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Zarzuelea que no es poco

Madrid. 20/12/18. Auditorio Nacional. Ibermúsica: Concierto extraordinario. Obras de Barbieri, Chapí, Chueca, Giménez o Sorozábal, entre otros. Susana Cordón, soprano. Enrique Ferrer, tenor. Orquesta Sinfónica de Galicia. Miquel Ortega, dirección.

El título de esta crítica, parafraseando a ese grande del séptimo arte y el humor que es José Luis Cuerda, pretende ser un reconocimiento a la figura de Miquel Ortega, quien además de una hábil batuta y un excelso compositor, es un enamorado de la magia, de la poesía, del cine. En la actualidad musical de nuestro país, Ortega es una de esas figuras a las que podemos gritar: "¡Todos somos contingentes, pero tú eres necesario! (Alfonso Aijón, creador de Ibermúsica, sin duda sería otra de esas personas, ¡El munícipe por antonomasia!). 

Acaba el compositor de regalarnos varias noches mágicas en el Teatro de la Zarzuela, dando vida de nuevo a su Casa de Bernarda Alba con un elenco de cantantes extraordinarios y, de nuevo, con algunas de sus cientos de canciones, en esta ocasión en las voces de Carlos Álvarez y Leonor Bonilla. La pasión y el cuidado que siente Ortega por la poesía es más que evidente. Su trabajo no sólo con gigantes como Lorca o Hernández, sino descubriendo a figuras menos conocidas tal vez (e inexplicablemente) fuera de Cataluña como el modernista Carner o el futurista Papasseit es, ya digo, más que necesaria. Sentir a estos grandes de las letras a través de su música parece incluso imprescindible. Sin el más mínimo apropiacionismo cultural, que la cultura es de todos, nada me congratula más que leer cómo algunos juntalíneas de pensamientos trasnochados, rancios, caducos respecto a la sociedad, a la mujer y a las relaciones humanas, encuentran belleza en las obras de Ortega, ¡precisamente a través de autores como Lorca o Hernández! 

Otra de las vertientes de Ortega (¡porque aún nos quedaría la magia!), es precisamente ponerse al frente del apartado musical de grandes historias llevadas a la ópera y, especialmente, a la zarzuela. Obras que a menudo nos sirven para comprender cómo éramos y cómo somos, cómo (feliz e insuficientemente, diría yo) hemos evolucionado como sociedad. Es en este papel con el que ha acudido a uno de los conciertos extraordinarios de Ibermúsica, dedicado a la historia de la zarzuela romántica: de Barbieri a Sorozábal, pasando por Gaztambide, Chueca o Giménez, entre otros. Por muy extraordinario que sea este concierto, por muy navideño si así lo prefieren, Ibermúsica no es precisamente amiga de bolos o simplicidades. Si sirven zarzuela, tratan de que sea la mejor cocina posible la que le de vida en su menú. Y así ha sido. Alrededor de Ortega, la Orquesta Sinfónica de Galicia. ¡Qué barbaridad, pero qué barbaridad! piensa uno nada más comenzar el Preludio de La revoltosa. El sonido de la formación es de una opulencia pocas veces escuchada en nuestras orquestas. Me niego a decir que es un lujo para la zarzuela, es un lujo en sí. Lo cierto es que el nivel de nuestros atriles: Galicia, Comunitat Valenciana, Castilla y León, Nacional... vive uno de sus mejores momentos. ¿Por qué no un pequeño ciclo con orquestas españolas en Ibermúsica? Más de 20 años han pasado desde que escuchamos a la Sinfónica de Galicia por primera vez en Ibermúsica. Casi 10 desde la segunda y última. ¡Y suerte que está Ibermúsica!

El trabajo de formación y director resultó apabullante, ya digo, en cuanto a construcción de un sonido poderoso y una comunicación directa con el oyente, además de un cuidado especial en "cantar" con los solistas de la noche. A destacar también todos y cada uno de los breves momentos solistas entre sus profesores: el primer violín, las maderas, o los metales. El Preludio de Los arrastraos destila Chueca a cada compás y así hicieron que lo sintiésemos y, tras el Intermedio de La boda de Luis Alonso, en el que quizá hubiese jugado más con las dinámicas, pero es una visión ya muy personal sobre una lectura soberbia en cualquier caso, hubo parte del público que directamente se puso de pie a aplaudir, aunque aún quedase buena parte del concierto. Había razones para ello.

Las voces solistas fueron la soprano Susana Cordón, de timbre terso y buena dicción; y el tenor Enrique Ferrer, quien anunció indisposición y por elló eliminó una de las páginas previstas. En un canto entregado, con vibrato característico, quizá ese malestar le impidió mayor juego de dinámicas en sus intervenciones, que rayaron a gran altura, en cualquier caso. Es de agradecer también que ambos se prestaran a interpretar algunas partituras no tan conocidas entre el grueso del público que suele acudir al Auditorio Nacional, como pueden ser La rosa del azafrán, La alegría del batallón o Jugar con fuego. Ibermúsica ya hasta zarzuelea, que no es poco. ¡Bravo!

Foto: Marén Artists.

 

 

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