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uchida baluarte mozart 2020

Poner a prueba el silencio

Pamplona. 08/01/19. Baluarte. Obras de Mozart y Widmann. Mahler Chamber Orchestra. Mitsuko Uchida, piano y dirección.

Poner a prueba el silencio, que no al silencio, aunque también. Es algo a lo que, de uno modo u otro, aspira todo músico. Todo gestor, toda persona comprometida con la música, en cualquiera de sus fueros. No obstante, por suerte, además siempre parece haber artistas que hacen de ello su, llamémosle así, obsesión. Una de ellas, sin duda, es la pianista Mitsuko Uchida; las conversaciones con ella siempre están salpicadas, antes o después, de silencio: "Lo maravilloso de la música es que siempre comienza desde el silencio". Es toda una filosofía desde la que parece haber edificado su arte.

Así lo ha demostrado una vez más en Pamplona, al frente de la Mahler Chamber Orchestra; formación con la que lleva ya años, afortundamante para nosotros, congeniando. Junto a sus atriles y los de la Cleveland Orchestra, decidió volver a Mozart de forma asidua, para prfundizar en él, de nuevo. Trabajado desde el silencio y en busca de su dramatismo, de su pre-romanticismo el Concierto para piano nº17 del genio de Salzburgo, Uchida apostó por la retención, en un comienzo maestoso, con esa suerte de marcha que bien podrían entonar Figaro o Leporello. Excelentemente bien planteada la introducción, con esa curiosa vuelta a la marcha que plantea Mozart antes de la entrada a solo del piano, con graciosa coloratura de la pianista en su derecha. Las pausas de efecto marcarían el Andante central (con excelente intervenión del trío oboe-flauta-fagot) y un tempo que se antoja más moroso de lo habitual, el Allegretto-Presto final. Aunque, en realidad, Uchida siempre lo ha concebido de esta manera, ahora parece evidenciarse más ese poso grave. Devuelve a este Mozart su caracter galante y lo aleja de la concepción "brillante" con el que se le marcó en el "redescubrimiento" mozartiano, ya en el siglo XX. El Mozart que Mozart quería... ¡apostaría!

En la segunda parte, el escogido fue el Concierto para piano nº22, ya sumergidos en el pre-romanticismo del que les hablaba anteriormente. Uchida y la Mahler Chamber lo potenciaron ya no sólo con ese proverbial fraseo mozartiano tan propio, tan particular de Uchida, (¡maravilloso en el último movimiento, trinos incluidos!), sino también en los marcados cambios de tiempo o, por ejemplo, en el drástico cambio de plano a forte de los vientos (volvió a brillar el trío antes comentado) al llegar el andante cantabile del mismo movimiento. Dotar de color a las notas no lo hace cualquiera, pero dotar de color al silencio, tan sólo unos pocos privilegiados, Uchida incluida. En la propina, teniendo en cuenta que no siempre las da, dependiendo de cómo se haya encontrado durante el concierto, ofreció un exquisito Bach.

Entre ambas obras, el arreglo que el propio Jörg Widmann (sin duda uno de los grandes compositores de nuestros días) ha hecho de su Cuarteto de cuerda nº2 para orquesta de cámara. No puede sino ser maravilla el reunir esta obra junto a Mozart, bebiendo Widmann tanto de Las siete últimas palabras de Cristo en la Cruz, de Joseph Haydn. Despliega el compositor a los atriles de la cuerda, todos de pie, casi como un pequeño bosque mozartiano, donde de nuevo los fulgurantes oboe de Mizuho Yoshii-Smith, flauta de Chiara Tonelli y fagot de Higinio Arrue Fortea se entremezclan, casi camuflados, para integrarse entre las sonoridades que Widmann persigue; donde en sus propias palabras: "el terrible roce de la piel y la madera se convierte en el centro de la pieza, que se combina con melodías tonales, de tipo coral". Busca el compositor que el ruido no signifique tan sólo desolación y la tonalidad no tenga por qué reperesentar confinza... y el resultado es poner a prueba a los instrumentos, que son tocados, literalmente, de todas las formas posibles, llegando a poner al límite el silencio - y con él, a los espectadores. Volvemos al principio: ¿quiénes de cuantos se dedican a la música no aspiran a poner a prueba el silencio? Widmann lo intenta y, desde luego, lo consigue; los últimos momentos creados en la partitura y en la atmósfera del Baluarte de Pamplona, lo atestiguan: la música se desvanece hacia el silencio, que no hacia la nada, con el público recogido, buscando su significado. Pura magia.

Foto: Baluarte Pamplona.

 

 

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