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Un paso medido

Bilbao. 22/06/2019. Teatro Arriaga. José María de Usandizaga: Mendi mendiyan. Ausrine Stundyte (Andrea), Mikeldi Atxalandabaso (Joshe Mari), Olatz Saitua (Txiki), Christopher Robertson (Juan Cruz), José Manuel Díaz (Kaiku) y Gexan Etxabe (Gaizto). Sociedad Coral de Bilbao (Dirección: Enrique Azurza). Orquesta Sinfónica de Bilbao. Dirección escénica: Calixto Bieito. Dirección musical: Erik Nielsen.

Supongo que para algunos comenzar cualquier reseña musical con una frase de Perogrullo puede considerarse hasta un dislate pero no me resisto a dar inicio a estas líneas diciendo que si nosotros no lo hacemos, ¿quién se animará a ello? Es decir, que si los vascos no nos lanzamos a dar a conocer nuestro –exiguo- patrimonio lírico, ¿quién va a arriesgarse en cualquier proyecto que incluya, por ejemplo, una ópera en euskera? Pues eso, que bienvenida, agradecida y aplaudida sea la propuesta que Calixto Bieito nos ha hecho desde la gerencia artística del Teatro Arriaga con la puesta en escena de Mendi mendiyan (título que puede traducirse por En la cumbre de las montañas), ópera que un joven donostiarra que respondía al nombre de José María Usandizaga estrenó allá por 1910 cuando apenas tenía 22 años. 

La propuesta de la composición, datada en 1909, partió de la Sociedad Coral de Bilbao, es decir, de la misma agrupación que ha cantado en estas dos funciones la breve parte coral de esta obra y perseguía, en su origen, crear tres óperas vascas que habían de surgir de la capacidad del citado Usandizaga, de Jesús Guridi y de Santos Intxausti. De este proyecto colectivo solo vio la luz la obra del donostiarra.

Hace cuatro décadas que no se veía escenificada Mendi mendiyan. Un servidor la ha podido ver antes en dos ocasiones utilizando siempre esa fórmula de gasto cero que se hace llamar “versión de concierto”. Ahora, y a pesar de lo fácil que parece adivinar que se contaba con un presupuesto casi miserable, al menos el Teatro Arriaga nos ha permitido ver la obra en toda su dimensión.

Mendi mendiyan es hija de su tiempo; en ella son perceptibles las influencias wagnerianas y el verismo italiano. Del primero, por el especial color orquestal, acentuado por la rica versión ofrecida por el director titular de la orquesta protagonista, Erik Nielsen; del segundo, la temática, que pisa tierra firme de forma contundente. Diría incluso que pisa tierra vasca con la temática más típica de la ópera: amor y celos, con resultado de  muerte y dolor.

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Mendi mendiyan es también esclava de un libreto dificilmente digerible. No son una ni dos ni tres las óperas que con música brillante superan libretos infumables y esta ópera podría ser parte de esta lista si consiguiera la popularidad que merece. Las debilidades del libreto son dos, en mi modesta opinión: por un lado, que el trazo de los personajes es simplista y maniqueo. Por otro, que el desarrollo dramático peca en exceso de previsible. 

¿Es un libreto maniqueo? Si los buenos son buenos hasta el agotamiento y los malos, malísimos hasta el hastío, si la dualidad es tal que los grises se diluyen, concluiremos que efectivamente este libreto peca de maniqueísmo. Y en cuanto a la simplicidad en el trazo de los personajes, atendamos a algo que intuyo es más que una aparente anécdota. El personaje malísimo es Gaizto, palabra que en euskera quiere decir precisamente malo, perverso. La hermana pequeña se llama Txiki, término que en euskera quiere decir pequeña; y la protagonista femenina se llama Andrea, palabra que en euskera significa mujer. Vistas así las cosas me parece claro que con tales “pistas” no hace falta elucubrar en exceso acerca de la personalidad de cada uno de los seis personajes.

Por lo que al desarrollo dramático se refiere, solo advertir que desde un principio sabemos que el pobre Joshe Mari, hombre enamorado de Andrea desde su más tierna infancia y bueno hasta decir basta va a acabar de forma trágica bajo la violencia de Gaizto utilizando para ello los ingredientes más típicos: el amor de Gaizto por Andrea no correspondido, el amor oculto de Joshe Mari por la misma mujer, los celos de Gaizto, la violencia del mismo y el perdón y/o resignación final de la mujer superviviente. ¿Puede dibujarse a principios del siglo XX un argumento más seguidista de la tradición del XIX?

