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OpusLiricaFlauta2019 

¿Mareas vivas?

22/02/2019. Donostia-San Sebastián. Auditorio Kursaal. Die Zauberflöte, de Wolfgang Amadeus Mozart. Marc Sala (Tamino), Ainhoa Garmendia (Pamina), César San Martín (Papageno), Nika Guliashvili (Sarastro), Jagoba Fadrique (Orador), Almudela Jal-Ladi (Reina de la Noche), Josu Cabrero (Monostatos/Segundo sacerdote/Segundo hombre armado) y otros. Coro Donostia Opera Abesbatza. Orquesta Opus Lirica. Dirección escénica: Pablo Ramos. Dirección musical: Iker Sánchez.

Estos días previos la capital guipuzcoana ha vivido una de esas situaciones que regala la Naturaleza y que hemos convenido en llamar “de mareas vivas”. Por ellas, tierras que normalmente están cubiertas por el agua se nos aparecen desnudas, construyendo paisajes infrecuentes y por ello hermosos, que invitan a los donostiarras y a los visitantes a descubrir imágenes inusuales. Pero por ellas también surge la cara menos amable, aquella en la que las aguas del Cantábrico ocupan las tierras ahora ocupadas por asfalto y un ser humano que camina deprisa y sin saber las más de las veces hacia dónde.

La ópera en Donostia parece vivir épocas de mareas vivas de forma permanente. Tras un puntual éxito parece que descubrimos el amor de la afición donostiarra por la ópera y, sin embargo, tras un varapalo parecen aparecer desnudas las carencias de una ciudad que, en lo lírico, parece haberse resignado a citas anuales en el marco de la veraniega Quincena Musical.

Así, hace exactamente tres años y tras el éxito de las funciones de La traviata un servidor escribía que parecía darse inicio a un largo viaje de la ópera en Donostia en forma de temporada estable. Aquella imagen protagonizada por cantantes, miembros de la orquesta y trabajadores de todos los ámbitos ocupando el escenario del Kursaal y en plena euforia por el éxito logrado nos ha acompañado como el punto culminante de la breve trayectoria de Opus Lirica; pero, al mismo tiempo, otras imágenes cargadas de tristeza y de frustración también las hemos conocido, como el inicial L’elisir d’amore o el último Orphée de Euridice, donde la respuesta popular fue más bien escasa.

Mareas vivas, mareas extremas e imágenes que perduran en nuestra memoria. La Naturaleza misma. Y la ópera, un arte tan hermoso como exigente también parece balancearse entre el éxito y el fracaso, colocando a promotores y entusiastas promotores al borde del precipicio. Antes de presentar las dos funciones de Die Zauberflöte que nos ocupan se vendió la idea de que el futuro de Opus Lirica podía estar muy ligado al éxito o fracaso de las mismas. Por ello contemplar un Kursaal, enorme, ocupado en un 70% no invita precisamente a la satisfacción. ¿Los precios, ahora sustancialmente rebajado? ¿Los títulos, reiterativos en exceso? ¿Quizás la relatividad de la supuesta afición a la ópera? ¿Los repartos, por ausencia de nombres de relumbrón?

No lo se, no soy capaz de sacar conclusiones claras; quizás la última razón sea la suma de distintos factores pero que algo ocurre es claro. Que no quepa duda de mis mejores deseos personales por la continuación de este o cualquier otro proyecto que trate de asentar la lírica en Donostia pero…

La función que nos ocupa ha tenido momentos de interés junto a otros desconcertantes. El resultado final pareció ser de agrado del público, que es, a fin de cuentas, soberano aunque intuyo que tal éxito está basado más en aspectos teatrales que en los estrictamente canoros, sin menoscabo de algunas prestaciones interesantes.

