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 florissants

Qual linea al centro, qual foco a sfera

Madrid. 07/06/2016. Auditorio Nacional de Musica. Ciclo Universo Barroco. Obras de Claudio Monteverdi, pertenecientes al Primer, Segundo y Tercer Libros de madrigales. Maud Gnidzaz (soprano), Francesca Boncompagni (soprano), Mélodie Ruvio (mezzosoprano), Paul Agnew (tenor), Sean Clayton (tenor), Joao Fernandes (bajo). Dirección de Paul Agnew.

Me resulta muy difícil escribir sobre algo que he vivido como excepcional; porque no tengo la menor duda en otorgar este adjetivo a lo que Les Arts Florissants nos ofreció el día 7, con la excepcionalidad añadida en mi caso de haber podido disfrutar del concierto en dos ocasiones, la que nos ocupa en el Auditorio Nacional de Madrid y tan solo dos días antes en el marco del Festival Pórtico de Zamora, en la iglesia de San Cipriano de esta ciudad castellano-leonesa. Y es que cuando en este corto espacio de tiempo, con circunstancias diferentes en lo que respecta al espacio en que tuvieron lugar, el resultado conseguido se eleva por partida doble a cotas que llevan a pensar en la práctica imposibilidad de superarlo, resulta complicado aportar algo que no sea una acumulación de elogios más o menos hiperbólicos y un intento torpe por transmitir lo que, estoy seguro, sintió la gran mayoría de los presentes en alguna de, o ambas, sesiones. Por tanto, centrándome en la función de Madrid, la valoración no puedo hacerla al margen de la que tuvo lugar en Zamora, porque ambas permanecen inseparablemente unidas en mi recuerdo y porque es en Zamora donde se revelaron algunas claves muy interesantes para comprender y valorar adecuadamente el programa.

El concierto, titulado Cremona, reproduce en su contenido íntegramente el de la grabación del mismo nombre, primero de la trilogía (el segundo sería Mantova y el tercero Venezia) dedicada a los madrigales de Monteverdi cuyo punto de partida es mostrar la evolución experimentada por el compositor durante su trayectoria vital centrada en estas tres ciudades; así pues, a su Cremona natal corresponde su obra más temprana, con una selección de su tres primeros Libros. La selección de las piezas y así como su orden responde a la elección personal de Paul Agnew, guiado en su decisión por unas líneas que nos reveló en la charla previa al concierto de Zamora. En primer lugar poner de manifiesto la aportación de Monteverdi en la evolución del madrigal desde el estilo conocido como Ars Perfecta, caracterizado por un desarrollo contrapuntístico e imitativo, en detrimento de la comprensión del texto, hacia la llamada Secunda Prattica, de escritura más sencilla y que permite la mejor comprensión del texto; en este sentido se justifica la presencia como primera pieza de Cantai un tempo, saltándose la cronología ya que pertenece al Segundo Libro, que está escrito en el estilo que ya comienza a ser anacrónico, pero que el texto mismo parece sugerir (“canté en otro tiempo...”). La segunda línea, derivada de la anterior, es la primacía otorgada por Monteverdi y sus contemporáneos a la poesía, de manera que la música pasa a ser casi un elemento subordinado al texto. Y la tercera, destacar precisamente la juventud del compositor, no solamente en cómo la música manifiesta los sentimientos y pasiones propios de ese período de la vida sino también enfatizando el genio del compositor al lograr alcanzar una perfección semejante a tan corta edad.

Y es que la selección ofrecida es un asombroso muestrario de piezas en las que es casi imposible destacar alguna sobre las demás, pues no solo son de una belleza en ocasiones casi insoportable, sino que sorprenden por la variedad de su concepción y escritura, funcionando unas por adicción de las líneas vocales, otras por sustracción (un desarrollo casi homofónico, del que se van desgajando las diferentes voces), otras donde predomina la imitación, aquellas donde se establecen dos planos que se desarrollan internamente y se van entrecruzando entre sí... sin olvidar la variedad de afectos que incluyen y sus diferentes caracteres, desde el pastoril al dramatismo presente en Vattene pur, crudel, antecedente en varios aspectos del muy posterior Combattimento di Tancredi e Clorinda, con el que comparte origen literario.

