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Octavia InnsbruckcRupert Larl 

Una celestial Octavia

Innsbruck. 25/8/2017. Patio de la Facultad de Teología. Keiser: Die römische Unruhe, oder Die edelmütige Octavia. Morgan Pearse (Nerón), Suzanne Jerosme (Octavia), Eric Jurenas (Tiridates), Federica di Trapani (Ormoena), Yuval Oren (Livia), Camilo Delgado Diaz (Piso), Robyn Allegra Parton (Clelia), Akinobu Ono (Fabius), Paolo Marchini (Seneca), Jung Kwon Jang (Lepidus), Roberto Jachini (Davus). Dir. Escena: François De Carpentries. Barockensemble: Jung. Dir. Musical: Jörg Halubeck. 

Bernhard Keiser fue un visionario, un faro para muchos desde el Theater am Gänsemarkt de Hamburgo, y un compositor absolutamente dotado para el género dramático –el más grande, sostenía sin dudarlo Johann Mattheson a mediados del XVIII–. Esta Octavia (1705) es un maravilloso fruto del compositor alemán, y sorprende en primer lugar por el color en el tratamiento orquestal así como por la capacidad expresiva y retórica de su música, en íntima unidad con el texto y el sentido dramático. Y todo ello también integrado para llevar a cabo el ideal operístico de Keiser y del libretista Barthold Feind, como sucede en la minuciosa administración tímbrica de la orquesta en cada una de las arias, pero también en los recitativos. La escritura para los vientos es de asombrosa sofisticación. Dos trompas (corni da caccia) aparecen a dúo en la orquesta –por primera vez en la historia– ya en el inicio del primer acto, y hasta cinco fagotes tejen poco después un conmovedor diálogo con Octavia en el aria “Geloso sospetto”. La sublime belleza de muchas arias de esta ópera no pasó desapercibida para Händel cuya deuda es incalculable: sus óperas Silla, Amadigi di Gaula, Agrippina o su cantata italiana Arresta il passo (o Aminta e Fillide) son tan sólo algunos ejemplos que reutilizan arias de esta Octavia.

El grueso de las voces contaba con destacados participantes de anteriores ediciones del Cesti-Wettbewerb, el concurso de canto del Festival para jóvenes talentos instituido por su director artístico Alessandro de Marchi y que este año ha llegado a su octava edición. Ganador precisamente en 2016 fue Morgan Pearse, exultante y carismático en un rol de Nerón perfectamente dibujado, eclipsando siempre al resto y merecidamente el más aplaudido; el barítono australiano cuenta con un instrumento privilegiado al que siempre supo sacarle partido. El punto álgido de su gran noche tuvo lugar ya en el tercer acto, en un sobrecogedor recitativo secco que súbitamente se transforma en accompagnato en el que Nerón se pregunta Wer bin ich? (“¿Quién soy?”) antes de afrontar en la octava escena un diálogo en el que interviene el espíritu de Octavia (con la transformación en sentido inverso, de accompagnato a secco). La Octavia de Suzanne Jerosme fue psicológicamente elaborada, firme y frágil a la vez, capaz de trazar la evolución trágica del personaje sin necesidad de grandes alardes ni histrionismos, vertiendo gota a gota el desarrollo dramático. La nobleza de su desempeño escénico se correspondió perfectamente con la nobleza de su voz: con un registro homogéneo y generoso y gran facilidad en los agudos, la soprano francesa encarnó el descenso angustiante del personaje, presa del capricho arbitrario de Nerón que no obstante nunca pierde la entereza ni la dignidad de la que carece el emperador. La soprano Federica Di Trapani –cuya última visita destacada a España fue al Palau de Les Arts a finales de 2015 con un celebrado desempeño como Flavia en la händeliana Silla– como Ormoena destacó por sus dotes teatrales más que por una gran capacidad vocal, con un timbre agrio y excesivas limitaciones en los graves, si bien mejoró sensiblemente en el tercer acto. Mejor y más redonda fue la actuación del contratenor Eric Jurenas, una voz de gran caudal, técnicamente depurada y amoldada a un Tiridates muy bien trabajado escénicamente. Grata sorpresa también el bello timbre de Robyn Allegra Parton como Clelia, muy aplaudida en el aria “Stille Düfte, zarte Lüfte”, cristalina y con notable firmeza en la línea de canto. Camilo Delgado, si bien con alguna irregularidad en la dicción y el condicionante de un personaje al que le faltó cierta credibilidad escénica, fue de menos a más y regaló momentos de gran brillantez, particularmente en los momentos determinantes de Piso, como en el aria del segundo acto “ein Blick von deinem Angesicht...”. La soprano Yuval Oren, seductora y de emisión brillante fue una encantadora Livia, trazando con claridad su superioridad sobre Fabius, resuelto con suficiencia por un Akinubo Ono de emisión algo opaca, que tuvo sus mejores momentos en los dúos junto a Jurenas. Correcto aunque algo lángido en su prestación vocal Jun Kwon Jang como Lepidus, el adulador de Nerón. Por su parte Paolo Marchini fue un Séneca más que estoico glacial, gris e indiferente, de proyección vocal limitada, sin profundidad ni fraseo, y mejor por último, la agilidad y vis cómica de Roberto Jachini en un socarrón Davus –que puso aún más de relieve la rigidez de Séneca– sintonizando perfectamente con el público. 

En el apartado instrumental, la joven orquesta mostró gran prestancia. Y ello no obstante algunas limitaciones en los retos de afinación que presentaba la partitura, así como un sonido algo descuidado en violonchelos provocado por algunas dudas en el primer acto. En este sentido, si bien se abordó con elegancia estilística la obertura, se echó en falta mayor redondez en el sonido de violonchelos y violone. Dicho esto, la vigorosa dirección de Jörg Halubeck supo acabar imprimiendo personalidad, agilidad y empaste en las cuerdas, así como mantener un meritorio equilibrio entre ellas y los vientos –tan decisivos en el desarrollo dramático y donde merece mención la magnífica estabilidad de las trompas–, sin dejar de subrayar los numerosos detalles que no son nada anecdóticos en la inteligente escritura del compositor alemán. 

El incomparable marco que ofrecía el patio de la Facultad de Teología de Innsbruck y al que se adaptó con naturalidad la puesta en escena, por desgracia tuvo un precio: el ruido intermitente de pájaros y particularmente el estruendo de aviones que rompían la calma de la noche tirolesa sobre nuestras cabezas, y que en alguna ocasión sepultó una u otra aria de los esforzados cantantes. Salvando esto, la magnífica concepción escénica de De Carpentries, sin olvidar el trabajo de Karine Van Hercke en decorado y vestuario, fueron decisivos para alcanzar un resultado magistral. Una portentosa lección de austeridad y precisión dramatúrgica mediante una concentración de elementos, – aprovechando incluso las columnas del claustro de la Facultad de Teología– que hizo resplandecer toda la potencia genuina de este extraordinario singspiel de Keiser, con perspicacia y belleza plástica, en diálogo orgánico con la belleza celestial que ofrecía este Innenhof convertido durante unos días en teatro de ópera.

 

 

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