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hope seasons 

Apoteosis Hope

Barcelona. 12/5/17. Auditori. Vivaldi: “El Verano” de “Las cuatro estaciones”. Shostakovich: Sinfonía de cámara, op. 110a. Richter: The Four Seasons Recomposed. Daniel Hope, violín. Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña. Dirección: Daniel Hope.

Apoteósica. Sólo así se puede calificar la visita de Daniel Hope al Auditori en la temporada de la OBC, con un programa que permitió poner de relieve las muchas virtudes interpretativas del violinista británico, bien acompañado por las cuerdas de la orquesta y por una recepción extraordinaria de la sala. Y eso fue así desde el inicio, abordando la tormenta que constituye El verano dentro de las estaciones vivaldianas. La interpretación de Hope es enérgica y exaltada, pero su tremenda solvencia técnica le permite no pagar el precio de la imprecisión. Una dirección ampulosa e irreverentemente fresca desde el violín, en la misma línea, que encontró complicidad en todas las secciones, un brillante concertino y un inspirado violonchelo solista, perfiló una versión personal y vehemente de la pieza, destacable por el rico color tímbrico y la elegancia en el primer movimiento. Una ornamentación algo excesiva, y algunas dificultades de Hope en los ascensos son máculas insignificantes ante una lectura tan consistente como estimulante, muy bien recibida por la sala.  

El célebre Cuarteto de cuerda núm. 8 de Shostakovich es un desesperado testamento, musicalmente firmado incluso (en el conocido motivo d-s-c-h) por el mismo compositor. Rudolf Barshái orquestó el Cuarteto en la versión para orquesta de cámara que alcanzó también gran popularidad. Un acierto técnico y estético el de Barshái, figura muy cercana al compositor ruso y por cuya obra luchó hasta el final. Con una lectura muy sosegada, procurando dar relieve a todos los matices, la orquesta logró dar con el carácter lúgubre y elegíaco que abre y cierra la partitura, así como reproducir fielmente el tono primero agresivo –Hope aquí ofreció de nuevo un despliegue de ímpetu que arrastró al conjunto– y después profundamente grotesco y macabro que adopta la escritura del compositor en el segundo y tercer movimientos.  

En la segunda parte, sin embargo, estaba el núcleo y polo de atracción del programa con ese sorprende encuentro entre Antonio Vivaldi y Max Richter que ya se pudo escuchar en Barcelona hace cuatro años; concretamente en el cierre del Festival Sónar con el conjunto bcn216 y la visita del propio Richter. El recurrente gusto del alemán por la imbricación de la cuerda y la textura de la electrónica de nuevo se pone aquí al servicio de la comunicación entre universos dispares, desde un barroco diluido hasta un minimalismo que encuentra gran complicidad en Vivaldi, pasando por un rock pretendidamente intelectual capaz de digerir todo. La estética musical de Richter, tanto en este Recomposed Vivaldi que en 2012 irrumpió con fuerza desde la Deutsche Grammophon, como en sus propuestas siguientes para el mismo sello Sleep (2015) o Music from Woolf Works (2017), se convierte en una capa de crema analgésica contra los golpes de las vanguardias occidentales en la última centuria. Una reescritura que no deja indiferente y que nace de un impulso nada excepcional y muy extendido en nuestra época, ya que Richter lo decidió hacer, según sus palabras, porque “odiaba” la omnipresencia banal de Las cuatro estaciones. Una actitud celebrada por algunos como “música sin complejos”. Que al crítico de turno –me toca en este caso– le parezca un ejercicio tan fútil y pobre en ideas como estéticamente fallido es absolutamente irrelevante frente a tal demostración de entusiasmo aparentemente unánime. Al fin y al cabo, y aunque en la música exista un desarrollo con rasgos propios, la crítica de arte tiene su prehistoria en los salones del siglo XVIII, cuando las primeras valoraciones e informaciones se convirtieron en un acicate del comentario y el intercambio de opiniones y el género contribuyó a la divulgación y la creación de un público incipiente. Algo que según una corriente generalizada, pertenece a una modernidad muy superada. Por lo tanto, frente a las demostraciones de admiración de éste –no recuerdo en el Auditori una ovación como la que dedicó el público en pie al final de la obra– uno debe confesar que hay algo o mucho que se le escapa de esta obra. Y nada más.  

Aquí el despliegue de Hope fue fundamental para alcanzar un resultado preciso y teatral, de proyección plástica sobre una base electrónica que actúa a modo de paisaje sonoro; la tormenta vivaldiana que habíamos oído en la primera parte, en este caso dio lugar a una tormenta de rock que convirtió a Hope en una especie de Steve Vai con violín en las manos. No es casual que para el bis el violinista decidiera volver sobre esos derroteros, antes de cerrar su show personal mandándonos a dormir con una espléndida versión de la famosa Wiegenlied brahmsiana, que no dejó de tocar mientras abandonaba el escenario frente a un Auditori absolutamente entregado.  

 

 

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