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maurizio pollini

Gran reserva

Berlín. 30/05/2016. Philharmonie. Schönberg: Sechs kleine Klavierstücke op. 9. Schumann: Allegro en si menor op. 8 y Fantasia en Do Mayor op. 17. Chopin: Scherzo No. 1 op. 20, Nocturnos op. 55 y op. 62, Scherzo Nr. 3 op. 39. Maurizio Pollini, piano.

Maurizio Pollini (Milán, 1942) es un maestro en el sentido neto del término, por su actitud, por su gesto y por su sonido. Habrá quien piense que han quedado atrás ya para Pollini los tiempos de plenitud, pero lo cierto es que hay pianistas que envejecen para bien, atesorando con el tiempo una hondura que quizá antaño no tenían. En la jerga vinícola se habla de un “gran reserva” para aludir a los caldos de gran calidad que han  tenido un mayor período de envejecimiento. Pollini es a todas luces un gran reserva. Siempre con pausa, el pianista italiano ha trazado una trayectoria impecable y magistral que abarca ya medio siglo, desde que en 1960 -con sólo 18 años de edad- se alzase con el primer galardón en el Certamen Internacional Chopin-Wettbewerb en Varsovia, debutando ese mismo año en la Scala de Milán a las órdenes de Sergiu Celibidache con el Concierto para piano No. 1 de Chopin. 

Lejos de afrontar una carrera meteórica como las que la mercadotecnia diseña hoy para los jóvenes talentos, de Lang Lang a Yuja Wang pasando por tantos otros que se quedan en el camino, Pollini decidió formarse con ahínco, en manos del gran Arturo Benedetti Michelangeli, de quien terminó siendo el principal y más aquilatado discípulo. Su debut en la Philharmonie de Berlín se produjo en 1970. Desde entonces Berlín ha sido un lugar de referencia para su agenda, singularmente en los tiempos de su amigo Claudio Abbado como director titular de los Berliner, estableciéndose entre ambos músicos un maridaje que todavía hoy se recuerda en la capital alemana. A mediados del pasado mes de enero se produjo de hecho su última actuación dentro de los conciertos de abono de la formación berlinesa, de nuevo con el citado Concierto para piano No. 1 de Chopin, esta vez junto a la batuta de Christian Thielemann.

La cita que nos ocupa era su cuarto concierto como solista en la Philharmonie, invitado por la Berliner Philharmoniker Foundation. Como en los tres anteriores, el programa incluía un lugar destacado para las partituras de Chopin, que ocupaban toda la segunda mitad. Para la primera parte Pollini había dispuesto las Seis pequeñas piezas para piano de Schoenberg y dos piezas de Schumann, el Allegro en si menor op. 8 y la colosal Fantasía en Do Mayor op. 17. Lo cierto es que la salud ha ido mermando las apariciones de Maurizio Pollini en los últimos años. Encorvado cada vez más sobre el teclado, sumamente concentrado, murmura entre dientes la música que interpreta, hasta un punto que a vecese resulta audible como en las grabaciones de Glenn Gould. Su cuerpo ya enjuto y de paso cauteloso alberga sin embargo un vigor inusitado en sus dedos, capaces de convertir un Steinway en una orquesta sinfónica, para acto seguido reducir ese sonido grandioso a un suspiro casi imperceptible. Su digitación es todavía hoy, exquisita, al margen de algún puntual alboroto

Con un sonido lacónico y seco por momentos, desgranó las piezas de Schonberg con una pasmosa facilidad, derramando sobre ellas una naturalidad que no parecía posible. Su Schumann se yergue con un tono imperial, como trascendente, huyendo del tremendismo pero habitando una evidente trascendencia. Hay un poso vital indudable detrás de una Fantasía en Do Mayor op. 17 como la que Pollini levantó en este concierto, como buscándose a sí mismo entre las teclas hasta terminar fatigado.

Su Chopin tiene la magia de la naturalidad, situado en un justo medio entre lo apolíneo y lo dionisiaco. Rehuye Pollini todo artificio, todo atisbo de sentimentalidad y se diría que se limita apenas a disponer las notas una tras otra, como en un encadenamiento lógico. Pero éstas se ordenan de tal manera, arrojan tanta verdad, tanta luz, que lo natural, lejos de precipitarse en lo ordinario, deviene extático en sus manos. Aclamado por un público en pie y casi ruborizado, Pollini ofreció tres propinas, agradecido y abrumado, casi consumido por el esfuerzo, paradójicamente tan grande y tan menudo.

 

 

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