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Bella Helena Merida 

Waiting for Offenbach o el teatro del absurdo

Mérida. 06/08/2017. Teatro Romano de Mérida. Jacques Offenbach: La bella Helena. 

En mi adolescencia descubrí con la serie televisiva Yo, Claudio el fascinante mundo de la Historia de Roma y comencé a soñar con que quizás, en un futuro, podría encauzar mi vida profesional alrededor de algo tan fascinante como era para mí la Historia. Poder leerla, poder vivirla, poder explicarla, poder compartirla. Hoy eso es una realidad.

En mis clases de Historia del Arte he tratado muchas veces de contagiar a mis alumnos mi pasión por el colosal arte romano, perfecto reflejo del asimismo colosal Imperio del Mediterráneo y como es fácil de entender, el nombre de Mérida ha sido una y otra vez traído a colación por un servidor por las esplendorosas muestras del mismo que poseen en la ciudad, tanto por la existencia del famoso teatro como de los no menos imponentes anfiteatro y circo.

Planificadas las vacaciones veraniegas en torno a la ciudad de Mérida era obligada la visita a estos lugares; además, conocedor de la importancia del Festival Internacional de Teatro Clásico la posibilidad de compaginar la pasión por la Historia y la devoción por la música podía concretarse, como así fue: La bella Helena, de Jacques Offenbach se encontraba entre las obras programadas. ¿Cabe mayor ilusión? Era la oportunidad de escuchar una de las referencias de la opereta francesa en un marco de esos que se denominan con cierta facilidad –y este no es el caso- inmejorable.

La acreditación ante el Festival se hizo con absoluta consciencia: un teatro al aire libre, fechas estivales, un horario intempestivo, unas temperaturas extremas,… todo apuntaba a una necesaria precaución antes de ser demasiado exigente con la función. No negaré que también existieron ciertos prejuicios visto el reparto de artistas pero, a fin de cuentas, estamos en 2017 y a buen seguro las cosas se cuidarán un mínimo pensé, incauto de mí.

Cuando alrededor de la 01:30 de la mañana finalizaba la función, mi estado de ánimo era de absoluto abatimiento. No recordaba, y no lo hago ahora tras dos días de profunda reflexión, una función musical tan paupérrima en el ámbito artístico y tan rechazable en el ámbito estético y/o ético. Trataré de explicar esta última aseveración.

Hay tres cuestiones principales que no comparto con el espectáculo y que me parecen, en mi modesta opinión, descalifican por completo la función, a saber, la hipersexualización de la mujer, la burla hiriente de lo homosexual y el trazo demasiado grueso de un humor chabacano en exceso. Hay otras cuestiones menores pero me centraré en estos tres puntos.

La mujer es presentada como mero objeto sexual, con la ropa más diminuta posible y con unos anhelos que se limitan a la búsqueda del hombre guapo. La mujer lo es en la medida en que es bella y sus sueños apenas se proyectan más allá de los genitales del contrario. Como frase que resuma esta crítica, eso de que este culito no pase hambre mientras él persigue a ella.

Lo homosexual se dibuja de forma estereotipada al máximo, siendo los mismos unas locas gritonas con pluma cuyo sueño se limita a querer cantar Village People; es tan hiriente todo que los Esteso, Pajares y Arévalo se hubieran visto justamente homenajeados. Valga como frase de este momento lo de mariquita el último mientras los protagonistas huyen de un problema.

Y para terminar, unos chistes donde las rimas son de una elementalidad que abruma y donde reina el mundo del caca-culo-pedo-pis. Arriba decíamos que estamos en el 2017, en pleno siglo XXI pero si los comentarios chabacanos, sexistas, homófobos y cutres son más propios del final del franquismo todo el espectáculo queda hipotecado por lastre de tal magnitud. Dentro de esta chabacanería los intentos de crítica política se quedan en la simple enumeración de algunas de las frases célebres de Mariano Rajoy (lo de que el pueblo elige al alcalde y etcétera) o de sus acólitos (el famosos finiquito) resumiendo esta consideración esa frase –que fue fuertemente aplaudida- de que no hay político inteligente… para pedir media hora después que son los políticos nos tienen que resolver los problemas. Solo la crítica al hoy rey emérito puede entenderse como ejercicio ligeramente audaz. ¡En fin!

¿Y la parte artística? Pues la resumiría en una frase muy simple: Offenbach ni se le esperó ni estuvo. La música está pregrabada pero el color orquestal que emana de la partitura de Offenbach es inexistente. Hay una alteración máxima del cuerpo orquestal y la magia del compositor desaparece. Pareciera que Offenbach era un simple invitado a la noche, menoscabando la importancia tanto como compositor de operetas –el gran símbolo de la francesa- como de hacedor de música en general.

Las voces, por supuesto, están amplificadas y cualquier intento de valoración de las mismas es un ejercicio de voluntad e intuición lo que no obsta para que pueda afirmar que, por ejemplo, la melodía más conocida de la opereta fuera literalmente masacrada por un simulacro de cantante al que apenas se le entendió nada y que era incapaz de mantener el canto sobre el fiato más allá de unos pocos segundos. Un horror auténtico. En otro orden de cosas el único “agudo” que hubo, lanzado por la protagonista fue un largo sonido entubado que rozó la desafinación y que fue braveado como si la misma Birgit Nilsson se hubiera aparecido reencarnada entre las ruinas del teatro romano. 

La puesta en escena está lógicamente hipotecada por un escenario abierto y todos los cambios escénicos fueron bien resueltos por el adecuado juego de iluminación. La coreografía, indigna de un acto de primer curso de secundaria: pasito a la derecha, pasito a la izquierda, pasito adelante, pasito atrás y vuelta completa. Un dislate. 

En resumen, un fiasco absoluto de función con mensaje rancio y avejentado, paupérrimamente cantado y, eso sí, con un escenario hermoso hasta abrumar. Con esto me quedo; bueno, con esto y con una promesa que he hecho a Offenbach: la de rastrear por las programaciones de los teatros más o menos cercanos y apuntarme en la agenda alguna función de La belle Helene y así poder formalizar el necesario acto de reparación.

 

 

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