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Donna lago Bartoli Salzburgo

 

Rossini y las estrellas dispares

Salzburgo. 04/06/2017. Festspielhaus. Rossini: La donna del lago. Versión de concierto. Cecilia Bartoli (Elena), Edgardo Rocha (Giacomo V/Uberto), Norman Reinhardt (Rodrigo di Dhu), Vivica Genaux (Malcolm), Laura Verena Incko (Albina), Reinaldo Macias (Serano), Nathan Berg (Dougals d’Angus). Les Musiciens du Prince. Salzburger Bachchor. Dir. musical: Gianluca Capuano.

A vueltas con los paisajes escoceses, la bandeja estaba también prácticamente servida con el título rossiniano que nos ocupa, una Donna del Lago compuesta por Rossini en un periodo en que las “Escocia manía”, como señala la propia Cecilia Bartoli en el texto introductorio del Festival, llegaría a Italia para impregnar su esencia en más de 25 títulos. 

La inspiración le llegó a Rossini precisamente en uno de sus periodos más creativos del genio de Pesaro (1816-1820) y pese al éxito que cosechó en su momento –exceptuando eso sí la fría premier, como a veces solía acontecer– su vida decimonónica tuvo un corto recorrido, no siendo hasta el Opera Festival de Pesaro de 1981, con una edición filológica meritoria de Harry Colin Slim, cuando asistamos al renacer del título.

Cecilia Bartoli –quien precisamente rebasaba el medio siglo este mismo día nos puso en evidencia sus virtudes camaleónicas, mutando todo aquello necesario para pasar del convicente Ariodante handeliano a la decimonónica Elena, cuya estrella resulto también cautivadora. Dos roles antagónicos en carácter y varias décadas de evolución operística por delante –vocal y dramatúrgica–, no fueron impedimento para que la mezzosoprano romana volviera a deleitarnos con una interpretación magistral, de matices dinámicos infinitos y expresividad canora sin rival.

Vivica Genaux (Malcolm) no es la Daniela Barcellona que casi todos podemos tener en mente gracias a la grabación del MET (Erato, 2014), tampoco haría falta, pues hay sin duda artistas con yagas en este repertorio que habría acometido la parte ya no con mayor éxito –pues aplausos los recogió–, sino con el estilo y técnica que requiere. Si hay algo que al menos que evidencia la participación de Genaux en este título son las dificultades que entraña el repertorio. Otras razones de su presencia se me escapan por completo, a mí y a cualquier rossiniano que se precie. 

Por excelsa y reconocida cantante que se sea, o por bien que logre enfrentarse a otros monstruos en escena, como los que proponen los autores barrocos –y que Genaux en ocasiones bordaba–, eso no garantiza que se sea capaz de lidiar con el compositor italiano. Rossini es un autor único, temido por los artistas cabales, que precisa una técnica bien precisa e incluso diría ad hoc para acometerlo, del que sobre todo hay que saber apartarse, por muy apetitoso que pueda aparecer el plato en el menú. 

Genaux cantó Rossini como hubiese acometido Handel o Porpora en su momento (la voz luce como hace escasamente un lustro), su coloratura tenía los mismos visos, su fraseo rezumaba concomitancias, no se atisbaba el desarrollo psicológico del personaje –quizás por su ausencia en la época precedente–, e incluso su manera de afrontar el recitativo nos recordaba a no pocos títulos del setecientos en los que la mezzo, ahí sí, blandía su estrella. Es cierto que Rossini era devoto del arte de los castrati, de la exaltación de la voz que sus papeles encerraban, pero de ahí a acometerlo como si de Senesino se tratase hay una notable distancia. 

El breve papel del padre de Elena, conducido por Nathan Berg (Dougals d’Angus) –presente también en el Ariodante– compartió en parte fortuna con Malcolm, aunque el diferente trato de Rossini para con este registro hizo que no quedase tanto en evidencia como su compañera de reparto.

La señalada capacidad de adaptación de Bartoli está en manos de bien pocos, e incluso diría que, si cabe, se acostumbra a dar con algo más de asiduidad en los roles masculinos que en los femeninos. De hecho, la intervención del Norman Reinhardt (Rodrigo di Dhu),  Lurcanio en el Ariodante, no embriagó pero sí que subo sostenerse en la cuerda floja rossiniana sin tambalearse. También salió tan victorioso del paso, quizás algunos peldaños por encima, su compañero de reparto, Edgardo Rocha (Giacomo V/Uberto), más habituado a estos derroteros (su Conde de Almaviva cosecha no pocos éxitos) y con un conocimiento del concreto personaje que quedó demostrado al ser el único que usó el atril simplemente para descansar sus manos. Esto permitió a su vez al tenor uruguayo dar mayor expresividad al encubierto soberano, propiciando, pese a la ausencia de escena, momentos de mayor carga dramática. También fue meritoria la breve intervención de la joven soprano muniqués Laura Verena Incko (Albina), en buena parte fruto del Mozartrum de Salzburg, de voz brillante y consistente, con suficiente capacidad como para disfrutar de la coloratura rossiniana y de trabajar matices en diferentes dinámicas sin perder la compostura.

Es por último también de loar el rápido y efectivo cambio de registro al que se sometieron Les musicias du Prince, de nuevo de la mano de Gianluca Capuano, una adaptación exitosa fruto quizás de la buscada polivalencia tanto de la formación como de su director, acompañado de nuevo en esta ocasión por el templado y preciso Salzburger Bachchor.

 

 

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