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María Bayo: "Cuidar la voz es cuidar al público" 

Más de 30 años de carrera avalan a la soprano María Bayo como una de las cantantes imprescindibles en la historia de la lírica de nuestro país. Tras los primeros meses de confinamiento, nos encontramos con ella inmediatamente después de ofrecer su primer recital en muchos meses, en el Teatro de la Zarzuela, para hablar de su carrera y de la actualidad musical, que pasa por el lanzamiento de un nuevo disco, titulado Reflejos. Siempre valiente y sincera, hablamos largo y tendido con ella.

¿Cómo ha resultado la vuelta a los escenarios? ¿Como ha pasado estos últimos tiempos de confinamiento?

Mire, el día de ayer, en el Teatro de la Zarzuela, fue muy bonito. Es verdad que no me suele gustar especialmente el formato de concierto, pero ayer me salieron cosas muy espontáneas. Al final, con los bises, me solté un poco y entre uno y otro me salió decir: "Me siento tan a gusto de volver...". La gente respondió con un aplauso muy cariñoso. Y es verdad, estos tiempos están siendo muy duros. Desde enero no había pisado un escenario.

Un escenario, el de la Zarzuela, sobre el que cumple 30 años.

La Zarzuela es un teatro al que quiero mucho. Imagínese... ¡es que 30 años dan para mucho! De las primeras cosas que hice, algunas fueron en este teatro. Mi debut en la ópera en nuestro país fue aquí, con unas Bodas de Figaro. Hice una audición a Teresa Berganza en su casa. Por un amigo en común, tuve la suerte de poder cantar ante ella y que me pudiera indicar y qué pensaba de mi voz. Le canté la Susanna de Las bodas de Figaro y cuando empecé con el recitativo, se emocionó.

Ponerse a cantar Mozart, así de primeras, delante de Teresa, ¡es tener las cosas muy claras!

(Risas). ¡Más que seguridad, era la juventud, divino tesoro! (Más risas). Es que no me planteaba nada. Estaba delante de una persona a la que respetaba y respeto muchísimo. Lógicamente, cantarle Mozart a ella, podía parecer arriesgado, pero le gustó mucho. Justo un poco más tarde, Enedina Lloris, que en ese momento tenía mucha presencia como soprano lírico-ligera, tuvo problemas de salud y se quedaron sin la Susanna de Las bodas de Figaro que hacían en la Zarzuela y que iba a dirigir Antoni Ros Marbà. Como él tenía relación con Teresa, le preguntó si conocía a alguien... y ella le habló de mí. 

Teresa sabe siempre lo que se hace.

¡Y tanto! A raíz de esas Bodas, aunque ya había ganado varios concursos de canto, empecé a ser conocida en España. Fuera ya había cantado, por ejemplo, Pescadores de Perlas en Pisa, Lucia di Lammermoor... la propia Susanna de las Bodas en Marsella... Y seguía estudiando en Alemania. Tras esas dos Bodas, me llamaron ya para cantar en Opéra Bastille.

¿En esos momentos, cómo se sujeta una al suelo?

¡Juventud, divino tesoro! (Risas). En aquellos momentos no podías mirar atrás. Es tan voraz, tan rápido todo... tienes que estar a la altura de esos teatros. Recuerdo que Le Figaro hablaba muy bien de mí, también con Les Contes d'Hoffmann... es complicado el equilibrio entre lo que te dicen y lo que sientes, pero afortunadamente yo estaba muy centrada en la música. En Madrid, después vinieron Rinaldo y Carmen, las dos con Teresa. Con ella he vivido noches mágicas, aunque no te dieras cuenta en esos momentos. Y siempre he amado la música que hacía, profundamente. Creo que por eso he tenido siempre tanta complicidad con Teresa, por ese respeto que ella siempre ha tenido por la partitura, por el compositor, por todo. Algo que en aquellos momentos, en España, no se estilaba tanto.

Y un respeto por la voz que, en ocasiones, me pregunto si se ha llegado a entender.

No. No se ha hecho. Incluso dentro de la profesión. Hay personas que, directamente, no llegan a comprender que la voz es algo que hay que proteger por encima de todo. No es una cuestión de ser divas o caprichosas. La voz necesita unos cuidados, unos mimos concretos... no puede estar pendiente de todo el mundo que la requiere. Yo el día antes de una función o un concierto, me retiro. No hablo con nadie. Y voy más allá: cuidar la voz es cuidar al público. Respetarlo. Ese público que se merece que tú estes en la mejor forma posible, en perfectas condiciones. Hoy en día, siempre en realidad, aunque ahora más aún, si hago lo que hago, es con un respeto a la música y a la voz. Si no, no me interesa hacerlo. Yo ya he hecho casi todo. Llevo 30 años de carrera. El otro día me enseñaron un video que no conocía, en el que Lorin Maazel me da indicaciones, preparando el rol de Zerlina en Salzburgo.

Allí ha cantado usted la trilogía Da Ponte al completo.

