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Siglo XXI: multitud de caminos

Una de las señas identitarias del Festival de Aix-en-Provence es su apuesta decidida a favor  de las nuevas creaciones en diversos campos musicales, pero especialmente en la ópera. Una postura en la que siempre las relaciones interétnicas y los conflictos sociales y políticos tienen relevancia. Una vez más, este año estrena un nuevo encargo operístico (Les mille endormis), además de mostrar por primera vez en Francia Blank out, estrenada en 2015 por encargo de la Ópera de Holanda. Dos producciones muy distintas que nos demuestran que el camino de la ópera transita en la segunda decena del siglo XXI por caminos muy diversos, en los que las fronteras entre las diferentes disciplinas artísticas se diluyen, y que los planteamientos, aparentemente contrapuestos, siempre tienen líneas que convergen en eso que llamamos ópera. 

 

Blank Out

Aix-en-Provence. 14/07/2019. Auditorium, Conservatoire Darius Milhaud. Van der Aa: Blank out. Miah Persson (la madre) Roderick Williams (el hijo) Nederlands Kamerkoor. Dirección escénica y musical: Michel van der Aa.

Estrenada por encargo de la Ópera de Amsterdam, el Festival de Lucerna y la Ópera de Roma, Blank out plantea una historia circular, una especie de Jano de doble cara donde, como en una novela de suspense, sólo al final intuyes cuál puede ser la verdad, si es que tal cosa existe. A partir de los versos de la sudafricana Ingrid Jonker, Michel van der Aa, auténtico factótum de esta producción (es el compositor, el responsable de la puesta en escena y de la película que forma parte de la ópera), desarrolla una trama musical, teatral, fílmica, hipnótica, que te engancha hasta el final de la obra. Una madre que recuerda al hijo ahogado, sus juegos infantiles, la maqueta de su casa teje un hilo que lo une a él. Pero  poco después es el hijo quien recuerda a la madre muerta al salvarle a él de morir ahogado y a la vez él va tejiendo hilos de recuerdos de su infancia. Los hilos se entrecruzan en la historia y en la representación, en la escena (con la madre presente) y en el film (que se proyecta en una gran pantalla y donde el hijo canta y cuenta su historia). Y se mezclan las técnicas: el teatro clásico y el vídeo. Creando un mundo especial, particular, hermoso e hipnótico, donde las imágenes en 3D crean sensaciones diversas pero siempre sugerentes (el público es provisto de gafas especiales al entrar en la sala). Esta trama se sustenta en una música, sobre todo vocal (muchas veces a capella, otras con un simple bajo contínuo electrónico de base) de una belleza tremenda. Miah Persson (la madre), poseedora de uno de los timbres más bellos que yo haya oído, deslumbra  en directo con ese canto que tanto debe a Britten pero que también busca conexiones con las canciones de John Dowland. Grabado, oímos también al barítono Roderick Williams (el hijo) y el Nederlands Kamerkoor (una especie de coro griego que acompaña a los protagonistas), creando entre los tres grupos vocales (maravilloso cuando la Persson de escena se desdobla en dos Miah más en la pantalla creando un trío de voces de igual timbre, de igual color pero creando una melodía preciosa) una composición de enorme atractivo.

Hay alguna concesión a la música electrónica que suena en contadas ocasiones y que realmente aporta poco a la historia, si no es para que nos situemos en este siglo y no nos perdamos en la Inglaterra del siglo XVI o XVII. La sensación final es de haber presenciado un trabajo muy bien pensado, inteligente y, sobre todo, muy bello.

 

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Les mille endormis

Aix-en-Provence. 14/07/2019. Maor. Les mille endormis. Théâtre du Jeu de Paume. Tomasz Kumięga (Le Premier Ministre), Gan-ya Ben-gur Akselrod (Nourit, son assistante), David Salsbery Fry (S. chef du Service de la Sécurité), Benjamin Alunni (Une voix du monde : Le Ministre de l’Agriculture / Un manifestant / Un cantor). United Instruments of Lucilin. Dirección de escena: Yonatan Levy. Dirección musical: Elena Schwarz.

La primera reflexión después de ver esta ópera de pequeño formato (una hora y veinte minutos de duración, un reducido número de instrumentistas apoyados por algún apunte electrónico, cuatro personajes) es la valentía de los autores de la obra, los israelíes Adam Maor y Yonatan Levy, a la hora de enfrentarse con un tema que levanta ampollas en Oriente Medio: las relaciones entre israelíes y palestinos. De forma respetuosa, pero evidentemente crítica, utilizando un imprevisible futuro para el marco de su historia, la obra plantea, sin una solución clara y con un tono eminentemente sarcástico, aunque el drama esté siempre presente, cómo el poder del estado de Israel resuelve los conflictos que se le plantean con el pueblo palestino. La conclusión que yo saqué del tema tratado es que ninguna medida radical solucionará el problema, más bien se volverá en contra del que la tome, y que ese futuro improbable pasa por el entendimiento, uno de cuyos puentes es sin duda la música.

Porque lo más atractivo de la ópera es sin duda la partitura de Adam Maor un reputado compositor (y profesor de música electrónica), de formación fundamentalmente francesa (en el Ircam parisino, que coproduce este espectáculo, y también en Aix) y con un compromiso político palpable (como demuestran los dos años de cárcel que sufrió por negarse a hacer el servicio militar) que lo une con el escritor y activista crítico con las políticas gubernamentales, Yitzhak Laor,  del que ha musicado algunos poemas, y que no extrañaría que inspirara esta composición. La música de Maor cabalga entre la más absoluta atonalidad y el sello de las vanguardias parisinas y una influencia del folklore judío y también de la tradición talmúdica (sobre todo en ciertas salmodias que salpican la obra), dando al conjunto un poder de atracción innegable. Cantada en hebreo, el compromiso de los cantantes con el espectáculo es total, especialmente el de Tomasz Kumięga en el papel de Primer Ministro y Gan-ya Ben-gur Akselrod en el de su ayudante, una atractiva voz de soprano que encandila en la melodía de raíces tradicionales Le soleil s’est levé. También muy bien S. jefe de los servicios secretos que encarnaba David Salsbery Fry y Benjamin Alunni que asumía diversos roles. Excelente la dirección Elena Schwarz al frente del United Instruments of Lucilin –genial el percusionista– atenta siempre a lo que ocurría en escena y manteniendo el nervio de la música en todo momento. Yonatan Levy firma también la dirección de escena, con una escenografía presidida al fondo por un andamiaje medio cárcel, medio hospital, donde figurantes (público de la función) que representan los mil palestinos detenidos, presos y que están en huelga de hambre (de ahí surge origen de la trama de la ópera: cómo dar solución a este problema sin que los palestinos queden libres ni mueran, ni la opinión pública mundial se les eche encima a los dirigentes israelíes) esperan la solución al conflicto, que las altas esferas deciden que sea durmiéndoles por tiempo indefinido. En la parte central se sitúa la mesa del Primer Ministro (lugar donde se decide la solución y se contempla el fracaso de la misma). Un movimiento escénico que bascula entre el dramatismo casi histriónico del político y la actitud hierática, a lo Wilson, del resto de personajes, completa la propuesta.

Al final, resulta muy estimulante asistir a estas representaciones a la que suele asistir gente interesada por las nuevas producciones operísticas y que aplaude con entusiasmo el esfuerzo de artistas, músicos y compositores que lo dan todo para que este género, siga vivo, se renueve, siga creciendo y abra nuevas puertas. 

 

 

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