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Carmen Paris 2017

Jamón, jamón

París. 19/06/2017. Ópera de la Bastilla. G. Bizet: Carmen. Anita Rachvelishvilli (Carmen), Bryan Hymel (Don José), Marina Costa-Jackson (Micaela), Ildar Abdrazakov (Escamillo). Orquesta Ópera Nacional de París. Dirección musical: Mark Elder. Dirección de escena: Calixto Bieito.

Parece difícil que Carmen, la obra maestra de George Bizet, se libre del toque folclórico o cañí en sus escenificaciones. Y es que el argumento, tan conocido, cae en bastantes tópicos sobre lo español y el camino más fácil es seguir con el ya trillado, trazado por tantas representaciones desde su estreno en el París de la Belle Époque, concretamente en 1875. La ya muy rodada producción del burgalés Calixto Bieito sigue ese mismo camino aunque, eso sí, trayendo la acción a esa España de los años setenta u ochenta, la de ruta del bacalao, los cassettes de El Fary y Camela y los quinquis contrabandistas en mercedes de segunda mano. Un mundo reflejado con acierto por el cineasta Bigas Luna en películas como Jamón, Jamón o Huevos de oro y del que es deudor Bieito tanto en estética (el icono del toro de Osborne) como en lo gestual (como el abrumador toque de genitales de los soldados acosando a las cigarreras o el maltrato hacia la mujer como algo normal y propio de nuestra cultura). Bieito apuesta por un elaborado trabajo actoral, presentando pequeños atisbos de provocación que se quedan en anecdóticos y una dirección con bastantes aciertos y algún desatino. Con una escenografía muy básica, centrada en el mundo militar de un cuartel (cerca de la fábrica de tabacos que no aparece) en primer acto, un descampado para la taberna de Lillas Pastia, una carretera perdida con el toro de Osborne presidiendo la escena del contrabando y un simple círculo (quizá lo más acertado de toda la representación) para marcar la plaza y la acción del acto final, Bieto mantiene la tensión de la obra haciendo creíble su relato. Un detalle que provocó cierta hilaridad en el público fue la aparición al principio del tercer acto de un maletilla que se desnuda para dar unos pases toreros a la luz de la luna. El hecho parece gratuito pero no lo es ya que, por el ejemplo, Juan Belmonte (lo cuenta Chaves Nogales en su excelente biografía sobre el torero) en sus comienzos acudía sin permiso en las noches de luna llena a las dehesas para tentar toros, y se desnudaba para que en su ropa no quedara rastro del contacto con el toro por si lo pillaban. Junto a este detalle de altura aparecen otros que rozan lo grotesco como el baile de los sevillanos antes de entrar a la plaza en el último acto, donde desaparece cualquier recuerdo del ambiente festivo previo a una corrida, sustituido por una especie de baile de San Vito. Aún así, esta puesta sigue teniendo tirón y recorrido internacional y se volverá a ver el año próximo en el Teatro Real.

Anita Rachvelishvili es una de las Carmen de referencia en la actualidad. Ha paseado a la cigarrera sevillana por los mejores teatros del mundo y oyéndola el pasado lunes se comprende el porqué. La extensión de su voz cubre perfectamente toda la tesitura del papel y si el agudo resulta brillante la zona grave es carnosa, plena, apabullante. El timbre es bellísimo y la elegancia de su canto contrasta con el gesto grosero que impone la dirección escénica y la tradición. Difícil señalar un momento más destacado que otro es una actuación de muchísimo nivel, pero en la famosa habanera y en el último acto estuvo especialmente arrebatadora. Como actriz se adaptó perfectamente a las exigencias de la dirección, que en algunos momentos, como en la ruptura de los amantes del tercer acto, se aleja de lo común presentando una Carmen menos chulesca y más dolorida (contrastando en ese mismo acto con una Micaela con muchos más arrestos y carácter que en otras producciones). Decepcionante el Don José de Bryan Hymel. Esperaba mucho más de un tenor al que precede una fama de calidad que en esta ocasión no demostró. Aunque hay que reconocer que el cuarto acto su canto estuvo más a la altura de lo exigido, a lo largo de la representación se mostró destemplado, con voz demasiado trémula, desajustada, con mala colocación y una técnica que no le ayudó. Sí que sonó contundente y con buena proyección pero su timbre no acaba de convencer en este papel que se merece un lirismo que sólo se atisbó en el mencionado último acto.

Excelente la Micaela de Marina Costa-Jackson, una voz de muchos quilates que encandiló al público con su perfecto trabajo. De un centro ancho y bien timbrado, sus subidas al agudo fueron limpias y pulidas. Especialmente acertada estuvo en Je dis que rien ne m`épouvante, con un canto envolvente y unas modulaciones perfectas. Heroico y competente el Escamillo de Ildar Abdrazakov y bien todos los comprimarios destacando el Moralès de Jean-Luc Ballestra. Muy bien el coro de la Ópera de París es sus diversas intervenciones (más destacable la parte masculina que la femenina) aunque en puntuales momentos el volumen del conjunto resultó excesivo. Sir Mark Elder se conoce al dedillo esta partitura y ya desde el preludio presentó sus credenciales: una lectura limpia, animada, bien estructurada y evitando (dentro de lo posible) el estruendo orquestal. Muy lírico en las partes que lo exigían, volvió a destacar en el bello preludio del tercer acto. Un lujo de orquesta la de la Ópera de París que volvió a demostrar su competencia en una obra que es marca de la casa.

 

 

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