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Sangre y arena en la Deutsche Oper

Berlin. 28/05/2016. Deutsche Oper. Verdi: Il Trovatore. Murat Karahan (Manrico), Angela Meade (Leonora), Dalibor Jenis (Luna), Dana Beth Miller (Azucena). Dir. escena: Hans Neuenfels. Dir. musical: Roberto Rizzi Brignoli.

Al echar un vistazo a las fotografías de esta producción de Il Trovatore uno se teme lo peor. Verdi situó la acción de la obra en España, en Zaragoza para ser más exactos, pero este hecho, casi anecdótico hoy, pudiera no ser suficiente para justificar la galería de clichés y tópicos ibéricos que pueblan esta función. El director es Hans Neuenfels, el mismo que alcanzó fama y desprecio cruzando el límite en su Lohengrin de Bayreuth, esa producción en la que convirtió Brabante en un moderno laboratorio de experimentación biológica, y a sus nobles habitantes en bailongos ratones de tamaño humano. Los aficionados a la ópera ya saben bien de quién hablamos.

En esta producción que nos ocupa, la peripecia creativa ha sido menor, y al menos en una primera lectura, se ha limitado a exhibir y potenciar los elementos de la leyenda negra española, conectarlos con nuestra tradición taurina y finalmente sazonarlos con algunas vergüenzas recientes de la historia alemana. Un cocktail aparentemente imposible, pero que sin embargo funciona. No estamos diciendo que esta sea un producción redonda, pero tiene el interés de aquello que navega entre lo provocador, lo agudo y lo ridículo. Neuenfels muestra agudeza al entender bien que los personajes de Verdi, no corresponden a ninguna historia particular, sino que son símbolos intemporales. Y al hilo de la mitología hispana elige al torero como expresión de poder y virilidad violenta, a la princesa inocente convertida en matriarca gitana como símbolo de las fuerzas normalizadoras, y a la vagabunda como encarnación de la pulsión, de la furia enloquecida. Es el disparate del poder y de su abuso lo que llena este escenario y, por si al respetable no le hubiera quedado del todo claro, al final nos lo recuerda con unos cuantos presos de Auschwitz. Es en estos momentos cuando aparecen los otros elementos que mencionábamos: junto con lo acertado, lo provocador y lo ridículo se entremezclan continuamente durante toda la representación.

Y en todo este circo, en una reposición, y por sorpresa, nos encontramos con un cartel de cantantes de una calidad que ya los quisieran muchos estrenos de nuestros principales teatros en España. Confirmamos por enésima vez, que ni los grandes nombres son garantía de buen arte, ni los desconocidos de mediocridad. En eso precisamente consiste la magia de asistir a un directo.

El turco Murat Karahan protagonizó, como Manrico, esta función de reestreno. Su comienzo fue el más flojo de todos los que componen el cuarteto protagonista, seguramente porque como ocurre en demasiadas ocasiones, salió sin calentar. Pero también porque estuvo reservando fuerzas para "la pira" -vibrante clara y heroica- momento desde el cual todo mejoró. Es un estupendo lírico que atiende con gusto a la línea de canto -tanto como para obviar los staccattos de la partitura-, y puede presumir de agudos luminosos y potentes. Frente a él, la inmensa Leonora de Angela Meade, una estupenda todoterreno que fue la estrella de la representación. Tiene un canto a plena potencia sólido e imponente que le asegura el protagonismo en cuanto aparece; pero sobre todo convence como verdiana en la proyección de las medias voces y los pianos, delicados pero intensos. Dalibor Jenis hace un Luna autoritario pero a la vez poseedor del espíritu más lírico de todo el cartel. Por último, hay que alabar el estupendo trabajo de la mezzo Dana Beth Miller como Azucena: un color oscuro y medios vocales suficientes para mantener un diabólico empuje, desde las entrañas, durante cada segundo de sus intervenciones.

La dirección musical de Roberto Rizzi Brignoli entiende perfectamente el espíritu de la producción y, al igual que ocurre sobre el escenario, abraza el desenfreno. Su batuta es acelerada, ruidosa, sin espacio para las sutilezas ni las minuciosidades. Una lectura orquestal descuidada, que si funciona es por su descaro y ambición. Él momento que mejor refleja este punto es la canción de los gitanos, un animado desbarajuste inundado por la percusión, que aunque rayando lo vulgar, capta adecuadamente la esencia de un campamento nómada.

Al terminar el público alemán aplaude y entre algunos españoles del público reina la perplejidad. Entonces uno siente la necesidad de importar esta producción. Contribuiría a explorar el poder inconográfico de nuestra historia y a la vez realizar el sano ejercicio de despellejar algunas de nuestras vacas sagradas. Es imposible evitar una sonrisa al imaginar a nuestro conservador público contemplando un baile agarrao entre Cristo y un obispo en el bar de las torturas de la Inmaculada Concepción. La polémica y los abucheos estarían asegurados, pero de paso, seguro que algo aprenderíamos.

 

 

 

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