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Barenboim Salzburg 2018 

Quien mal empieza...

Salzburgo. 20/05/2018. Grosses Festpielhaus. Obras de Rossini, Grieg y Tschaikowski. Staatskapelle Berlin. Dirección: Daniel Barenboim. András Schiff (piano).

Daniel Barenboim y el festival de Salzburgo son como un matrimonio consumado a las puertas de la jubilación, pero de esas que se podrán cobrar. Sus intervenciones en él se cuentan por decenas, en todas sus conocidas facetas, y seguramente alguna más que se nos escape. Tanta estima se tienen que el director se presentaba en Salzburgo con la mitad de la lección supuestamente aprendida, ya que en la temporada de abono de la Staatskapelle, apenas un mes antes de la cita en la Haus of Mozart, hizo un repaso tanto a la obertura de la Semiramide de Rossini como a la sinfonía de los sueños de invierno de Tschaikowski, sustituyendo para la ocasión concierto de piano de Grieg por el de violín de Szymanowki.

Es sin embargo quizás este prolongado vínculo el que en cierto modo deteriore su relación, desgastada por el hábito, y en la que el cocido de los lunes pasa de placentera tradición a cruenta rutina que, con las temperaturas al alza, hace que surjan los reproches, al menos de quien les escucha con oído crítico.

El marco entorno a 1868 que trazó Cecilia Bartoli para su Festival (año de la muerte de Rossini, es decir, hace 150 años, y entorno al cual se suceden numerosas “rupturas”)  otorga, para bien y para mal, unos márgenes concretos en los que el repertorio se debe mover. Es así que Barenboim encaja la propuesta del concierto de Grieg, por su contribución a la forma en la época romántica, y la sinfonía número 1 de Tchaikovsky, una obra emplatada en el referido año.

Con dicha moldura el emplazamiento de la obertura rossiniana no necesitaba justificación alguna, aunque su interpretación sí hubiese solicitado alguna que otra respuesta. Rossini tiende a “coger peso” si lo ponemos en manos de una orquesta “moderna” y, como punto de partida, nace con desventaja respecto a propuestas como la que pocas horas después realizaría Gianluca Capuano y Les Musiciens du Prince en el mismo marco. Lo que no es de recibo es mostrase ajeno a lo que viene después. Barenboim conduce sin apreciarse rastro alguno de la ópera, ni de su espíritu, sacando de contexto una testo musical que pierde de este modo su propia carta de identidad, su intitulada naturaleza, como si la doble barra final nos condujese directamente al sepelio. Ni rastro tampoco de la teatralidad y la ironía que Rossini reflejó en sus compases. Barenboim adaptó al compositor de Pésaro a la sonoridad de una Staatskapelle particularmente oscura en su arranque, incapaz de reflejar la riqueza de una partitura lastrada por lo desorganizado del discurso. 

Si Semiramide fue una desilusión Grieg fue una ingrata sorpresa. Se supone que András Schiff debería ser una garantía ante una partitura similar, y más con un compañero de profesión a la batuta. Pues nada más lejos de la realidad. Orquesta y piano actuaron como dos entes separados, donde por momentos no se sabía bien quien reglase sus designios. La descoordinación fue evidente, los fallos, para cualquiera que esté familiarizado con la partitura, notables. Todo un pianista y director como Barenboim no despegaba sus ojos del atril – que dirija de memoria no es en él extraño –, y eso habla bastante poco en su favor. Aunque parezca lo contrario por la cantidad de grabaciones de referencia, pese a ser un concierto de renombre sus interpretaciones en sala son relativamente escasas, hecho que debió haberse previsto y prevenido con algún ensayo más de los escasos que se me antoja pudieron hacer. Con esa excelente combinación de músicos es la única explicación que le encuentro.

El refranero tuvo sin embargo en este concierto un digno ejemplo para cerrar el dicho popular con el que intitulé este texto. La primera sinfonía de Tschaikowski supuso en cierto modo una redención para el director y para la orquesta. La batuta cogió pulso, regresó la ausente precisión, la orquesta retomó su color y balance, se apreció un mayor trabajo en las dinámicas y el fraseo, y se mostró el sentido que hasta el momento había brillado por su ausencia.

Déjenme en todo caso dedicar unas breves palabras a un músico que estuvo allí presente, y que debería ser motivo de satisfacción para todos. Entre los primeros violines de la Staatskapelle se encontraba en calidad de academista el joven valenciano Carlos Graullera, un violinista que tuve el placer de tener como alumno en Zaragoza y que pone en evidencia el talento que, pese a las dificultades – cuando no impedimentos –, no deja de crecer en España. Faber est suae quisque fortunae.

 

 

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