Wolfgang Amadeus Mozart nos plantea en Die Zauberflöte un juego vocal entre los extremos de la voz humana, con la Reina de la Noche (soprano de coloratura) y Sarastro (bajo profundo), un juego vocal en la que ambos personajes y contra todos los convencionalismos de la ópera son, respectivamente, la maldad intrínseca y la bondad racional. Por ello creo que los papeles más importantes son, precisamente, estos dos. Y precisamente en estos dos papeles tan significativos tuvimos los mayores problemas. La soprano canaria Almudena Jal-Ladi no acertó con el agudo final de su primera aria, Oh zittre nicht, pero creo, sinceramente, que eso no es lo peor. Accidentes así en un papel tan endiablado son normales; el problema es el fraseo anterior, en el momento de mostrar toda la aflicción de una madre desesperada a un desconocido temerario mientras implora que la rescate de las garras del “malvado” Sarastro, un fraseo sin poesía, construido a trancas y barrancas. Y ello se repitió en la segunda aria, la celebre Der Hölle Rache, que si bien se cantó con todas sus notas mostró en opinión de quien firma esta reseña las mismas carencias. Por su parte el georgiano Nika Guliashvili, habitual en teatros franceses, mostró una voz de centro apreciable pero con graves más bien toscos. En cualquier caso su Sarastro terminó mucho mejor de como comenzó.

La pareja de enamorados estuvo mucho mejor servida. El catalán Marc Sala enseñó la voz más bella y estilísticamente más adecuada de todo el reparto, la más mozartiana aunque, por desgracia, no pudo evitar algún pequeño accidente. En cualquier caso es de apreciar un timbre hermoso, un volumen más que suficiente y un fraseo notable. Su Pamina, la guipuzcoana Ainhoa Garmendia salió una vez más triunfante de su compromiso, demostrando tablas y buen hacer dramático. Es un valor seguro y nunca defrauda.

La segunda pareja vivió sobre todo de la escena Pa-pa-pa-Papagena, cantada y actuada toda ella dentro del patio de butacas y donde Cesar San Martín desplegó su capacidad actoral a la vez que daba a su Papageno la entidad vocal suficiente. Por su parte la vizcaína Irene Fraile fue su alter ego, una Papagena pizpireta aunque vocalmente débil en algunos momentos. Eso sí, su escena arrasó entre un público entregado viendo y disfrutando de los intentos de suicidio del pajarero con la “colaboración” involuntaria de alguna espectadora.

En el resto de los papeles muy bien el Monostatos de Josu Cabrero, faltas de unidad vocal las tres damas, a saber Itziar Martínez, Lucía Gómez y Leticia Bergara y pálido el orador de Jagoba Fadrique. Los tres niños, más allá de alguna inevitable desafinación sacaron adelante el reto de los tres genios y consiguieron el fervor popular en los aplauso finales.

El Coro, con su nueva denominación, tuvo momentos de cierta tirantez aunque en términos generales podemos decir que sacó su labor, por otra parte relativamente breve, con dignidad. La orquesta Opus Lirica estuvo bajo el mando del irunés Iker Sánchez, a quien ya tuve el placer de oírle en el mismo título allá por marzo de 2016 en Vitoria-Gasteiz y en peores condiciones por las condiciones de teatro y cuerpos estables y en esta ocasión el resultado fue desconcertante. A escenas trazadas con parsimonia y calculada lentitud se sucedían otras precipitadas y llegando hasta la descoordinación. Las dos arias de la Reina de la Noche sufrieron por ello.

La puesta en escena de Pablo Ramos es la clásica hecha con pocos medios y bastante imaginación. En realidad toda la propuesta parte de la colaboración entre Opus Lirica y la Ópera de Cámara de Navarra y la idea inicial es que toda la función es el sueño de un Tamino que es, en realidad, un trabajador en una biblioteca mientras Pamina es una joven lectora asidua a la misma. Así, durante la obertura vemos al Tamino bibliotecario trabajar rodeado de papeles hasta acabar dormido sobre su mesa y despertar al final para comprobar, asombrado, como se le aparecen su Pamina, su Sarastro y otros personajes del sueño convertido ahora en usuarios del servicio de lectura. Interesante. Durante toda la obra las distintas escenas e crean en torno a telares bastante sencillo pero eficaces.

Por cierto, los numerosos diálogos de la obra fueron ofrecidos en castellano además de ser severamente podados (lo que un servidor agradece). En algunos casos se apostó por la literalidad del texto mientras que en otros momentos, fundamentalmente los de Papageno, se apostó por la “morcilla”, es decir, el humor más previsible.

Las mareas vivas nos dan imágenes atractivas e imágenes duras, implacables. Ahora mismo me resulta difícil imaginar cual es el futuro de la ópera en Donostia en este formato: si una playa hermosa o un ciudad invadida por las aguas furiosas e invasoras. ¡Ójala la ilusión no decaiga y podamos escribir en unos meses unas nuevas líneas desde la orilla del Cantábrico! El tiempo nos lo dirá.

 

 

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