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Gardiner Beethoven Palau2020 A.Bofill 

Prometeo y la libertad

Barcelona. 09-14/02/2020. Palau de la Música Catalana. Beethoven: Sinfonías 1 a 9. Sir John Eliot Gardiner & Orchestre Révolutionnaire et Romantique. Lucy Crowe, soprano. Jess Dandy, contralto. Ed Lyon, tenor. Tareq Nazmi, bajo. Monteverdi Choir. Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana. Simon Halsey, director artístico; Xavier Puig, director principal.

El síndrome del papel en blanco se aparece como un abismo insondable después de haber vivido la integral de la sinfonías de Beethoven por Gardiner y sus huestes de la Orchestre Révolutionnaire et Romantique. ¿Qué explicar, escribir y sobretodo, cómo transmitir una experiencia que todos los que la pudieron experimentar no olvidarán jamás? Palau 100, y el todavía director adjunto del Palau y programador entonces, Víctor García de Gomar -actual director artístico del Liceu- agendaron el inicio del 2020 con el homenaje a Beethoven más grande y apasionante que uno pudiera imaginarse. 

Si todavía pervive en la memoria la integral de compositor de Bonn y la lectura que hicieron Gustavo Dudamel y su Orquesta Simón Bolívar, que este cronista pudo disfrutar también para su testimonio en Platea Magazine en marzo de 2017, la llegada de Gardiner y su O.R.R. ha supuesto otro hito para la historia musical de Barcelona. No es Sir John Eliot Gardiner un intérprete de Beethoven que deje indiferente, ni la calidad indiscutible de la Orchestre Révolutionnaire et Romantique una formación cualquiera, sino una orquesta que nació, ahora hace treinta años, precisamente para interpretar la música de Beethoven.

Los criterios historicistas, esto es, uso de una afinación más baja que la actual, acorde a la de los tiempos de Beethoven, uso de las cuerdas de tripa en los instrumentos, así como trompetas o trompas sin pistones, flautas de madera, etc…inciden en la búsqueda de un sonido original, lo más cercano posible, a lo que se supone fueron la interpretación de las sinfonías del compositor en vida. 

Si bien el criterio estilístico, la sapiencia musicológica y el talento de Gardiner y sus instrumentistas nadie los podrá poner en duda, afirmar o aseverar que este Beethoven es el más auténtico que uno puede escuchar hoy en día no entra en la concepción de libertad interpretativa musical de este cronista. Pero si que puedo afirmar, que este Beethoven, su fuerza instintiva, la fiereza dramática que palpita en cada sinfonía y la calidad sublime del sonido conseguido en estas citas ha sido una de las experiencias más fascinantes y apasionantes de mi vida como espectador de conciertos. 

Gardiner escogió presentar las nueve sinfonías en cinco conciertos planteados de manera siguiente: Concierto primero: 1ª Sinfonía, más extractos del ballet Prometeo, aria de concierto Ah! Perdido, y el aria central de Leonore en su versión original de 1805, interpretados con suma corrección por la soprano Lucy Crowe. Segundo concierto: Sinfonías 2ª y 3ª “Heroica”. Tercer concierto: Sinfonías 4ª y 5ª. Cuarto Concierto: Sinfonías 6ª “Pastoral” y 7ª. Quinto y último concierto: 8ª y 9ª sinfonía “Coral”.

Lo primero que hay que señalar es el número de primeros y segundos violines: entre 8-9-10 y 12 según la sinfonía, que supusieron la base de la cuerda en las versiones. También el hecho de que en las sinfonías número 4, 6 y 9 (menos en el Allegro vivace final), los violines y violas tocaron sentados, mientras que en el resto de sinfonías, 1, 2, 3, 5 y 8, tocaron de pie. Puede sorprender el hecho de que los violines y violas toquen de pie o sentados según la sinfonía, pero no deja de ser un hecho probado, en el resultado físico del sonido, que las interpretadas de pie tuvieron un extra de energía, naturalidad y ligereza, comparadas con las versiones sentadas donde predominó el clima más recogido, bucólico (4,6), no así en una 9ª donde la culminación del ciclo concentró todos los estados posibles en el sentimiento de la lectura. 

