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Bellini desde Verdi

A Coruña. 08/09/18. Palacio de la Ópera. Amigos de la ópera de A Coruña. Bellini: Il Pirata. Saioa Hernández (Imogene). Yosep Kang (Gualtiero). Juan Jesús Rodríguez (Ernesto). Pablo Carballido (Itulbo). Jeroboám Tejera (Goffredo). Carmen Subrido (Adele). Xosé M. Rabón, dirección de escena y escenografía. Coro GAOS. Orquesta Sinfónica de Galicia. Antonello Allemandi, dirección.

Il Pirata de Bellini viene siendo un poco el huevo como unidad de medida universal. Para el romanticismo italiano en la ópera, quiero decir y más concretamente para el binomio Bellini-Donizetti. Una partitura veramente drammatica, violenta, colmada de espressione, en la que se desarrolla el punto de inflexión de un hecho trascendental: la soprano como protagonista absoluta, como eclipse de todo. Una figura irrenunciable en hitos tanto donizettianos como mismamente bellinianos, que presuponen la figura de una gran dama sobre la que todo tiene lugar, dramática y musicalmente hablando. Imogene, que ve la luz en 1827, es la primera de ellas. Nace inmediatamente antes que la trilogía (o tetralogía) Tudor de Donizetti, antes que Lucia di Lammermoor y por supuesto antes que Norma, Elvira en I Puritani, o Amina, la Sonnambula. Además, muchas de ellas comparten al libretista Felice Romani como valedor de sus éxitos. De hecho, Romani puso texto en 1822 a una hoy día desconocidísima ópera de Donizetti: Chiara e Serafina (dos mujeres a falta de una), que lleva por subtítulo “ossia Il Pirata”, con escenario en la isla de Menorca.

Pirata, decía, supone pues el inicio de un momento histórico en la ópera y lo es gracias a que recoge todo lo que el joven Bellini ha alcanzado con apenas dos óperas anteriores, de las cuales podríamos decir que bebe. Así, esta nueva obra tiene de su Bianca e Fernando, pero al mismo tiempo reconocemos en ella otras músicas posteriores (hagamos el camino a la inversa) como son su Norma o sus Puritani. También en Donizetti: innegable es su influencia en Lucia di Lammermoor o Roberto Devereux, llegando hasta el Verdi primerizo con I Masnadieri o Ernani, al de su etapa media con Il Trovatore, y también al más maduro, pues la relación con Otello en su arranque es clara (cosas del drama, evidentemente). Y luego Wagner, el de sus inicios, que siempre idealizó su figura.

Más allá de la representación de la soprano como estrella absoluta, si podemos considerar este título como obra mayor es, por supuesto, gracias a la construcción de la melodía belliniana. Estuvo aquí a cargo de la Sinfónica de Galicia, demostrando una vez más que se encuentra en uno de sus mejores momentos. Con Antonello Allemandi al frente, desde el foso dibujaron un Pirata intachable, cargado de texturas, finura y cuidado en los planos, además de un pulso continuado, vital para esta obra. Quizá en algún momento podrían haberse forzado más los acentos, pero en definitiva asistimos a una lectura sólida y coherente que muestra toda la luz de una historia de violencia como es esta, al fin y al cabo. Regalaron momentos sensacionales, como pueden ser el tempo di mezzo en la página de salida de Imogene, la introducción al final de la obra, o la misma obertura, donde desde el primer segundo se nos sumerge attacco improvviso al fuoco de un Allegro de fuerza marina, sin medias tintas, en la que Allemandi y la Sinfónica estuvieron sensacionales.

La figura de Imogene, protagonista absoluta pues, estuvo aquí cuidada por la soprano Saioa Hernández, quien ya cosechó un enorme éxito en el Ballo in Maschera que los Amigos de la ópera montaron el año pasado, y quien será la primera soprano española en abrir la temporada de La Scala de Milán, con la Odabella de Attila, bajo la batuta de Riccardo Chailly. Vaya por delante, insisto, que Imogene es uno de los roles más complicados de todo el bel canto, sino el que más y no es que lo diga yo, es que lo dice ella: Montserrat Caballé, la última prima donna assoluta, que hizo del papel uno de sus grandes caballos de batalla. Fue precisamente Caballé quien estuvo detrás del debut de Hernández como Norma, después de que su hermano Carlos le escuchase cantar Il Pirata. Aunque la voz de la madrileña sea "esencialmente verdiana", como ella misma reconoce, no deja de haber algo de Caballé en ella... y eso es mucho. De hecho, hay un momento (cuando su marido Ernesto entra en escena), en el que quien escribe pudo ver su misma mirada... y la carne se le puso a servidor de gallina. Tal vez sea algo muy particular, pero de lo que no hay duda es de esa entrega al personaje, ya digo, desde medios más "verdianos". No hay tanto espacio para filados o filigranas en las coloraturas, pero hay un canto honesto y homogéneo, que se defiende muy bien en el registro grave al que en ocasiones desciende Imogene, y una construcción completa del personaje que permite disfrutar de una verdadera cantante de ópera.

Yosep Kang se las vió y se las deseó con el también complicadísimo papel de Gualtiero, un rol que estrenara el mismísimo Rubini, el tenor estrella del momento y protagonista en otras páginas bellinianas como Puritani y Sonnambula, amén de unas cuantas donizettianas. Aun con Duprez ya emitiendo agudos plenos, la técnica de Rubini seguía recurriendo al falsetone al subir al sobreagudo. Kang mostró intención y un registro medio atractivo, pero una zona alta que no rindió lo suficiente para lo que demanda la partitura. Por su parte, Juan Jesús Rodríguez derrochó medios para Ernesto, sonando recio y contundente con un perfil también más verdiano, especialidad del barítono, y regalando un villano a la altura de las circunstancias.

Acertado el Coro Gaos y muy acertados los papeles comprimarios, defendidos por Carmen Subrido como Adele, Pablo Carballido como Itulbo y Jeroboám Tejera como Goffredo.

Resultó en cierta medida decepcionante cómo la dirección de escena de Xosé M. Rabón no puso sobre la mesa la cosificación de la mujer por parte de los dos papeles masculinos, en un título como este, ni en realidad nada más allá del texto tal y como se concibió en el siglo XIX. Rabón se puso al servicio puramente de Bellini, algo que tanto demanda hoy día una buena parte de los melómanos. Ante esa concepción, su trabajo resultó, desde luego, acertado. Una noche de ópera a la antigua usanza, que también han de tener su espacio, sobre todo cuando se sube una sola función al escenario. Por lo demás, resulta espectacular en la otra medida, que Rabón haya sacado un trabajo escénico como el que ha realizado con los medios disponibles a su alcance.

Es obvio que los Amigos de la ópera de A Coruña hacen las cosas con gusto, que tienen conocimiento y cuidado para lograr el milagro que logran con el presupuesto que manejan. Celebran ahora los 250 años de su nacimiento… tiempo suficiente incluso para que los políticos, en cuyas manos descansas las subvenciones a la música, se den cuenta de todo ello. Alguien debería invertir de verdad aquí, en A Coruña, en todos. Me decía un buen hombre del público: “A mí no me gusta el fútbol, pero quiero que haya fútbol porque es bueno para todos, aunque yo no vaya nunca. Me gusta la ópera, no soy quien más entiende, pero me gustaría que todos comprendiesen que es necesaria en esta ciudad, para todos”. Efectivamente, con Bellini, Verdi, Wagner o Gaztambide… con la música disfrutamos, crecemos y ganamos todos.

Foto: Amigos de la ópera de A Coruña.

 

 

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