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Orfeo Baluarte Inaki Zaldua copia

La actualidad de Monteverdi

Pamplona. 14/10/2017. Auditorio Baluarte. Claudio Monteverdi: L’Orfeo. Valerio Contaldo (Orfeo, tenor), Mariana Flores (Eurídice, la Música, soprano), Konstantin Wolff (Caronte, bajo), Anna Reinhold (Proserpina, la Esperanza, mezzosoprano) y otros. Coral de Cámara de Pamplona (Dirección: David Gávez) y Capella Mediterranea. Dirección musical: Leonardo García Alarcón.

El Auditorio Baluarte presentaba una entrada que apenas superaba el 50% de su capacidad, lo que no hacía sino rubricar los miedos previos de quienes pensábamos que el llamado “puente del Pilar” podía ser obstáculo importante para garantizar la asistencia del público. Y si a ello se añade un clima casi veraniego que ayudaba a hacer planes de salir fuera o la competencia de la ópera en el cine, de éxito en la ciudad según nos informaron antes de empezar la función, podemos deducir que la fecha no fue la mejor posible.

Por otro lado, y creo que conviene no engañarse con ello, la afición a la ópera de mucha gente está circunscrita a la de unos pocos títulos que se pueden repetir ad nauseam en los teatros más cercanos a la capital navarra, títulos que todos tenemos en mente. Lo digo porque la calidad del espectáculo no se merecía un auditorio con tan poca concurrencia y porque algunos espectadores, sacados del sota-caballo-rey de siempre decidieron, por desgracia, dar la espalda a Claudio Monteverdi.

Aunque sabemos que en sentido estricto no es así, L’Orfeo es considerada la primera ópera de la historia y habiendo transcurrido cuatrocientos once años desde su estreno uno no puede sino asombrarse ante la atemporalidad de la misma; o lo que es lo mismo, la capacidad de la ópera de aparecer ante nuestros ojos y oídos como si fuera algo moderno. En el Baluarte y mientras escuchaba el Possente spirito no podía dejar de pensar en la música de Salvatore Sciarrino. ¿Por qué?

Al éxito de la velada coadyuva la interpretación alegre, dinámica y viva del grupo, en este caso la Capella Mediterranea, que aun presentado la ópera en versión de concierto supo sin embargo transmitir en todo momento ilusión y entrega, consiguiendo del público una respuesta llena de alborozo.

Los músicos estaban dispuestos en el centro del escenario mientras que el coro, colocado en tres estructuras independientes rodeaban por detrás a la Capella. Todos, con la excepción del protagonista, Valerio Contaldo, participaban también de la vida coral por lo que los solistas salían de su lugar en el coro, cantaban su parte solista y se reincorporaban a su participación coralista. Toda una demostración práctica de implicación en el trabajo y de consideración de todas y cada una de las partes de la función por parte de los componentes del grupo.

La tesitura del protagonista es difusa; en ocasiones lo aborda un barítono, lo que proporciona empaque y mayor oscuridad a la voz, mayor “masculinidad” si se me permite la expresión. En otras ocasiones se apuesta por un tenor, lo que aporta mayor seguridad en la franja aguda y quizás mayor solvencia en la coloratura y el ornamento pero normalmente ello va en detrimento de la franja grave, tan importante en este papel. Así pues, el tenor italiano Valerio Contaldo enseñó una parte grave débil pero solvencia en la zona media y superior y agilidad suficiente en la coloratura. Su personaje tiene enorme credibilidad y a Contaldo le basta con un pequeño gesto (quitarse la chaqueta, por ejemplo) para transmitirnos otros sentimientos. Notable.

Entre el largo resto de cantantes hubo de todo dentro de un nivel óptimo coincidiendo entre sus características un volumen escaso y una proyección polémica en algunos de los casos. Las sopranos fueron la argentina Mariana Flores (la Música y Eurídice), de emisión entubada y afinación dudosa en más de una ocasión mientras que la italiana Giuseppina Bridelli fue una Mensajera de empaque.

Los dos bajos, Caronte y Plutón, fueron encarnados por un notable Salvo Vitale, italiano y el alemán Konstantin Wolff. El primero dispuso de graves más rotundos y un fraseo más noble aunque ambos consiguieron dar presencia a los dos breves pero importantes papeles.

Del resto de cantantes destacar a Anna Reinhold, notable esperanza, Alessandro Giangrande cantando un Apollo destacado en la escena final o, por citar a un cantante de casa, subrayar la presencia del vitoriano David Sagastume, contratenor que abordó con eficiencia el papel de pastor.

Todos cantaban bajo la contundente dirección del argentino Leonardo García Alarcón, un hombre de gesto enérgico que parecía dirigir con todo su cuerpo. En ocasiones parecía bailar al son de la música y mostraba cierta contundencia en la búsqueda de acentos, petición que la Capella Mediterranea respondía con solvencia y eficiencia envidiables. Quizás pueda reprochársele la búsqueda de excesivos contrastes pues alternaba en la misma frase momentos de lentitud buscada con otros de energía y vigor insólitos. 

Queda escrito que la versión de L’Orfeo se ofreció en versión de concierto aunque también queda dicho que la versatilidad de los cantantes, ora en el coro ora en papeles solistas y su dinamismo consiguieron dotar de carga dramática suficiente para que los pocos asistentes pudiéramos seguir la obra sin mayores dificultades. Algunos de los personajes utilizaron la platea de butacas para expandir el escenario.

L’Orfeo es una ópera clave en la historia y alivia ver como cuatro siglos después de su estreno Claudio Monteverdi mantiene todo su vigor y sabor a modernidad, lo que parece garantizarle la eternidad.

 

 

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