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La Giovinezza

Abu Dhabi. 11 y 12/03/18. Emirates Palace Auditorium. Abu Dhabi Festival. Obras de Tchaikovsky, Brahms, Respighi y Strauss. Beatrice Rana, piano. Kyung Wha Chung, violín. Orchestra dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia. Antonio Pappano, dirección.

La música es un arma cargada de futuro. Todo por delante para quien vuelve a su juventud una y otra vez, aunque se pueda ir comprendiendo al mismo tiempo que la vida va en serio*. Que la edad, pues, no es sino un estado mental, hemos comprendido – o recordado – estos días en el arranque del Abu Dhabi Festival, un emplazamiento único en el Golfo Pérsico que acaba de cumplir sus primeros 15 años de trascendente y necesaria actividad, con su infatigable fundadora y directora artística Huda Alkhamis-Kanoo, al frente.  

Este curso, que comprende además las visitas de la Compañía Nacional de Danza o de la soprano Deborah Voigt, ha sido inaugurado por la Orchestra Nazionale dell’Accademia di Santa Cecilia, la entidad sinfónica más antigua de Italia, con su titular Antonio Pappano al frente. Como invitadas, la pianista Beatrice Rana y la violinista Kyung Wha Chung, dos mujeres separadas por casi medio siglo que han contribuido a dos espléndidas noches de música con mayúsculas.

En la primera de ellas escuchamos como, apenas superados los 30 años, Tchaikovsky decidió poner fin a su juventud. Comprendió que lo suyo con la Artôt no era más que un ideal y, con ella como inspiración en el pentagrama y contra la opinión de su maestro Rubinstein (llegó a calificar la música como cursi, intocable, vulgar… “tu concierto es imposible”) apostó todo lo que tenía, el prestigio poco o mucho, por una de las piezas más conocidas e interpretadas hoy día: su Concierto para piano nº1, op.23. Ni que decir tiene que la jugada le salió más que bien.

Beatrice Rana halla pronto en la juventud que le es natural (nació en 1993) el balance que la obra necesita. Hay energía sin desbordamiento, sonido compacto sin apelotamiento. Un fuego que le es propio y que escapa a los frívolos excesos del mal entendido virtuosismo técnico al que hoy en día acostumbramos. Su mejor momento lo escuchamos en el último movimiento, fraseando con intención y acompañada por una orquesta  desplegada en la cuerda, protagonista en unas maderas expuestas con certero mimo.

A la noche, que había arrancado con una dramática, de veras “misteriosa” Sinfonía de Aida, aún le quedaba lo mejor. Un palpitante, arrollador, excelso Respighi. En attaca se ofrecieron las Fontane di Rome, seguidas por los Pines de Roma. La arrebatadora paleta de colores y sensaciones que Respighi escribe fue ofrecida en un maravilloso juego de planos, de acentos, de dinámicas que nos transportaron hasta la capital italana. Es evidente el amor hacia unas obras que la propia formación estrenó a principios del siglo pasado. Lo hablaba con el Maestro Pappano y tiene toda la razón: va siendo hora de que se identifique a Italia, sin menospreciar a sus casas de ópera, con la Santa Cecilia, todo un milagro sinfónico en la cuna de la lírica. El canto que surge desde las catacumbas, el atardecer en Villa Medici, los soldados en Villa Borghese… Lo cierto es que Roma siempre me hace llorar cuando nos vemos, por su Bernini, su Castel Sant’Angelo o su cacio e pepe… y ahora lo estaba haciendo, desde la lejanía, con sus músicos.

En la segunda noche pudimos disfrutar a un Antonio Pappano cantando Brahms en todo su esplendor, dotando de valor a la arrebatadora melodía del Allegro non troppo inicial y acompañando al violín de Kyung Wha Chung a la que hacía tiempo que teníamos perdida la pista. Chung cumple 70 primaveras este año y cualquiera diría que está en sus 15, pues tal es la vitalidad que desprende. La ejecución no es perfecta, pero encandila, en directo, hasta a la lámpara. Viéndola surgen inevitables preguntas de cómo tratamos a quienes hasta hace bien poco colmábamos de glorias. Un retrato de giovanezza bien felliniano, en coordenadas hoy día sorrentinianas.

Prácticamente nada se llevan en el tiempo el héroe de Strauss y el de Mahler. El paso de tiempo y el sacrosanto posterior compuesto por Schoenberg o Adorno establecieron que el único verdadero fuese el de Gustav. Aquel de Richard se sentenció como frívolo, vacío de contenido, ciertamente vanidoso en sus formas y contenidos. De estética en cualquier caso irreprochable. La Grande Bellezza (vaya, ¡vuelve Fellini-Sorrentino!). Sea como fuere, este Heldenleben goza de ser bien apreciado por Pappano, quien lo dirige como una constante de necesaria exhibición allá por donde va, desde hace años. Una estupenda lectura alla italiana, prácticamente siempre arriba, de tensión constante y dramas a la luz, con excelente intervención del concertino Carlo Maria Parazzoli. Todo expuesto, todo hacia fuera. Como cuando uno es joven, pero, como decía al principio, al mismo tiempo parece haber sido consciente de haber vivido ya ese momento.

Volver a ser joven sabiendo lo que uno sabe con el tiempo ya vivido. Es algo que todos hemos pensado en alguna ocasión. Abu Dhabi y su Festival parecen ser el lugar ideal donde ponerlo en práctica.

* Líneas con un pequeño juego de poesía y juventud:
La poesía es un arma cargada de futuro. Gabriel Celaya. 1955.
Juventud, divino tesoro. Rubén Darío. 1905.
No volveré a ser joven. Jaime Gil de Biedma. 1968

Foto: Abu Dhabi Festival.

 

 

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