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Jerusalem Parma

Verdi: capital Parma

Parma (12/10/2017) Festival Verdi. Teatro Regio. Verdi: Jérusalem. Ramón Vargas (Gastón), Michele Pertusi (Roger) Annick Massis (Hèléne), Pablo Gálvez (Conde de Toulouse), Valentina Boi (Isaure), Deyan Vatchkov (legado) Paolo Antognetti (escudero). Coro del Teatro Regio. Filarmónica Arturo Toscanini. Dirección de Escena: Hugo de Ana. Dirección musical:  Danielle Callegari.

 

Desde la segunda mitad de septiembre hasta casi el final de octubre, Parma se convierte en la capital verdiana por excelencia. Toda la ciudad se vuelca en la celebración del Festival Verdi honrando al gran compositor que nació en la provincia parmesana. Decenas de actos se celebran no sólo en la ciudad sino también en localidades muy ligadas a Verdi como Busseto y otros lugares del entorno. Por supuesto la ópera tiene un lugar privilegiado en la programación pero hay también conciertos, conferencias, exposiciones, tanto en el, digamos, programa oficial como en el denominado “Verdi-off” una especie de festival alternativo que gira, cómo no, alrededor del maestro.

En el apartado operístico destacan las representaciones de Falstaff, La Traviata, el Requiem (la ópera sacra de Verdi) y las dos óperas que comentaremos en Platea: Jérusalem y Stiffelio. Jérusalem es una de las más rara avis de la producción verdiana. Refundición de una de las primeras obras del compositor, I lombardi alla prima crociata, estrenada en 1843 en París. A nadie se le reconocía como gran compositor si no tenía éxito en la capital francesa, regida por unos gustos operísticos muy estrictos y a los que la mayoría de los compositores se acomodaba para ganarse a los parisinos. Verdi, ambicioso por naturaleza, sabía que si no se quería dudar de su valía tenía que triunfar en París y su primer intento fue esta historia medieval con libreto en francés de Alphonse Royer y Gustave Vaëz. Los protagonistas ya no son los lombardos si no los tolosanos franceses, la trama se enreda un poco pero está también centrada de la conquista de Tierra Santa (parte de la acción ocurre en el palacio de un infiel emir) pero se mantiene como motivo central esa idea, tan poco habitual en Verdi (y que por cierto se repetirá en Stiffelio), de que los que han cometido una falta pueden ser capaces, a través de buenas acciones y arrepentimiento, de conseguir el perdón (artículo: El perdón en Verdi). En el apartado musical se entiende poco que esta sea, según dicen las estadísticas, la ópera menos representada del compositor. No aparece aquí el gran Verdi, pero sí que hay muchas de las características que le son naturales: concertantes espectaculares, arias si no sublimes bien construidas, preciosos coros y un terceto casi al final de indudable belleza. Quizá la excesiva duración de la obra y la inclusión de un ballet con música poco inspirada y bastante convencional (todo para ajustarse al gusto parisino) lastren su inclusión en el repertorio más habitual. Por eso hay que celebrar que el festival parmesano (como ya hizo el Capitole de Toulouse y hará ABAO, porque es uno de los títulos que falta para completar el Tutto Verdi) ha acertado en recuperarlo para disfrute del gourmet verdiano. Y para ello ha contado con una producción (compartida con la ópera de Montecarlo) que no ha ahorrado en medios para ofrecer un espectáculo donde destaca un elenco musical de muy buen nivel.

