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Trabajando en equipo

Barcelona (20/01/2021). Gran Teatre del Liceu. Offenbach: Les contes d’Hoffmann. John Osborn (Hoffmann), Alexander Vinogradov (Lindorf y otros roles), Marina Viotti (La musa/Nicklause), Ermonela Jaho (Antonia), Olga Pudova (Olympia), Nino Surguladze (Giulietta). Orquesta y Coro del Gran Teatre del Liceu. Dirección de Escena: Laurent Pelly. Dirección musical: Riccardo Frizza.

Al acabar el prólogo y el primer acto de las representaciones de Les contes d’Hoffmann que están teniendo lugar en el Gran Teatre del Liceu, en un primer momento baja el telón pero, cuando se da paso al intermedio, el telón vuelve a subir y podemos ver cómo los operarios del teatro preparan los decorados para el acto siguiente, el de Antonia. Lo mismo pasa en el otro entreacto. El trabajo se realiza coordinadamente, con tranquilidad y en silencio, como exigen estos tiempos de pandemia. El espíritu del backstage es el que impera en todo el Liceu, tanto en las medidas a la entrada  (bien organizadas, como lo está la sala, con las distancias obligatorias) como con un personal siempre atento al espectador. Ese “alma” (como la de los violines del segundo acto de la ópera) corporativa es lo que define también esta función a nivel musical. La flexibilidad de los cantantes y músicos (no hay más que ver la lista de cambios que señala el Liceu en su web) y la habilidad de los gestores, ha permitido que, en estos tiempos tan negativos, se puedan poner en pie unos Contes de tanta calidad. No soy yo quien, ni tengo conocimientos, para saber si es mejor o peor confinar total, parcialmente o por barrios, pero sí tengo claro que el estar en un teatro de ópera o en una sala de conciertos, con las medidas necesarias, no es más peligroso que comprar en unos grandes almacenes o comer en un restaurante (siempre que también tomen las medidas exigidas). Somos dados a ser muy críticos con nuestro país (aunque luego nos lo perdonemos casi todo a nosotros mismos), pero creo que en unos cuantos lugares de España están dando un ejemplo de intentar salvar los vapuleados trastos de la cultura. 

El trabajo en equipo musicalmente lo ha liderado la batuta del maestro Riccardo Frizza. El director italiano, afortunadamente habitual en nuestros teatros, ya ha demostrado sus cualidades en ese repertorio tan suyo como es el de la ópera italiana del siglo XIX. Pero, personalmente, tenía muchas ganas de ver sus virtudes en otros repertorios porque intuía que quien dirige con maestría un Bellini o un Verdi (por no decir Donizetti, en el que es una referencia) se defenderá dignamente en otras lides, y más si son decimonónicas. Y no sólo se defiende, sino que brilla. Su dirección de Les contes es clara, siempre controlada y con un nervio que recorre toda la representación sin permitir que en ningún momento decaiga el ritmo, pero sin estridencias ni banalidades, consiguiendo mezclar ese aire parisino y burlesco con el fondo trágico que impregna la historia. La Orquesta Titular del Gran Teatre del Liceu destaca bajo su guía en todas sus secciones, aunque a mí hoy me ha gustado mucho el viento, una sección que va mejorando día a día. Ha sido una dirección excelente pero querría destacar la auténtica maestría que ha mostrado Frizza en los momentos más líricos, como las intervenciones solistas de La musa y Nicklausse y también en la archiconocida “barcarola” que abre el tercer acto. Un conjunto que también brilló especialmente en esta función fue el Coro del Liceu, que dirige con gran acierto Conxita García. En la obra de Offenbach los coros son un componente fundamental, son como el contraste, el espejo, donde se ve reflejada la individualidad y también la soledad de Hoffmann. Sus intervenciones fueron siempre impecables pero hay que felicitar especialmente a la sección masculina, que bordó su trabajo en el prólogo. Además de todo,  los cantantes se convierten en convincentes actores cómicos cuando el director de escena (en esa mezcla de película de terror y sarcástica comicidad que imprime en su producción y que luego comentaré) les mete en ello. Excelentes.

