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Terfel Palau A.Bofill  

One man show

Barcelona. 06/04/2018. Palau de la Música. Obras de Mussorgsky, Boito, Verdi, Wagner y otros. Sir Bryn Terfel. Orchestra Gulbenkian Lisboa. Orfeó Català. Cor Jove de l´Orfeó Català. Dir. musical: Gareth Jones.

Cuántas ganas teníamos de ver a Bryn Terfel en Barcelona. Ha llovido mucho desde su preciosa Liederabend en el Gran Teatre del Liceu, acompañado por Malcolm Martineau, pero el recuerdo era entrañable. Y por fin llegó el momento de volvernos a ver, en esta ocasión en el Palau, acompañado por orquesta y coro e interpretando ópera y musical. Y a fe que lo vimos. ¡Cómo no verlo! Y vimos todos los ángulos de su figura poliédrica: el esplendor de una personalidad vocal y artística arrolladora, los claroscuros de un desgaste vocal inevitable y las sombras de un entorno no acorde con la indiscutible categoría de un intérprete como Bryn Terfel.

La mis-en-scène de Terfel dijo mucho de su personalidad. Entró en escena, tras una insulsa obertura de Nabucco, toalla en mano, desafiando con su empatía natural al público. No recuerdo a muchos cantantes, diría que incluso a actores, que consigan una conexión y una complicidad tan instantánea con el público, al que se mete en el bolsillo antes de abrir la boca. 

Este talento ha acompañado la carrera de Terfel desde sus inicios, incluida la famosa final del Concurso de Cardiff en la que compitió con el recientemente fallecido Dmitri Hvorostovsky, al que hizo referencia durante este concierto. Su carrera ha sido, hasta cierto punto, peculiar. Empezó consagrándose como el mejor Fígaro y Leporello mozartianos de su generación, a los que aportaba una voz tonante, un decir incisivo y una personalidad teatral de primer orden. La eclosión definitiva llega con un Jochanaan imborrable en Salzburgo. A partir de ahí, y en el momento de buscar nuevos retos, los grandes roles wagnerianos parecían su destino natural. Pero hasta cierto punto sus incursiones (excepto las más recurrentes en El Holandés errante) fueron tímidas. Y mientras abordaba también el repertorio francés (Faust, Hoffman, Damnation) decidió no verse fagocitado por una carrera operística ortodoxa y buscó retos en el mundo del musical, que él adora. Ahí queda ese Sweeney Todd para el recuerdo, al lado de, nada más y nada menos, que Emma Thompson.

Después, en su momento, llegó Wotan, otra cima de su carrera. Y seguramente ahora Boris Godunov es el rol que más le motiva. Pero Terfel se mueve así, por instinto, por amor a lo que debe interpretar, y si no encuentra ese amor (seguramente es el caso de Wozzeck, que tenía que estrenar con Abbado en Salzburgo y que finalmente nunca interpretó) no se lanza y se queda en casa cantando canciones de su Gales natal. 

Este preámbulo sobre su personalidad musical viene acolación por el programa que presentó en Barcelona, en el que combinaba una pieza para bajo como Son lo spirito che nega, del Mefistofele de Boito. L’onore, del Falstaff de Verdi. La despedida de Wotan, de La Valquiria wagneriana. El monólogo de Boris Godunov, de Mussorgsky para acabar con distintas piezas de musical. Lo paradójico es que Terfel no es exactamente un bajo (Mefistofele), ni un barítono verdiano (Falstaff), ni probablemente un heldenbariton (Wotan) y, seguro, no es un especialista en el repertorio ruso, pero en cualquier estilo, su nivel interpretativo es superlativo. Su fraseo es natural, empático, intenso, pero nunca vulgar. Su capacidad para meterse en la piel de esos personajes es camaleónica, digna de un actor shakesperiano. Todo ello, aliñado por un timbre inconfundible. Una voz hermosa, perfectamente proyectada y con muchos armónicos, con un centro coloreado y que va con facilidad al grave y al agudo, pero con un inevitable color lírico. En definitiva, un rara avis. Uno diría que Terfel fue creado para cantar y que la música sale de sus poros con una naturalidad y una emotividad excepcional.

Ahora, a sus 53 años, el instrumento empieza a mostrar señales de fatiga que se hicieron evidentes en este concierto, quizás corto en intervenciones, pero sumamente exigente. En Mefistofele, más allá de su imponente recreación escénica, sonó suficiente en los graves, única dificultad que le planteaba esta difícil pieza que resolvió con admirable arrojo. Empalmó esta aria con L’onore, el monólogo de Falstaff, tras dedicar el concierto a Carme Mateu. Aquí ya se puso de manifiesto cierto desgaste, con algunos sonidos opacos y una emisión más irregular. Eso sí, al lado de un instante de flaqueza, Terfel ofrece inmediatamente un detalle glorioso de fraseo. Como hacen los grandes. 

Prueba de ello fue el monólogo de Wotan. Problemas en las medias voces e intentos de emitir pianísimos que se quedaban en el escenario y no llegaban a la platea, pero ¡qué frases finales! Echando el resto e inundando el Palau de emoción. Una emoción que llegó a su clímax con una escena de Boris inolvidable. Aquí la voz sonó más compacta que nunca y el intérprete se mostró en todo su esplendor, quizás porque es un papel que, en este momento de su carrera, es el que más le motiva, el que siente más íntimamente.

A partir de aquí, llegó el Terfel’s Showtime o Manual de cómo llevarse al público en el bolsillo, especialmente con un If i were a richman de El violinista en el tejado, del que hace toda una creación. En el campo del musical, Tefel es imbatible. Como canta, pero ¡cómo actúa! con que gracia dice el texto introductorio e, incluso, como insinúa pasos de baile. Un todoterreno con el que te irías a tomar unas cervezas tras el concierto para continuar con la fiesta.

El único lunar a su propuesta es que se rodee de colaboradores tan vulgares como el director Gareth Jones, que dirigió todo, desde la ópera hasta el musical, con una vulgaridad alarmante, un sonido grueso y sin matices, sin aportar un dolo pìano (un pianissimo sería impensable) en toda la velada. Incluso en la parte dedicada al musical pareció un elefante en una cristalería. Consecuencia de ello fueron los pobres resultados del conjunto orquestal, la Orchestra Gulbenkian Lisboa, aunque estoy convencido que con otro director los resultados podrían haber sido muy distintos. De su monotonía se contagió el Orfeó Català y el Cor Jove de l’Orfeó Català, a pesar de mostrar un bello sonido.

Un último apunte sobre las piezas de relleno del programa. Porque en este caso sólo cabe hablar de “piezas de relleno”. Meter con calzador Va pensiero, el Preludio de La Traviata o los coros de Tannhäuser e Il trovatore, simplemente porque son piezas conocidas, dice poco del cuidado con el que se elabora el programa si no, incluso, del respeto al público.

 

 

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