese bálsamo compositivo lleno de paz y naturaleza. Comenzó la lectura la Simón Bolívar con la elegancia de un lirismo basado en el diálogo de las cuerdas y los vientos; los famosos primeros acordes de los violines y su tema sereno y juguetón, se ofrecieron casi con timidez y buscando un sonido camerístico. Así los cantos de los pájaros afloraron en medio de la frondosidad rebosante de las cuerdas. Dudamel mostró siempre la fluidez del diálogo con luz y pocas sombras, con un control del tempo medido y sin forzar nunca. Una lectura que fusionó esa serenata omnipresente desde los vientos con el resto del efectivo orquestal en una comunión de relajada madurez. El sello de la orquesta, su construcción sonora, tiende más a un lirismo marcado que no a la recreación arcádica de un universo natural resplandeciente. Se notó la gracilidad de la lectura desde la batuta y su consecuente respuesta desde los atriles con mozartiana efectividad.

Si en este primer movimiento Dudamel ya marcó una hoja de ruta reflexiva sin renunciar a la fuerza vital de la composición, fue con un segundo movimiento mágico donde se vivió seguramente el mejor momento de esta Pastoral juvenil y generosa. Los fagotes y clarinetes afloraron entre la melodía contemplativa de las cuerdas, conducida la lectura desde el podio con un tempo sosegado, pausado, como el de un verdadero paseo en Andante molto en medio de un cuadro, un locus amoenus que quedó suspendido en el aire, para gozo de una audiencia absorta. La suavidad del dialogo entre los violines, el narcótico efecto de un ambiente casi nocturno, se remató con el canto final del cucú y la ensoñación de un momento, casi doce minutos de movimiento, que pareció eterno. Con la aparición del cuarto movimiento, el Allegro, fue notoria la pausa entre este y el movimiento anterior, tal fue el efecto causado, la danza campesina explotó como un vibrante eco de contagioso ritmo, entroncado con el origen bohemio folklórico de la misma. Las fanfarrias del metal, cual llamada operística weberiana, las dinámicas teatrales de las cuerdas, que dieron paso al estruendo de la tormenta, estallaron con la fuerza anunciatoria de la Alpensifonie de Strauss. ¿No es esta sinfonía la primera Alpensinfonie germana?

De nuevo Dudamel incidió en los contrastes, si bien la tormenta pasó como un ciclón, enseguida la paz temática de los violines y vientos se volvieron nobles y reveladores. La teatralidad de la orquesta incidió en un in crescendo más ampuloso que sobrio, la riqueza del sonido, una lectura más dinámica y apasionada, que los situó en un ambiente más cinematográfico que estrictamente escénico. Puede que los trazos musicales sean a veces demasiado homogéneos y falten aristas, detalles, colores y recovecos en medio de una lectura conjunta impecable y brillante, así como el acorde final sonó poco conclusivo, puede, pero la visión de la música de Dudamel y sus Bolívares siempre consigue iluminar el rostro de la audiencia. Ellos son los primeros que tocan e interpretan con luz en sus rostros, su principal arma es una empatía en la ejecución contagiosa, una energía que fluye y se ofrece natural y sincera como una exhalación. Así obtuvieron de nuevo el premio de un público entregado y feliz, con más de diez minutos de aplausos. La famosa frescura de la juventud, ¡divino tesoro!.

 

 

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