Catálogo de maravillas que solamente puede ser apreciado en su verdadera extensión si se consigue ver a través de las lentes de la perfección... ideal inalcanzable pero que estuvo muy cerca gracias a Les Arts Florissants, con una formación de seis cantantes (dos sopranos, mezzosoprano, dos tenores y bajo) aunque realmente solo cantaron todos en la pieza inicial, alternando diferentes formaciones a lo largo del concierto con un núcleo invariable formado por el bajo y las sopranos. Fue la suya una interpretación memorable, en la que destaca por encima de todo una conjunción pasmosa, inverosímil casi, donde resultó casi imposible encontrar desajustes, ni siquiera en aquellas piezas en que no cantó Agnew y por tanto no cumplía papel de referente para los demás... porque la labor de dirección, realmente, se manifestó previa, con un trabajo sin duda detallista en extremo, hasta dar lugar a una perfecta integración de todos los componentes, fuera cual fuera su alineación en cada madrigal concreto. Una prueba inequívoca de la versatilidad del grupo vocal de Les Arts Florissants sobre la que incide además el hecho de que de los integrantes de la grabación únicamente repitieron los tenores Clayton y el propio Agnew.

Un trabajo tan meticulosamente tejido pudiera llegar caer en una perfección mecánica... pero nada más lejos, antes bien intensamente comunicativo, como en las partes más “teatrales” con el Vattene pur, crudel donde se desarrolló un canto más emocional como colofón al concierto. Lectura conforme además a la que era una coordenada a tener presente, como hemos indicado, la relevancia del texto y por consiguiente su correcta expresión, que si bien no se puede calificar de demasiado “italiana”, está desarrollada desde la mesura y con la precisión y variedad (acentos, dinámicas, variaciones de tempo) que preside toda la labor. En este sentido, con el objetivo que el público tuviera presente en todo momento lo que se estaba cantando, la interpretación de cada pieza estuvo antecedida por la lectura del texto traducido a cargo de Fernandes, labor en la que demostró talento y buen uso de su privilegiada voz. La maravillosa forma en que se van incorporando las voces al comienzo de Non si levav'ancor, la asombrosa gradación de intensidad y velocidad en Questa ordì il laccio, la sutileza prístina de Ecco mormorar l'onde... multitud de momentos mágicos que constituyeron una experiencia musical como no es frecuente conseguir, y que si en Zamora se vió reforzada por el excepcional marco de la iglesia románica de San Cipriano, en Madrid se trató de consolidar acertadamente disminuyendo la iluminación de la sala y situando a los interpretes dentro de un círculo de luz en el escenario.

Naturalmente, aún desde el equilibrio buscado y necesario, no todas las voces participantes tuvieron la misma relevancia, pero realmente creo que sería casi mezquino analizarlas individualmente como si pudieran aislarse del todo en este contexto. En cualquier caso sí me permitiré destacar a aquellos con una mayor personalidad: Joao Fernandes, imponente toda la función con una voz resonante sobre la que parecía sostenerse toda la construcción musical como si de un sólido cimiento se tratase; y, una vez más, Paul Agnew, como cantante con técnica inatacable, dominador absoluto de su instrumento, del que sabe extraer hermosísimos sonidos en particular en la zona media e inferior, siempre al servicio del conjunto. Como máximo responsable hay que atribuirle los mayores elogios (admiración, si se me permite), por tener una visión propia de la obra monteverdiana, por su capacidad para llevarla a puerto y por hacerlo además desde la doble posición de cantante y director. Y por supuesto admiración incondicional a Claudio Monteverdi, que desde sus primeros pasos comienza a justificar el lugar que le corresponde entre los más grandes compositores de la historia.

 

 

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