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YujaWang KirillPetrenko Rittershaus 

Brujería

Brujería. No cabe calificar de otra manera lo que Kirill Petrenko hace con la música. En estos esperados conciertos con los Berliner Philharmoniker ha vuelto a obrar el embrujo, que no es otro que conseguir que cualquier partitura nos parezca la mejor música posible. Así sucedía de hecho con La Péri de Dukas, un poema sinfónico ciertamente inusual, interpretado muy raramente -la última vez con los Berliner se remonta nada menos que a 1961, bajo la batuta de Ernest Ansermet-. Petrenko eleva esta música a cotas inauditas e inesperadas. El próximo titular de la mítica formación berlinesa se apropia así de ese epíteto de “aprendiz de brujo” que todos asociamos con la música de Dukas, autor que a la vista de esta partitura bien merece una revisión y a buen seguro una reivindicación. Petrenko volvió a subyugar con un concepto único del sonido, donde lo espectacular y lo analítico se funden, donde no hay un plano horizontal o un plano vertical, sino un maravilloso revolcón que pone al oyente boca abajo y boca arriba, boquiabierto en suma. Tremendo. Qué manera de hacer música con mayúsculas, gozando visiblemente los músicos con su nuevo maestro. Qué años están por venir en Berlín… 

El concierto no podía comenzar mejor, aunque lo cierto es que el listón quedaba ya situado muy alto y parecía difícil de superar. Nada más lejos de la realidad: apareció Yuja Wang en escena, seduciendo con su segura pisada y esa atractiva fragilidad que derrocha. “Una mutante del piano”, me decía Juan Pérez Floristán por Twitter comentando este mismo concierto. Y es que lo que la pianista china con el Concierto no. 3 de Prokofiev sólo admitía miradas perplejas y asombradas: ¿se puede derrochar tal capacidad de virtuosismo técnico y al mismo tiempo semejante expresividad? Y es que Yuja Wang viene desmintiendo ese cliché que hacía de ella una máquina de dar notas, arropada por la industria discográfica merced a sus vestidos apretados. Amén de ser un cliché misógino, este tópico no se ajusta ya -no se ajustó nunca, en realidad- al hacer de Yuja Wang. No es nada fácil comunicar la música de Prokofiev y en conexión con Petrenko lograron hacerlo con tal musicalidad y tal singular poesía, que diría que nunca había conectado tanto como oyente con esta partitura, de una modernidad casi salvaje. Era un espectáculo ver a Wang sumida en el piano, musitando para sí las notas -o vaya usted a saber qué…- como en un trance, lanzando miradas cómplices a un Petrenko que sonreía y sudaba, como un brujo en plena ceremonia, obrando sus hechizos. Un Prokofiev inédito y brutal. No pierdan la ocasión de recuperarlo en el Digital Concert Hall.

La segunda parte de este singular programa armado por Petrenko nos ponía sobre la mesa la Sinfonía no. 4 de Franz Schmidt, un compositor ciertamente olvidado en nuestros días, autor de una música de irregular inspiración, compleja pero subyugante, difícil de entender y comunicar. Pero ahí estaba Petrenko para poner luz en las tinieblas, estimulante, clarividente, con un fraseo de infinita variedad. Qué capacidad tiene el ruso para construir el armazón sinfónico; no he sentido jamás crescendi como los que desencadena. Escalofriantes. Sólo un genio como él y una orquesta superlativa como la que conforman los Berliner puede conseguir que un auditorio completo viva una sinfonía de Schmidt como si fuese la mejor de las sinfonías posibles. Como con Dukas, Petrenko ha conseguido que volvamos a mirar con otros ojos la obra de este compositor. 

 

 

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