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orr sir john eliot gardiner photo courtesy of opus 3 artists

John Eliot Gardiner: sumo sacerdote mozartiano

Barcelona. 24/01/2016, 19:00 horas. L’Auditori, ciclo Música Antiga. Mozart: Sinfonía nº41 en Do mayor, KV 551 “Júpiter”. Misa en Do menor, KV 427 Amanda Forsythe (soprano I), Hannah Morrison (soprano II), Gareth Treseder (tenor), Alex Ashworth (barítono). The English Baroque Soloists, The Monteverdi Choir. Sir John Eliot Gardiner (director musical).

No hay que engañarse, a estas alturas una visita de Sir John Eliot Gardiner, The Monteverdi Choir y los English Baroque Soloists, es siempre un acontecimiento de expectación suma. Con la Misa en Do menor de Mozart, un programa complementado con su Sinfonía 40 en Sol menor, los amantes del Mozart maduro, ¿cúando no lo fue? se frotaban las manos, el ambiente era el de las grandes citas y el concierto no defraudó.

Se anunció por megafonía el cambio de la sinfonía prevista, la número 40, por la número 41, por petición directa del maestro Gardiner, justo antes de empezar el concierto. Ninguna decepción a pesar de algún silbido puntual, la sinfonía Júpiter siempre es un must mozartiano.

Gardiner se presentópausado y solemne, y comenzóla sinfonía con un gesto dulce y claro, obteniendo del conjunto instrumental ese sonido cálido y preciso tan marca de la casa. Las secciones se pliegan con elasticidad y transparencia, trompas y trompetas solemnes, incisión en los temas, un Molto allegro del primer movimiento lleno de frugalidad, para pasar a un segundo movimiento, el Andante, llevado con un control del sonido nítido, de riqueza apabullante, un susurro hecho música que encandilóy creóese ambiente único de música en el silencio.

Gardiner es un maestro del color, sabe dosificar los contrastes y el volumen con un gesto natural y a la vez elegante, pasando de unos violines y cuerdas dulcísimos desde el Andante al Menuetto -Allegretto- del tercer movimiento, donde el carácter danzable de la música se volvió colorista y solar. El desarrollo musical del discurso, siempre fluido, envolvente y contagioso se coronócon el Finale -Allegro assai- donde la planificación sonora de las diferentes secciones se construyócon una precisión mayestática, vientos juguetones, cuerdas frondosas, metales dando brillo y fulgor, un finale de arquitectura sonora deslumbrante con los timbales al más puro estilo operístico cerróuna interpretación deslumbrante.

La Gran Misa en Do menor, KV 427 esta considerada su obra religiosa más madura, junto al Requiem, donde el uso del coro, las voces solistas y la capacidad creativa mozartiana estalla con una libertad parangonable solo con sus mejores obras. El hecho que Mozart durante esos años, habría estudiado y tenido conocimiento de las obras de Bach y Handel, dando como resultado esta misa, como un producto de la asimilación de ambos compositores pero pasados por la creatividad y sello genuino del compositor salzburgués da como resultado una obra fresca, llena de vida, con una demostración de un sentimiento religioso más vivo y luminoso, lejos del tenebrismo que cubriría su Requiem posterior. Gardiner supo demostrar la cristalina orquestación desde el Kyrie inicial, con un Monteverdi Choir siempre exacto y translúcido en sus secciones, la pureza de las sopranos, la calidez de los tenores y el sonido viril de los bajos. Momento de grandiosidad sonora fue el solo de la soprano Amanda Forsythe, quien dosificósu hermoso timbre claro y nítido con un uso ejemplar de los reguladores y una frescura vocal envidiable, convirtiendo su intervención en uno de los puntos álgidos de la Misa. La batuta siempre analítica pero orgánica del británico quiso marcar el contraste entre el Kyrie y el Gloria, acercándose a la sonoridad bachiana, sobremanera en el sublime Qui tollis donde el doble coro se impregnódel sonido más trascendente de la noche, con un tempo lento pero obstinado y un control del ritmo por parte de la batuta que pareció cortar la respiración del Auditori por completo. El final del Gloria volvió a ser una ola de sonoridades brillantes, donde el coro y unos English Baroque Soloists de grabación iluminaron el Cum Sancto Spiritu transportando el sonido a la trascendencia más turbadora.

Hay que destacar el trabajo de todas las secciones de la orquesta, pero merecen mención especial la flauta solista de Rachel Beckett, así como los oboes y el fagotes que en su diálogo con la soprano consiguieron hacer del célebre Et incarnatus est de nuevo un hedónico pasaje de sonoridades extasiantes, servido en bandeja de plata por Forsythe, quien de veras se reivindicó como una voz a seguir de la que se pueden esperar muchas alegrías en el futuro.

Gardiner destiló en el Benedictus final toda la sapiencia que acumula en su más de cincuenta años al frente de sus English Baroque Soloists y The Monteverdi Choir, deslumbrando con un sonido pluscuamperfecto y lleno de vida, el mejor homenaje a la música de Mozart comandado por un sacerdote musical sin parangón a día de hoy. El éxito e impacto en el público fue tal, que para acabar una velada memorable se interpretó de propina el célebre motete Ave verum corpus K 618, donde de nuevo la excelencia de las voces del coro e instrumentistas de la orquesta, extasiaron con un sonido puro, recogido y lleno de hondura mozartiana. El instante eterno final, entre el último acorde y el inicio de los aplausos, todavía se recuerda en el Auditori.

 

 

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