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Kazushi Ono c Igor Cortadellas 

La música entre sus circunstancias

Barcelona. 30/09/17. Auditori. Beethoven: “Obertura” de Egmont, op. 84. Chaikovski: Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 35. Julian Rachlin, violín. Beethoven: Sinfonía núm. 3 en mi bemol mayor, op. 55 “Heroica”. Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña. Dirección: Kazushi Ono. 

Si los finales de temporada son tiempos de balances, los inicios lo son de propósitos, anhelos y siendo realistas, proyectos. En una entrevista reciente, Kazushi Ono explicaba que sus objetivos a partir de esta temporada giran en torno a la consolidación de una consistencia ya desarrollada en la temporada anterior, para poder alcanzar un sonido muy determinado y personal. Queda trabajo por hacer, sin duda. Pero los mimbres y los síntomas son buenos como hemos podido comprobar. Eso sí, algo más deberemos exigir en la que será ya la tercera temporada del director japonés como titular. 

Para inaugurar la temporada, más extraordinarias fueron las circunstancias que un programa absolutamente ceñido al repertorio tradicional. Estas son las que llevaron a Ono –como explicó días antes, en la rueda de prensa previa– a añadir a último momento la conocida Obertura de Egmont, que la orquesta interpretó con un vigor y vivacidad inusuales para este tipo de piezas que terminan por servir de relleno burocrático del programa. Hay quien se apresuró a afirmar que la decisión respondía a los atentados en Barcelona y Cambrils porque sí, a ellos hizo referencia Ono, y a la lección de dignidad humana que nos aporta la obra de Beethoven. Pero resulta que como sabía Goethe y todos sabemos, el Conde de Egmont fue absurda e injustamente condenado a ser decapitado por “el prudente” Felipe II, avivando los deseos de libertad del pueblo flamenco frente a la monarquía española y convirtiéndose en símbolo de una lucha independentista. Juzgue cada uno lo que crea conveniente. 

Fue la segunda obra del programa la de mayor rotundidad musical de la tarde. Una versión espléndida del Concierto para violín y orquesta por parte de un solista, Julian Rachlin, absolutamente dotado de intensidad, fuerza dramática y devoción interpretativa. Un violinista de altura que transitó la partitura con elegancia y agilidad inaudita, especialmente destacable en la nitidez de las dobles cuerdas en un primer movimiento deslumbrante y un finale antológico. El peligro sobre el lirismo de Chaikovski es siempre añadir más condimentos de los que ya tiene la obra. En nada de eso cayó Rachlin, que supo administrar siempre ese material frágil, sensible con un talento descomunal y una emotividad sinceridad. Por su parte, la orquesta respondió con solvencia, con mención a unas soberbias maderas al inicio de la canzonetta antes de que la expresiva trompa solista asomara entre el cálido Stradivarius “ex Liebig” del violinista lituano. En resumen, la intuición melódica del compositor ruso exige de la batuta una sobriedad y eficacia que encontró en Ono –que eligió una lectura particularmente sosegada para el Allegro moderato– y un virtuosismo e inteligencia de los que Rachlin está sobrado. El estruendo final de un Auditori repleto fue como un eco de la ovación que no pudo contener ya al final del primer movimiento.

Con menos brillantez se abordó la “Heroica”. Las sinfonías beethovenianas toleran imprecisión pero no falta de carácter, y en este caso, la necesidad es aún más aguda: en su interior late la idea de transformación, superación más que dialéctica orgánica, irrigando todas las células musicales en una totalidad inmanente a la propia sinfonía. Cuando está en juego algo así, es a todo o nada, no hay término medio que valga. Afortunadamente, si algo flaqueó por momentos fue más esa precisión y equilibrio entre secciones que el carácter imprimido y la pertinente concepción global de la batuta a través de la gestión de planos y dinámicas, perfectamente respondida por la orquesta. No obstante, más allá de puntuales desajustes, la falta de equilibrio entre secciones –una vez más, pese a la nobleza de sonido, la excesiva presencia de metales– hizo diluir el entramado formal y el pulso dramático de la partitura, que se fue haciendo demasiado grande e inabordable, pese a la plasticidad de la orquesta ante la eficaz gestualidad de Ono en un allegro con brio bien resuelto y una marcha fúnebre consistente y de carácter preciso. 

Pronto para sacar conclusiones, lo que rodea este primer programa de la orquesta también lo impide porque nubla los oídos y la vista. Es difícil pasar por alto las circunstancias en las que se desarrolló el primer programa de la OBC y también es difícil –y tan fácil al mismo tiempo– escribir sobre ello. Como Bertolt Brecht decía y habría vuelto a decir hoy, nos guste o no vivimos en tiempos en los que hablar sobre los árboles es casi un delito, ¡porque implica callar sobre tantos crímenes! 

 

 

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