Lo más morboso (entiéndase este concepto de la forma más amable posible) de estas funciones era comprobar qué hacía Calixto Bieito con una historia tan naif y previsible; vista la función y dando por bueno que el presupuesto económico ha sido escasísimo, constatar que todo el primer acto se liquida con un enorme plástico negro que tapa la vertical y la horizontalidad del escenario para en los dos actos restantes ofrecer a los ojos del espectador el esqueleto de un caserío en torno o sobre el cual se desarrolla toda la acción. Solo al final el verde de la copa de un árbol dará algo de color a una puesta en escena gris y negra en exceso.

Así pues, frente a la pobreza escenográfica Bieito sí acierta al tratar de dotar de atemporalidad a la escena. Todos los personajes están vestidos como cualquiera puede ir hoy en día. Andrea, con una mezcla de colores y sus leggings en plan poligonera con escaso gusto, Joshe Mari como un pastor con dinero pero sin intenciones, Juan Cruz como un convencional señor mayor, etc. Los coralistas, en su única escena, tal y como pudieron salir de casa. 

Es decir, quiero entender que Bieito nos habla que, en esencia, lo que sacudía al vasco de principios del siglo XX es lo mismo que nos sacude a principios del XXI; las pasiones, por lo tanto, no han variado y seguimos manejándonos por parámetros primitivos, terrenales. Y precisamente la tierra juega un papel simbólico importante en esta versión: sobre la tierra caminan a cuatro patas lobos y ovejas como caminan Gaizto, el enemigo y Txiki, el pastorcillo. Un elemento de la tierra es lo que corta con su hacha el aizkolari que participa de la romería del acto III mientras que un dantzari baila el aurresku, esa danza donde el contacto del pie con la tierra adquiere naturaleza suprema. Y quizás por ello, cuando a Andrea el dolor por la muerte de Joshe Mari le puede, vuelca sobre sí misma tierra, la misma de la que procede, la misma que pisa, la misma a la que vuelve.

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Entre las voces destacar dos aspectos relevantes: por un lado el enorme mérito del trabajo de la lituana Ausrine Stundyte para aprenderse en euskera una parte nada sencilla ni breve y que, casi con toda seguridad, nunca volverá a cantar. Dramáticamente impetuosa y vocalmente segura, dio a su personaje un empaque importante. De todas formas, el segundo nombre a subrayar es, como no, el de Mikeldi Atxalandabaso, tenor que se encuentra en un momento dulce y que se ha convertido en valor seguro. De agudo fácil y de gran credibilidad escénica, su Joshe Mari fue notable y muy aplaudido por el público.

No anduvieron a la zaga el resto de los personajes. Olatz Saitua es la Txiki oficial de las últimas décadas y enseñó su voz ligera pero de volumen suficiente. El barítono vasco-británico Christopher Robertson dotó a su personaje, el abuelo de Andrea de la autoridad necesaria a pesar de las limitaciones en la exigente franja aguda, mientras que las voces graves masculinas, José Manuel Díaz (Kaiku) y Gexan Etxabe (Gaizto) no estuvieron a menor altura. Quizás mayor gravedad en la voz de Etxabe hubiera ayudado a dibujar un Gaizto de mayor maldad, aunque por el lado actoral poco se le puede reprochar.

La parte coral en la romería del acto III parece fácil por ello de la música folkorica pero la oración es inclemente en su tesitura y se notó, sobre todo entre los tenores. Bien la Sociedad Coral de Bilbao, primera inspiradora de esta obra. Brillante Erik Nielsen, sacando todo el color orquestal, que es mucho, de una partitura que merece mayor difusión y a la que su Orquesta Sinfónica de Bilbao se entregó con emoción.

Concluyamos volviendo a Perogrullo. Los vascos tenemos un reducido patrimonio lírico y habremos de ser nosotros los que empujemos del carro de su divulgación. Que Mirentxu, de Jesús Guridi vaya al Teatro de la Zarzuela el año que viene es una gran noticia pero entidades como el Teatro Arriaga han de jugar un papel esencial en la recuperación, divulgación y grabación de nuestras obras. Contamos además con un grupo de cantantes de gran valor que pueden ayudar en ese proceso. Calixto Bieito ha declarado que le gustaría poner en escena el Gernika, de Francisco Escudero. Sería otro paso medido pero importante para que este Mendi mendiyan no se quede en mera anécdota.

 

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