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Destartalado

Barcelona, 27/03/2017. Palau de la Música. Cecilia Bartoli. Antoni Parera Fons, piano. Obras de Caccini, Scarlatti, Caldara, Haendel, Puccini, Rossini, Tosti, De Curtis, Donaudy.

Si algo ha caracteritzado la estratosférica carrera de Cecilia Bartoli, más allá de su inmenso talento para el fraseo y una capacidad técnica apabullante, ha sido un control absoluto de su trayectoria artística así como un cuidado extremo por los programas que proponía en sus diferentes proyectos - a menudo apasionantes - que han permitido descubrir auténticos tesoros, especialmente del barroco.

Ahora se ha lanzado a un gira, acompañada sólo por un piano, en la que pretende repasar 400 años de canciones italianas, des del barroco hasta la balada italiana de Domenico Modugno. Un proyecto ambicioso, difícil de plasmar musicalmente, que requería de un programa muy bien construido y de una empatía total con un pianista que debe ser capaz de moverse con la misma soltura en la obra de Caccini, Bellini, Tosti o Modugno.

Este último factor se vino abajo con la substitución, por enfermedad, del pianista Sergio Ciomei, por Antoni Parera Fons, lo cual comportó cambios sustanciales en el programa (a peor) que obstaculizaron el buen desarrollo y la fluidez del recital. Tampoco la prestación del pianista fue precisamente descollante, tratando de pasar con más discreción que otra cosa y sin ni tan siquiera abrir la tapa del piano, con lo que la expresividad quedó para otras ocasiones. La poca proyección de la voz de Bartoli no justifica en absoluto un piano cerrado. Fueron tales los problemas de coordinación con Parera, que la soprano, que trató de cantar La danza de Rossini acompañándose de una pandereta, acabó dejándolo correr debido a los lamentables resultados. 

La muestra más palmaria de que el recital no fluía como era previsto fue la decepcionante versión del Lascia la spina, de Händel, con la que la cantante romana, otrora, silenciaba los auditorios más dispersos. Esta vez, el silencio se vio sustituido por toses y ruidos muy sintomáticos.Todo esto, unido a la cantidad de piezas cortas que componían un programa que se veía interrumpido constantemente por aplausos de un público con hambre de diva, provocó lo que creí que nunca sucedería: aburrimiento en un recital de Cecilia Bartoli. 

La segunda mitad empezó con un atril delante de la cantante - sorprendente, teniendo en cuenta que ha protagonizado programas complejos de obras mucho menos conocidas, siempre de memoria- y con unas canciones de Puccini que abrieron la puerta a un repertorio más popular, centrado en la obra de Tosti y la música napolitana. Evidentemente, una cantante de la categoría de Cecilia Bartoli, dejó auténticas perlas, aquí y ahí, al alcance de muy pocos - qué legato en Selve amiche, de Caldara, qué intensidad expresiva en O, del mío amato ben, de Donaudy! y que elegancia y personalidad en las canciones de Tosti, algo raro de escuchar!-, así como un enfoque muy personal y atractivo de algunas piezas tan conocidas como O sole mio! Pero al margen de los problemas de fluidez mencionados, la cantante, quizás precisamente para compensarlos, a menudo cayó en un canto más amanerado de lo habitual. 

Bartoli es una artista tan inteligente que ha hecho de la necesidad virtud. Como su voz tiene las dimensiones y la proyección que tiene, concentra su actividad en determinados teatros y auditorios  en los que su instrumento pueda desenvolverse en las mejores condiciones. Evidentemente, estas características vocales han desembocado en el preciosismo  de su canto, a veces deslumbrante. Pero en esta ocasión la voz ha dado muestras de haber perdido esmalte y, sobretodo, proyección en la zona aguda. Difícil decir si se trata de un síntoma pasajero o si el inevitable paso de los años y algunas aventuras inesperadas, como la Norma de Bellini, están cobrando facturas pertinentes.

Del mismo modo, la cantante elige su repertorio también en función de estas características vocales. Unas características,  unidas a su personalidad extrovertida, que se reflejan en un canto que cuando se muestra en plenitud es el de una intérprete histórica, trascendente, que ha marcado un antes y un después, pero cuando muestra su peor cara se vuelve artificioso, perdiendo así su vigor primigenio. 

Fue éste el caso del recital del Palau, sin duda el más discreto de todos los que Cecilia Bartoli ha ofrecido en la capital catalana. Cierto es que los anteriores fueron prácticamente todos memorables. Pero éste fue sorprendentemente irregular, accidentado e incluso un tanto destartalado. Esperamos volver a ver a la Bartoli deslumbrante de otras ocasiones. Sería una maravillosa noticia para todos aquellos que hemos admirado su enorme categoría artística.

 

 

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