La lectura de Gardiner de Beethoven sorprende por su fuerza, su búsqueda de artistas en unas cuerdas siempre fibrosas, enérgicas y llevadas a un límite dramático que golpeó, como si de un bravo oleaje se tratara, a un público que vibró en cada concierto con una avidez in crescendo. En este sentido hay que destacar la Obertura y tormenta del ballet Prometeo en el primer concierto con la 1ª Sinfonía pero, sobretodo, la refrescante lectura de una Segunda absolutamente reveladora. Lejos de rememorar a Haydn o Mozart, aquí Gardiner apunta con su febril mirada al Beethoven de la 5ª o la 7ª, hermanando con brío y un ritmo marcial una sinfonía que suele quedarse en una especie de práctica de evolución juvenil y que en cambio aquí sonó con todo el peso sinfónico de una obra clave en el devenir de la estética beethoveniana.

Pero uno de los puntos culminantes de la integral fue sin duda le lectura de una 3ª Sinfonía donde el cambio y trascendencia del mensaje sinfónico apareció en todo su esplendor. La Eroica se desarrolló majestuosa y febril, con una viveza de colores, dinámicas expansivas y soberbio trabajo de las cuerdas, amén de maderas y metales en estado de gracia. La Marcha funebre sobrevoló el Palau como una sombra magnifica proyectada al futuro. La expresión, hondura y presencia del sonido sinfónico pareció premonizar a Brahms, pero también la impresionante fuga recordó al gran intérprete bachiano que es Gardiner, con un dramatismo sobrecogedor que estalló con solemne autoridad. El maestro británico no rehuyó tampoco la gracilidad sonora del Beethoven que da un paso más allá en su madurez compositiva e insufló heroísmo y frescura en un Finale que hizo estallar al público del Palau como en ninguno de los conciertos previos. No era el mensaje de un compositor decepcionado con una figura histórica, la grandeza del mensaje sonó como una búsqueda de libertad individual que brotó por cada uno de los cuatro movimientos. La figura del Prometeo que inició la integral volvió a asomarse en el camino atávico e instintivo de una lectura irresistible.

La Cuarta Sinfonía fue un contraste con la volcánica Quinta posteriori. Gardiner dirigió la op. 60 en Si bemol mayor, su favorita, según confesó a este cronista, con un hilo de Ariadna que la unió a la futura 6ª, pues la placidez bucólica de la pieza hizo rememorar la Pastoral. Destacar aquí con justicia la belleza del sonido de los clarinetes, que en el Adagio sobresalieron emitiendo un hermosa sonoridad y empaste con la orquesta. Si la 2ª Sinfonía fue de una explosión sorpresiva, la Tercera un punto de inflexión y expresividad, hay que subrayar que la interpretación de la Quinta fue el corazón neurálgico de toda la integral pues las prestaciones de Gardiner y la orquesta alcanzaron aquí las cotas más altas de excelencia interpretativa. Desde los celebérrimos primeros acordes del Allegro con brío del primer movimiento, la versión respiró furia, lirismo, pasión y una energía desbordante como un torrente que fluyó durante los cuatro movimientos de manera explosiva y libre. La sinfonía respiró libertad y fraternidad, dos de las ideas más nucleares de la Revolución Francesa, hito histórico al que Beethoven acudió como referencia inspiradora, no solo en la Tercera sino incluso aquí más todavía a nivel temático.

