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SimfonicaValles Beethoven9 2017

 

Música y revolución

Barcelona. 23/9/17. Palau de la Música Catalana. Ciclo Simfónics al Palau. Llorca: Concierto para piano, batucada y orquesta, “Al límite”. Brincadeira, batucada. Rosa Torres-Pardo, piano. Beethoven: Novena Sinfonía. Nuria Vilà (soprano), David Alegret (tenor), Jordi Domènech (contratenor), Carles Pachón (bajo). Orquestra Simfònica del Vallès. Coro de cámara de Granollers y Coro Lieder Camera. Dir.: James Ross.

La Orquestra Simfònica del Vallès (OSV) celebra ya sus espléndidos treinta años. Una institución autogestionada que en el Palau llena un espacio de diversificación de programas y encaje social del gran repertorio de la música occidental. Esta vez abriendo nueva etapa con la titularidad del norteamericano James Ross, que estará al frente de la orquesta los próximos tres años, y que ya en su primer programa ha dejado muy claras sus intenciones. La innovación, el concepto de transformación y el coraje de ser revolucionario fueron los valores destacados por el director en su intervención previa. Ross buscó por encima de todo sorprender, sacudir la pasividad mecánica del auditorio, comenzando por algo tan banal (y obsesivo en la actualidad) como el vestuario de los músicos, sin uniformidad y como si de un ensayo se tratara. El público que abarrotó el Palau se enganchó a la propuesta desde el principio y la ovacionó al final. Primero con la entrada de Brincadeira, un grupo de batucada que accedió al escenario desde distintos puntos a través del pasillo central de una platea sonriente, simbolizando la ruptura de la jerarquía intérprete-auditorio, el entierro de la obsoleta frontera entre “alta” cultura y cultura “popular”: una de las divisas del director en su primer año como titular de la orquesta. 

El Concierto para piano, batucada y orquesta, “Al límite” de Ricardo Llorca es una derivación de “Borderline” para batucada y orquesta (2012). La adaptación posterior que se pudo escuchar tiene como origen la propuesta de Rosa Torres-Pardo –quien la estrenara hace dos años– de añadir un piano solista. Más que explorar límites, la obra es una ecléctica y gozosa celebración del sonido mediante un lenguaje sencillo y tradicional como se puede escuchar en otras partituras de Llorca, sin que sea eso un signo distintivo del compositor puesto que su escueta producción es muy heterogénea. Eso sí, no exenta de ideología sintoniza con el planteamiento de Ross para la orquesta, puesto que una de sus premisas estéticas es la de reunir elementos recurrentes en la música popular junto a parámetros que la música occidental ha explorado hasta hoy, como ejemplifica aún mejor su monodrama Las horas vacías (2007) estrenado en Berlín. Aquí Llorca introduce una batucada inspirado por su papel en las manifestaciones callejeras, con la voluntad de vincular ese mundo al de la música contemporánea. Sin entrar a valorar si lo consigue, la escritura para piano y su imbricación con su contexto tímbrico es tal vez lo interesante de la obra, y pese a que la colocación entre orquesta y batucada disipaba algo su relieve acústico, tuvo en las manos clarividentes, precisas y sutiles de Torres-Pardo una excelente y comprometida intérprete, junto a la enérgica y jovial conducción de Ross. 

La Novena beethoveniana que ofreció a continuación –dividida entre la primera y la segunda parte con dos movimientos en cada una– buscó más brillantez y volumen que profundidad y matiz. El rendimiento de la orquesta tenía un amplio margen de mejora que seguro tendrá lugar a lo largo de la temporada. La dirección, de gesto aparatoso, apuntó a una novena vigorosa y de impacto pese a los desajustes, relieves puntualmente excesivos en metales y sonido descuidado en determinados pasajes –ostensible en la arquitectura inestable del primer movimiento– como máculas que se pudieron apreciar, teniendo en cuenta las bajas de una formación que se vio obligada a repartir esfuerzos entre este primer programa y su espectáculo en Abu Dabi poniendo la banda sonora a Harry Potter y la piedra filosofal. El tercer movimiento fue el más inspirado bajo la batuta de Ross, que logró explicar con precisión y sentido orgánico las frases y recibió de los violines una magnífica respuesta en un legato bien administrado. 

Aunque algo oculto en el programa, el apartado vocal fue lo más reseñable. Con otro guiño al auditorio se cantó la traducción catalana de Joan Maragall. En primer lugar, soberbio trabajo en intensidad y dinámicas del Coro de cámara de Granollers y Lieder Camera, dispuestos en tres partes, repartidos entre el escenario y –sin descubrirlo hasta su intervención– entre el público a ambos lados del primer piso. Poco que objetar a un solvente y cuarteto de solistas donde cabe destacar, junto a la inclusión del contratenor Jordi Domènech en lugar de una más habitual mezzo, el buen desempeño de un vehemente Carles Pachón mediante una espléndida emisión, el centro generoso por parte de Núria Vilà, y la pulcritud de David Alegret. 

Después de la repetición de un fragmento del movimiento coral como propina –en la que se animó al auditorio a cantar sobre el texto de Maragall aunque casi nadie fue capaz de hacerlo– el coro entonó los primeros compases de Els Segadors y una ruidosa mayoría ahora sí, le siguió con la orquesta en pie. 

Si aceptamos la premisa del programa, queda la duda de si ser revolucionario hoy significa lo contrario a lo que significaba históricamente e implica lograr el aplauso de una mayoría, o bien significa hacer como el mismo Beethoven hizo, especialmente en su última etapa, y escribir de espaldas al gusto de sus contemporáneos. Dicho sea de paso, algo ha confundido a quien haya decidido insertar una batucada entre movimientos de la Novena, lo que deshizo el poderoso desarrollo dramático de la obra a cambio de nada. La Novena se aguanta por sí misma y no necesita más para “acercarla” porque ya está cerca –y tan lejos– como el mismo director reconocía en su discurso previo. Cualquier otra cosa es arrebatársela a quien se haya acercado por primera vez a escucharla, anulando el horizonte divulgativo que se ha propuesto y que suele cumplir el necesario y meritorio proyecto de la OSV, cada vez más afianzado en suelo catalán. Y que sea por muchos años. 

 

 

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