Dos veces, de las cuatro temporadas que canté allí. En una de ellas, Maazel se retiraba y le realizaban un documental. Me ha encantado ver ese video, la verdad. Es tal la exigencia que te impones a ti misma y que imponen esos teatros y festivales... todos en realidad, que casi no te das cuenta de lo que estas viviendo. En aquellos tiempos, yo estaba en mi casa dos días al año. Si no estaba cantando una ópera, estaba montando otra, y si no con mi répétiteur de Viena, o con mi répétiteur de París. Yo he tenido una relación con la música que hoy en día no se valora. O no se hacen las cosas del mismo modo. Si tenía que cantar Pelléas et Mélisande, me iba a la mejor répétiteur que conocía ese repertorio: Irène Aïtoff, para profundidar en el estilo, en la pronunciación...

Usted ha abarcado bastante roles a lo largo de su carrera, pero siempre haciéndolos suyos.

Absolutamente. No puedo cantar el Barroco que canté ayer, como el Pagliacci que canté en tal otro sitio. Hay que adaptar todo. La forma, el estilo, la voz... no significa que no puedas abarcar repertorio muy diferente entre sí, pero sí que tienes que darle tu propia forma.

Con todo, aún abarcando bastante en su carrera, tengo la sensación de que la ha llevado por donde usted ha querido. Su voz la asocio con el Barroco, como con Mozart y a Rossini.

Sí, esos son justo los tres pilares sobre los que he cimentado mi carrera, pero por ejemplo el repertorio francés también es muy importante y aquí en España no se me conoce tanto. He hecho mucho repertorio francés, desde la Micaëla hasta las canciones que presento en mi nuevo disco, por ejemplo. Desde el principio, he tenido la suerte de tener a Teresa Berganza aconsejándome.

Sin Teresa, ¿su carrera hubiese sido la misma?

No lo sé. No lo podemos saber, pero lo que tengo claro es que he tenido el lujo y el privilegio de tenerla cerca. Yo creo que para poder llevar una carrera adelante tienes que rodearte de gente que te escuche, que te quiera, que te pueda guiar en ciertos momentos... y que obviamente, sepa de lo que te está hablando. Y luego, de ti depende escuchar o no escuchar. Por supuesto, llevarte bien, entender y encajar con quien te aconseja es muy importante. Hace mucho. Yo siempre he escuchado con muchísimo respeto todo lo que ella me decía.

Hablando de usted, no sé si valoramos suficiente, más allá de su carrera, su papel como puente generacional, muy necesario, entre aquellas que llamamos divas y las nuevas generaciones de sopranos. Igual que pueden serlo José Bros o Juan Pons en sus respectivas cuerdas.

Sí, puede ser así, nunca lo había visto desde ese punto de vista. Lo que tengo claro es que he sido muy metódica en mi amor por la música. Gracias también a que tuve una profesora en el conservatorio que me enseñó una técnica muy buena, muy germánica en la visión de la ética musical. Yo fui al conservatorio con 17-18 años. Había hecho un poco de solfeo con las monjas, tocando la guitarra, y quería continuar con ella, además de cantar en la Coral de Citruénigo. Cuando entré en el conservatorio, lo que me propuse es que quería estudiar, sentir la música. Al no conseguir plaza para la guitarra, yo era tan naif que ni siquiera pensaba que mi voz valiese tanto como para que fuese mi instrumento, pero quise aprender canto para ver si algún día era capaz de cantar en la Coral de cámara de Pamplona... esas eran mis pretensiones, ¡Imagínese! (Risas). La audición del conservatorio la hice con la guitarra, porque por aquel entonces yo cantaba por Mercedes Sosa, Mocedades... ¡y me aceptaron! Y de ahí pasé a cantar, lo primero de todo, un dúo de Bach... y de ahí a acabar estudiando en Alemania.

 

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Durante el confinamiento, el Teatro de la Zarzuela lanzó una serie de videos con artistas a través de sus redes sociales, para mantener el ánimo. Me llamó la atención que de todos ellos, creo, la única que hizo una reivindicación sobre la educación musical, fue usted.

Es que es imprescindible. Fundamental. Yo he vivido lo que es la educación musical en Alemania, como le comento. La vida musical allí se vive desde la escuela, desde la casa. Si ya desde escuela, aquí, no nos enseñan lo que es la música y no sólo la música, sino el arte, la cultura en general, estamos abocados al fracaso como sociedad. Y aquí, además, ponen a todos los niños a tocar la flauta con un sistema malo; todo se hace de mala manera. Yo comprendo que los niños digan: ¡qué pesadez! ¡No quiero saber nada de la música! Se ha hecho todo muy mal, pero la educación musical es imprescindible y hay que reivindicarla. Es que, además, así estamos formando a los futuros oyentes, a los futuros espectadores que van a mantener el sistema de la música en nuestro país.

Le preguntaría si esta crisis la va a volver a pagar la cultura. Otra vez, pero no sé si a la cultura le queda algo ya con lo que pagar, de tantas veces que ha pagado la cuenta...

