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flauta aix patrick berger

Todos a una

Aix-en-Provence, 19/07/2018. Gran Teatro de la Provenza. Festival de Aix-en Provence. Mozart. Die Zauberflöte. Dimitry Ivashchenko, Sarastro. Stanislas De Barbeyrac, Tamino. Mari Eriksmoen, Pamina. Thomas Oliemans, Papageno. Kathryn Lewek, Königin Der Nacht.  Coro y orquesta del Ensemble Pygmalion Raphaël Pichon, dirección musical. Simon McBurney, dirección escénica.

Como si fueran los teatrales habitantes de Fuenteovejuna, todos los que participaron en la reposición de La flauta mágica que en 2014 estrenara en este mismo Festival el director inglés Simon McBurney, formaron un grupo compacto, unido, perfectamente coordinado y con la única idea de crear un espectáculo inolvidable. Y vaya si lo consiguieron. Pocas veces he salido más satisfecho de un teatro, sobre todo en el casi perfecto equilibrio entre dirección escénica y musical; entre cantantes, foso y escena. Y los responsables son sin dudas el imaginativo y genial McBurney y el talentoso director musical Raphaël Pichon y su estupendo grupo (coral y musical), el Ensemble Pygmalion. 

El año pasado, Simon McBurney presentó en Aix una producción divertida, espectacular y completamente diferente a lo que se suele ver en un escenario operístico de The Rake’s Progress (La carrera del libertino) de Stravinsky. Estamos acostumbrados a ticks, formas, maneras comunes cuando hablamos de las producciones de un mismo director. No es que todo lo de Carsen o Loy sea igual, ni mucho menos, pero sí que siempre se nota un marchamo, un sello de la casa, que nos hace reconocer el particular estilo de cada director. Es difícil que esto ocurra con McBurney. Su Stravinsky de ayer no tiene nada que ver con su Flauta de hoy (o de antes de ayer para ser rigurosos). Son dos creaciones completamente distintas. Sólo tienen un elemento en común, el toque del mago: nada por aquí, nada por allá y... tachán, aparece un conejo de la chistera vacía. El público suelta un ohhhhh prolongado y luego aplaude extasiado. En la Flauta que comento, esto ocurrió de forma continuada. Todos sabemos que Die Zauberflöte es una ópera que, aunque tiene indudablemente un lado serio, masónico, muy trascendental, suele abordarse de una forma más lúdica, incluso suele recomendarse para introducirse en la ópera y se crean con frecuencia versiones para niños. Es un cuento, sí, pero con mucho trasfondo personal de Mozart.

McBurney no toca ese trasfondo, ni nos lo intenta explicar, ni cambia nada. No da su versión de lo que quiso o no quiso decir Mozart, ni tiene que explicar nada en el programa de mano para que entendamos lo que pasa en escena. Allí todo es diáfano y claro. Tamino busca a Pamina, descubre que el lado oscuro es malo (la Reina de la Noche), se pasa a la luz de Sarastro, pasan las pruebas, con el cabeza loca de Papageno siempre por medio con sus cosas y al final todos contentos: la reina mala castigada (en este caso perdonada, una de las pocas libertades que se permite el director) y la verdad y la ciencia triunfando sobre el oscurantismo y la ignorancia. ¿Por qué entonces sale uno como en una nube después de ver esta Flauta? Porque todo esto es narrado de una forma tremendamente original, pensada al milímetro, llena de detalles técnicos apabullantes por lo bellos y lo sencillos a la vez que son: proyecciones de vídeo in situ (perfectas, sin el rebuscamiento y las pretensiones de otras, con momentos mágicos como la escena de la prueba del agua); ruidos de ambiente creados en una pequeña cabina en un extremo del escenario; un gran cuadrado central totalmente versátil donde se desarrolla la acción (montaña, palacio, lo que se necesite en cada momento) y con el que se juega a través de la luz y el movimiento; actores que mueven hojas que son los pájaros que captura Papageno... Podría añadir palabras y palabras y no terminaría de comentar cada uno de los elementos mágicos que pasan por el escenario. Nunca distrayéndote, siempre guiándote para que sigas la acción, casi obligándote a ello. Hasta la orquesta forma parte del espectáculo: desde que se reúnen en grupos en en el escenario antes de bajar al foso hasta cuando se levantan al unísono en el glorioso final. Todos a una siempre.

