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Beethoven antológico

Barcelona. 25/5/2018. Auditori. Beethoven: Cuarteto núm. 4, op. 18; Cuarteto núm. 9, op. 59; Cuarteto núm. 14, op. 131. Sotelo: Cuarteto de cuerda, núm. 4 “Quasals” vB-131. Cuarteto Casals (Vera Martínez-Mehner, Abel Tomàs, violines; Jonathan Brown, viola; Arnau Tomàs, violonchelo).

Lo antológico hace referencia a la selección y discriminación. El verbo griego “légein” correspondiente al “lógos” que está en su base significa discurso, pero antes hace referencia a “reunir”: buscar, recoger y reunir aquellos elementos que me sirven para construir algo. No cualquier material sirve para construir una casa si quiero que se mantenga en pie, y por eso hay que seleccionar primero, reuniendo y separando para que cada cosa esté en el lugar que le corresponde. Si agregamos “anthos” a “légein”, hablamos de escoger flores, el arte del florilegio latino, escoger lo selecto.

En la cultura actual dominada por el pensamiento débil, no tienen buena prensa los conceptos de discriminación, jerarquía o selección. Sin embargo necesitamos discernir entre la red de posibilidades hermenéuticas de obras que definen un género y un lenguaje, como son los cuartetos de cuerda de Beethoven. Por eso no es aventurado sostener que cuando necesitemos discriminar entre el ramillete de integrales, presentes o pasadas, la que está presentando el Cuarteto Casals deberá ocupar un lugar en el contexto europeo. Más o menos preferente, supondría entrar en disquisiciones y gustos, pero que deben ocupar un lugar es objetivamente subjetivo porque tiene sus razones. 

En un proyecto de alcance europeo, la formación decidió celebrar su vigésimo aniversario abordando esta ambiciosa integral de la cual escuchamos una pequeña muestra a falta de las próximas tres citas en el Auditori que la completarán. Bajo un enfoque de tendencia historicista, el Casals logra un mundo sonoro hondo y profundamente humano. Precisamente su pertinencia estilística radica en esa capacidad para recoger dos siglos más tarde el mensaje beethoveniano, ambiguo, detallista y dirigido al futuro. Con buen criterio, el programa contemplaba un testimonio de cada uno de los tres grandes períodos de su producción, desde el eslabón con la tradición clásica hasta el tardío. Al equilibrio de individualidades ya alcanzado, han sumado una excelencia puesta al servicio del espíritu de la obra. La exigencia y preparación de estos cuatro músicos hace que resplandezca la esencia del género y del concepto de música que culmina en Beethoven, una lección también política: no descripción plástica (relato infantil) ni discurso unívoco sino diálogo: un lógos que se comparte.

La técnica más perfecta es aquella que no se percibe: haciendo valer la observación del propio Pau Casals, abordaron una lectura incisiva del Cuarteto núm. 4 liderados aquí por Abel Tomàs, donde lo primero que destaca –entre todo lo que podríamos subrayar– es un trabajo muy escrupuloso de afinación: un andamiaje sobre el cual se ofreció versatilidad de color y pureza expresiva siempre conquistada, fruto de la ascesis. A continuación, en el “Razumovsky” una maravillosa gradación dinámica del fortissimo al pianissimo anunciaba no sólo dominio técnico sino también una concepción profunda de la partitura (dos aspectos que no se pueden desligar). La agilidad y transparencia de los dos siguientes movimientos culminó en un preciso Allegro molto.

 

El proyecto dedicado a la integral incluye seis encargos para acompañar los cuartetos beethovenianos: aquí también tenemos materia para pensar lo antológico, en la difícil y a veces fácil (por arbitraria) decisión de elegir compositores. Ninguna arbitrariedad con este Cuarteto de cuerda núm. 4 “Quasals  vB-131” de Mauricio Sotelo estrenado el pasado 25 de enero en Berlín por el mismo cuarteto en el contexto del mismo programa, una obra convincente y de oficio. Como ya ha explicado el mismo compositor, el nombre es resultado de una combinación de “Quásar” (las galaxias más activas, emisoras de una gran cantidad de energía cuya fuente procede de un agujero negro situado en su núcleo que no deja de absorber materia a su alrededor) y “Casals”. El “vB-131” que le sigue simula la nomenclatura astronómica y hace referencia a “van Beethoven op. 131”: el Cuarteto núm. 14 que le seguiría en el programa y fuente de inspiración de Sotelo. Aunque de expresividad más concentrada y austera, como en su tercer cuarteto domina un tratamiento rítmico personal y las resonancias del lenguaje flamenco en varios de los parámetros derivados sin embargo del material ya presente en Beethoven, aplicado a una pieza poliédrica, más geométrica que orgánica, ya que el trayecto salta por cinco unidades o atmósferas diferentes entre sí, al que el Casals le costó algo entrar: tras una primera donde descuellan líneas melódicas que se deshacen en un segundo momento de cristalización en átomos sonoros, adquiere relevancia la sonoridad flamenca antes de volver a meandros meditativos, atmosféricos, donde el cuarteto alcanzó los mejores momentos cuidando los desplazamientos microtonales y la tensión que se disuelve en el final. 

Ya con la dolorosa fuga al inicio del Cuarteto núm. 14 la formación abrió en canal la atmósfera emocional de la sala, mediante una unidad de criterio admirable desde la respuesta del violín segundo al tema inicial en el violín primero. La complejísima arquitectura a través de los siete movimientos resultó al final del programa agotadora y exigente, pero la formación no abandonó la prestancia y el rigor hasta el final, respirando como un sólo cuerpo en los vertiginosos silencios que separan las frases en el allegro final, redondeando una interpretación rotunda. 

Como única observación, la composición del programa que aunque meditada, concentraba en la primera parte dos cuartetos de lenguaje muy cercano –el cuarto y el noveno– y una segunda que proponía lo opuesto: por un lado la diversidad con la breve obra de Sotelo, por otro la extensión con el largo cuarteto de Beethoven, cuya audición se hizo ardua: habría bastado quizás sustituir el “Razumovsky” por el número 14. Quizás por razones de espacio, pero también lamentamos que en las brillantes notas elaboradas por Jonathan Brown no se hiciera ninguna referencia a las obras contemporáneas. 

La semana pasada, en la emisora de radio catalana de mayor audiencia a un periodista le sorprendía asociar el nombre de Mozart a una sinfonía, porque creía que sólo Beethoven había escrito “alguna sinfonía” (pensaría claro, en la Novena). Que en un país así un cuarteto de cuerda haya nacido y construido una trayectoria de veinte años como esta, alcanzando cotas antológicas con piedras de toque como esta integral, tiene un enorme mérito que se debe cuidar, alimentar y celebrar, como hizo una sala Oriol Martorell del Auditori repleta. 

Foto: Igor.cat.

 

 

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