Jérusalem es una ópera donde existen tres protagonistas claros, pero donde el coro tiene también una relevancia importantísima con muchas más intervenciones que en otras óperas verdianas. La acción gira sobre el peregrinaje y reconquista cruzada de la Ciudad Santa pero antes de partir de Toulouse se definen la trama personal donde los dos enamorados (la hija del conde de Toulouse y el vizconde de Bearn) sufren las maldades del hermano del conde Roger, enamorado de su sobrina, y que desencadenarán las penurias que sufrirá la pareja hasta la llegada a Jérusalem. Son pues estos personajes los que acaparan los números musicales más destacados de la obra. Ramón Vargas asumía el papel de vizconde. El tenor mexicano, ya con una gran carrera a sus espaldas, sigue defendiendo con pundonor la fama que merecidamente se ha ganado. Ahí está ese timbre tan especial y bello, la elegancia en el canto, la buena proyección, pero ya hay evidentes signos de fatiga, el fiato no tiene la misma consistencia y el agudo se resiente. Aún así estuvo muy profesional en todas sus arias, destacando en “Je veux encore entendre ta voix” o en “O mes amis!”. Muy buena forma demostró Annick Massis, que también, pese a su larga carrera, no tuvo problemas en la parte de Hèléne, la hija del Conde. Aunque el timbre no es demasiado agradable, demostró dominar perfectamente el papel, con unas medias voces bellísimas, con un canto siempre matizado, elegante. No hay muchas coloraturas en sus intervenciones pero sí notas agudas de notable dificultad que resolvió sin problemas y fue perfectamente audible en cualquiera de los concertantes que abundan en la partitura. Me gustó especialmente es su primera aria “Ave Maria, ma voix te prie”, precisamente porque siendo el primer solo que abre la ópera, demostró un dominio que únicamente da una sólida técnica. Michele Pertusi es un avezado bajo verdiano y fue el triunfador de la noche si nos guiamos por el entusiasmo del público que llenaba el Regio de Parma. Efectivamente su bella voz y su estilo es la que más se acerca a la idea de cómo se debe cantar Verdi, ese toque inconfundible que el buen aficionado reconoce a las primeras notas. Sus arias son, quizá, lo mejor musicalmente compuesto por Verdi para esta obra, por ejemplo “O jour fataíl”. En todas sus intervenciones tanto individuales como concertantes (bellísimo, como dije, el trío con el que casi finaliza la obra) brilló con una zona media y alta impecable aunque el grave, en varios momentos,  no tuvo la rotundidad exigida. 

Tanto Pablo Gálvez, desplegando una potente voz como Conde de Toulouse como el escudero de Paolo Antognetti (bello timbre) y Valentia Boi como Isaure demostraron estar a la altura de sus cortos pero significativos papeles. No tan destacado, quizá por su excesivo vibrato, estuvo la voz joven y profunda de Deyan Vatchkov, en el papel de legado papal. Estupendo el resto de comprimarios. Como se dijo más arriba el coro forma parte fundamental de Jérusalem y el coro del Regio di Parma que dirige Martino Faggiani estuvo excelente en sus numerosas intervenciones, destacando ese remedo más humilde del “Va pensiero” que es “O mon Dieu!” aunque también atesore una gran belleza. El ballet era fundamental para triunfar en París y nuestra obra no carece de él, como ya dijimos. No es la música más inspirada que digamos de Jérusalem y la coreografía que en esta ocasión ofreció Leda lojodice no fue de lo mejor de la noche. Se puede calificar de anodina, poco imaginativa y bastante confusa. 

El maestro Daniele Callegari dirigió con mano segura esta larga ópera aplicando a cada momento el tiempo adecuado, aunque en algún pasaje más álgido de la trama la orquesta sonara demasiado acelerada.  Estuvo atento a los cantantes y controlando al coro que también alguna vez tuvo momento de desajuste con la orquesta. Pero nada importante que enturbiara un excelente trabajo. La Filarmónica Arturo Toscanini, afincada en Parma, brindó un sonido de gran calidad, de corte verdiano, con un metal seguro y brillante, la familia más destacada de este estupendo conjunto.

Los trabajos que conozco de Hugo de Ana se podrán calificar de muchas formas pero nunca como discretos. Siempre destaca un despliegue de medios que, por lo menos en este ópera, llegan a apabullar. Da igual que la acción se desarrolle en el siglo XII, el vestuario, la escenografía, todo (firmado por el propio de Ana), nos remite a una indeterminada época (mucho más cerca del Renacimiento) donde el oropel y el lujo brilla en todo momento. Incluso cuando estamos en el desierto donde vive el eremita, es un desierto con clase, hasta la arena cae del cielo. El palacio del Emir es más discreto en decoración pero el vestuario sigue siendo opulento. Y ya en el valle de Josafat, cerca de la ansiada Jerusalén, nos parece más acercarnos a la mítica Petra que a la cuna de la cristiandad. Hubo también un excesivo uso de proyecciones, tanto de símbolos cristianos o cabalísticos, como de batallas y desfiles de soldados. También hay que señalar el acierto que fueron los grandes muros que cerraban toda la caja del escenario y que permitían que el sonido se proyectara fácilmente en la sala (aún al precio que a veces, en los momentos corales, el espacio escénico estuviera prácticamente abarrotado). En resumen un trabajo que moviéndose en parámetros clásicos sin ser rancios, gustan a gran parte de los aficionados que lo prefieren a muchos montajes minimalistas. Es una opción muy respetable pero que innova muy poco en el quehacer escénico. Una excelente, en fin, ocasión para conocer este interesante Festival y degustar una obra en la que figura del gran Verdi sigue proyectando su maestría.

 

 

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