Dos grandes cantantes lideran, en el papel principal de Hoffmann, los repartos de estas funciones: John Osborn y Arturo Chacón-Cruz. El miércoles día 20 era el turno del nortamericano. Osborn tiene la tesitura para este rol, y aunque en la parte alta hubo más irregularidades (pese a que no se amedrentó en los agudos más arriesgados) el centro deslumbró, redondo y convincente, en sus numerosas intervenciones, como la famosa Il était une fois à la cour d'Eisenach y la bellísima O Dieu de quelle ivresse. En la faceta actoral dibujó un Hoffmann convincente, siempre con un toque de locura e inconsciencia que le va perfectamente al personaje. El gran triunfador masculino de la noche fue sin duda el bajo Alexander Vinogradov que estuvo espectacular como cantante y creó, como actor, una imagen fría, despreciable e hierática de los diversos personajes diabólicos que encarna en los distintos actos de la ópera. Vinogradov es de los bajos con más proyección en la actualidad y no es difícil deducir el porqué: su voz tiene un tinte oscuro pero sin ser cavernoso, la proyección y el volumen son apabullantes sin tener que acudir extremos y se mueve por toda la tesitura con seguridad y facilidad. Ya desde su primera aria Ha, ha, ha! Oh! les femmes! puso las bases de una intervención de extraordinaria calidad que arrancó grandes aplausos al final de la representación. Excelentes todos los comprimarios, pero destacaría el Crespel de Aleksey Bogdanov y dos habituales del Liceu, los siempres seguros y excelentes cantantes que son Francisco Vas como Spalanzani y Carlos Daza en diversos roles.

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Les contes es una ópera donde las voces femeninas tienen un papel vertebrador. Por eso buscar cantantes que cumplan todos los requisitos de la exigente partitura no es nada fácil. La noche que comentamos hubo dos grandes triunfadoras: Marina Viotti como La musa/Niklausse y Ermonela Jaho como Antonia. El personaje de Nicklausse es uno de los sostenes fundamentales de toda la obra ya que interviene en todos los actos y Viotti supo aprovechar la ocasión para lucir una voz colocada con precisión, de un timbre oscuro y bello y que lució especialmente en las dos intervenciones de La musa, sobre todo  en La vérité, dit-on, sortait d'un puits, donde la conjunción con orquesta y director fueron perfectas. A estas alturas poco hay que decir de las cualidades que luce Ermonela Jaho. Es de esas cantantes con un imán especial, que siempre transmiten una emoción y una entrega absolutas que en este caso se acrecientan pues asume el papel de Antonia en todas las representaciones. Es ese segundo acto, el de carga más dramática de toda la obra y concretamente en ese pasaje magistral que es el trío Chere enfant que j'apelle donde pudo Jaho mostrar ese poderío vocal, ese agudo que encandila y esa presencia escénica que arrebata. Para ella fueron los mayores aplausos de la noche. Muy destacada también la Olympia de Olga Pudova que se ganó al público en esa página tan difícil pero de tanto lucimiento que es Les oiseaux dans la chamille. Nino Surguladze es una cantante que siempre garantiza calidad, aunque esta vez, como Giulietta, estuviera un punto por debajo de lo que se pudiera esperar. Correctas Adriana González y Laura Vila como Stella y la madre de Antonia, respectivamente.

Jacques Offenbach, el rey de la opereta francesa del siglo XIX, al final de su carrera creó una de las mejores óperas francesas. Basada en una obra teatral de Jules Barbier, también libretista de la ópera, reúne varios cuentos de uno de los escritores más influyentes del romanticismo: E.T.A. Hoffmann. La figura de Hoffmann, admirador de Goethe y Beethoven, es tratada aquí como el protagonista de las peripecias de los protagonistas de sus relatos. Offenbach y Barbier dibujan un antihéroe, arquetípicamente romántico y le dan un tinte dramático pero con fuertes dosis de sarcasmo. Sobre esas premisas el director escénico Laurent Pelly  levanta en esta producción (repuesta ahora bajo la supervisión de Christian Räth) un andamiaje que remarca ese drama burlesco que en el fondo es la ópera. Acude a claras referencias a la cinematografía expresionista alemana de principios del XX (Nosferatu, El gabinete del doctor Caligari) para crear un ambiente minimalista, esquematizado, siempre oscuro y rozando el terror que gracias a un excelente trabajo escenográfico de Chantal Thomas empatiza sin problemas con la historia hasta que todo se relaja un poco en un demasiado convencional tercer acto. Aún así es una propuesta atractiva y dónde está perfectamente medido todo el movimiento de actores y donde nada está fuera de lugar (si exceptuamos ese sofá-góndola donde pasean a Giulietta en la barcarola). Un admirable trabajo.

 

 

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