Vocalmente el nivel estuvo también, salvo alguna pequeña excepción, a la máxima altura. Destacar, sobre todos ellos la Pamina de Mari Eriksmoen. Una voz de un timbre exquisito, bellísimo, con volumen y sin ningún problema en toda la tesitura. Cada una de sus arias o dúos fueron un éxito, sería injusto destacar una sobre otra aunque tengo debilidad por Ach, ich fühl’s, donde estuvo especialmente soberbia. Destacó también (como todo el elenco) como actriz, transmitiendo perfectamente esa mezcla de ternura y resolución que acompaña al personaje.

Estupendo Stanislas de Barbeyrac, un Tamino con una voz más heróica de lo que suele ser habitual, ya que se tiende a elegir para ese rol tenores más ligeros. Eso resaltó el personaje, dándole un empuje y unas características especiales donde la gran proyección y el amplio volumen del cantante francés brillaron. Con esa potencia que lució se admiró aún más su canto más matizado y casi susurrado en los momentos más líricos. Implicado en la producción totalmente, fue otro de los puntales de la representación. ¿Quién no espera con expectación en una Flauta Der Hölle Rache? El aria de coloratura por excelencia siempre atrae toda la atención. Esta vez, la Reina de la Noche no era glamurosa, con un vestido de estrellas plateadas. Era una vieja cascarrabias que se movía en una silla de ruedas, pero su deseo de venganza era el mismo, realzado quizá por esa caracterización. Kathryn Lewek estuvo simplemente espectacular. No falló en ninguna de sus terribles pirotecnias y recibió la más sonora ovación de la noche, muy merecida. La sorpresa fue mayúscula cuando en los saludos finales pudimos comprobar que la soprano norteamericana está en un avanzado estado de gestación (ella misma confirma en su twitter que sólo le faltan estas Reinas y las del Festival de Peralada para coger la baja por maternidad). Trabajando, y de qué manera, hasta el final. Brava.

El entrañable Papageno estuvo defendido por un resuelto Thomas Oliemans que se adecuó perfectamente al papel tanto vocalmente como actor (tiene el papel más cómico de la ópera). Irreprochable en toda su actuación estuvo especialmente acertado en el aria del suicidio frustrado, donde pudimos apreciar sus buenas cualidades baritonales. Dimitry Ivashchenko fue un Sarastro competente pero falto de un volumen más completo, sobre todo en la zona grave donde estuvo en algún momento casi inaudible pese a la matización orquestal que señaló el director. Aún así, siempre tuvo buena presencia y su famoso dúo con Pamina estuvo a la altura de lo esperado. Excelentes las tres damas de la Noche y, por una vez (siempre es un punto flojo en las representaciones de esta ópera) los tres jóvenes (niños más bien) que acompañan a Tamino (disfrazados esta vez de una especie de gollums). No estuvo muy acertado Bengt-Ola Morgny como Monostatos y muy bien los sacerdotes que completan el reparto del templo de Sarastro. 

Personalmente, el mayor descubrimiento de esta edición del Festival de Aix ha sido el Ensemble Pygmalion. Tanto su orquesta, con sus instrumentos historicistas, como su coro. Son unos profesionales excepcionales, con una conjunción perfecta y una maestría que demostraron tanto en esta Flauta como en el Dido del día anterior, y encima interactuando con la escena. Maravillosos. Supongo que parte de culpa de esta perfección la tiene su director, Raphaël Pichon. El planteamiento del francés en esta representación fue curiosa. Si en los tiempos y arias más vivos no se diferenció de una buena versión que podamos escuchar, la diferencia la marcó los tiempos lentos, donde Pichon se recreó para que disfrutáramos de la belleza de cada frase, de cada matiz que Mozart creó para sus personajes. No sabría decir si nos mostró un compositor que añora la dulzura de las arias barrocas u otro que prevé los tiempos lentos románticos. Eso sí, no se conformó con un clasicismo a lo Haydn y nos dejó un regusto especial y bello en esos momentos. 

Ha sido un Festival interesante. Destacaría la tendencia, imparable en nuestro mundo y palpable en varias producciones, a la interculturalidad. También la calidad de las nuevas generaciones de cantantes y el entusiasmo que muestran frente a las figuras consagradas, muchas veces reacias a cualquier cambio que les suponga un esfuerzo. El empuje de los grupos historicistas que se van adentrando en terrenos más allá del barroco y de la solidez de las buenas orquestas, como la de París. Y el talento de unos y de otros que levantan un Festival diferente a los más clásicos (y seguramente con menor presupuesto) pero que tiene, después de 70 años, un marchamo que lo hace imprescindible en las citas musicales del verano operístico.

Foto: Patrick Berger.

 

 

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