Existe un excelente reportaje de la BBC en la que el propio Gardiner desmenuza y explica porque la 5ª Sinfonía es quizás la de más compromiso político de todas. Trompetas fulgurantes en el Andante con moto, con un sonido brillante y atronador que aportaron luz a la cascada de las escritura de las cuerdas y al ritmo frenético que el maestro británico imprimió desde el inicio. La lectura fibrosa, casi muscular, a la manera de un cuadro de Migue Ángel, donde cada sección de la orquesta sonó diáfano, contundente y eléctrico, desembocó en los dos movimientos finales que rozaron los límites del tempo y de la respiración. ¿Pudo sonar la O.R.R. y la batuta que imprimió Gardiner, como el tempo y la energía de un Furtwängler del movimiento historicista? No sólo pudo, sino que que vino a la memoria el mítico director alemán por la fuerza rítmica, la belleza del sonido de las trompas y un metal soberbio que pareció iluminar la sala. La transición al Finale fue una explosión de luz coronada luego por la gran sorpresa que vino de la mano de los propios músicos y su canto a viva voz: “La liberté, la liberté” cantado en los momentos clave del movimiento en sendas escalas ascendentes. La licencia de Gardiner y los suyos, basados en la influencia confesa de los himnos de la Revolución Francesa que tanto inspiraron a Beethoven, produjeron un catarsis interpretativa inolvidable. Todavía resuena en la sala del Palau la explosión de júbilo del público después del acorde final.

Y de nuevo el contraste, otra de las señas de indentidad de esta lectura de la integral, vino con la 6ª “Pastoral”. ¿Qué podía ofrecer Gardiner después de la orgía sonora de la quinta del concierto anterior? Pues la sorpresa de una lectura apacible, serena, mesurada y con un sonido casi camerístico. Sorpresa sí, porque si en las anteriores sinfonías siempre hubo tensiones, contrastes y aristas, esta fue la única del todo el ciclo que respiró una extraña homogeneidad sonora, como una isla de hedonismo en medio de la tormenta beethoveniana. Gardiner refinó el sonido hasta convertirlo en una respiración continua desde el Allegro ma non trompo inicial y el conclusivo Allegreto final. Oboes, flautas, trompas, fagot, trompeta, un excelso sonido de vientos y metales insufló a la lectura una grandeza que incitó a pensar en Bruckner. La solemnidad naturalista y programática fue un remanso de paz antes del ritmo que supuso de nuevo la 7ª. De lo bucólico de la “Pastoral” al capítulo de fuerza telúrica de la 7ª. Gardiner afinó no solo lo frenético, sino también la hondura de un Allegreto donde de nuevo la influencia bachiana asomó con solemnidad. Imposible no destacar el gran trabajo de las trompetas de nuevo y la ejecución empastada de todas las secciones que cerraron con explosiva majestuosidad un Allegro con brio lleno de vida.

El último concierto se inició con una 8ª Sinfonía vibrante y juguetona, donde brillaron las cuerdas graves sobremanera y los golpes de arco, la respiración orgánica y diáfana y la jocosidad del Tempo di minuetto. La 9ª sinfonía se situó en un escenario abarrotado por los miembros del Cor de cambra del Palau, mezclados con los del Coro Monteverdi, en un encuentro sin precedentes para ambas formaciones. La grandeza de la lectura, conclusiva, contenedora de algo de todas las sinfonías anteriores (la dimensión hercúlea de la 3ª, el paroxismo de las cuerdas de la 5ª, la profundidad espiritual de la 6ª) cómo sonó el mismo carácter naturalista en el Adagio monto cantabile, y por encima de todo, la cumbre sonora del último movimiento, con la entrada solemne de las voces y el coro. Excelsa la prestación del bajo Tareq Nazmi, muy por encima de la discreción del tenor Ed Lyon, la profesionalidad de Jess Dandy o la diáfana belleza del timbre ligero de Lucy Crowe entre el cuarteto solista. Mejor rendimiento tuvo un coro que sobrevoló con trasnparente belleza el texto de Schiller. El Gardiner de Beethoven reivindicó la belleza de la libertad, de la fraternidad y de la igualdad, iniciado con el camino de Prometeo, continuado por un artista como héroe para reivindicar la figura humana como mesura de todas las cosas.

Una semana musical histórica para un director y una formación en el mejor punto de su madurez artística.

Foto: © A. Bofill

 

 

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