Es que está siendo y va a ser muy duro. Y claro que nos van a hacer pagar la crisis a nosotros. Somos músicos, les damos igual. Sin que terminen de darse cuenta que durante esta pandemia, lo que ha mantenido a tantas personas a flote, anímicamente, ha sido la cultura. Es una contradicción total lo que pasa con los discos, por ejemplo. Ahora lanzo un disco, que grabé hace dos años, con música preciosa de Bizet, Lecuona... junto al pianista Rubén Fernández Aguirre. He tenido la suerte de hacer mucha discografía, ¡pagada! Ahora, en los últimos tiempos, si quieres sacar un disco, tienes que pagarlo tú. ¿Por qué tenemos que darlo todo gratis los artistas de la clásica? Ahora se emiten por streaming funciones y conciertos. Antes, cuando algo así se retransmitía, te pagaban. Poco, lo que fuese, pero eras valorado. Ahora no, ahora tienes que tragar, más. Es una contradicción absoluta. Todos consumimos millones de canciones y sólo se paga a los artistas pop. A los clásicos... es patético.

¿Qué va a recoger en él exactamente?

Hay variedad de compositores: Lecuona, Bizet, Guastavino y Max Moreau, bajo el título de Reflejos. La peculiaridad del disco es que recoge una parte de mi repertorio poco conocida, como es la música francesa que, sin embargo, he cantado muchísimo. También he cantado mucho música sudamericana, pero no la había grabado tanto. Es una recopilación, en realidad, de los conciertos que he ido ofreciendo en los últimos tiempos. De todo, quizá lo más curioso es la figura de Max Moreau quien, aunque era músico, no era su profesión. Él era pintor. Desde la Diputación de Granada nos propusieron grabarlo a cambio de financiar el disco, porque él se afincó allí e incluso donó su casa a la Diputación. La verdad es que nunca nos financiaron el disco, pero grabamos sus canciones. Prometen mucho las instituciones, pero luego no hacen nada. En cualquier caso, la música de Moreau, que era belga, es muy remarcabale. En ella se recoge muy bien lo que él era como pintor. Es como si diera pinceladas de todo ese paisaje que él evoca a través de sus canciones.

¿Le damos el lugar que merece a la música sudamericana?

No lo sé, efectivamente. No tengo claro que le demos el suficiente reflejo, nunca mejor dicho, en nuestros programas y conciertos. Por eso en este disco recojo una parte de Guastavino que no se escucha tanto y, sobre todo, este Lecuona, que es un compositor maravilloso que he cantado durante muchísimos años. Quizá me equivoque, pero creo que no se habían realizado grabaciones de estas canciones, hasta ahora. Me parecen fantásticas. En general, en mis recitales siempre he intentado hacer una parte de compositores centro-europeos y una parte de canción española. No sólo de España, sino también sobre el idioma español en sudamérica. 

Hablando de España, siempre que hablo con músicos, la palabra "España" está asociada inmediatamente a la palabra "fuera".

Absolutamente. Ahora hay por qué que quejarse, pero en mí época había muchas menos opciones. Y con todo, musicalmente hemos degenerado una barbaridad. Dirán lo que quieran, pero la situación musical de nuestro país es muy triste. Llegamos a vivir una época aparentemente muy buena, como de euforia, que no sabíamos ni de dónde sacábamos el dinero, en la que se construyeron un montón de teatros y auditorios. Y hubo un momento donde mucha gente pudo formarse, pero todo quedó en un intento. Hubo una época en la que cantar en España, me compensaba. Tuve mucha suerte en ese aspecto. La época de la reinauguración del Liceu, por ejemplo, fue preciosa. En el Teatro Real, sin embargo, no he cantado tanto... Manon, con García-Navarro. También quería que cantara Traviata en Madrid, pero lamentablemente falleció. También he cantado aquí Pagliacci, Goyescas, Giulio Cesare, Il barbiere di SivigliaDon Giovanni...

¿Hubiese cantado esa Traviata?

(suspira). Pues... no lo sé... con él igual sí. Con él, sí. Dos días antes de su muerte, me llamó por teléfono para decirme que la cantase. Él estaba ya muy malito... y en aquel momento no me atreví. No, porque en este país, ese tipo de repertorio está asociado a ciertos estereotipos.

¿Hemos aprendido a disociar la imagen de cantante de ópera, de Verdi y Wagner? Parece que no se pueda hacer carrera fuera de ellos.

No, qué va. No se ha aprendido en absoluto. Efectivamente, en este país todavía estamos muy cerrados en que una cantante sólo es cantante si canta Verdi o Puccini. Una carrera a base de Rossini y Mozart parece una entelequia. Recuerdo unas frases de Sinopoli, con el que tuve la suerte de trabajar, en un Stabat Mater rossiniano con Cecilia Bartoli, que me dijo: "María, vamos a hacer muchas cosas juntos". Hicimos Segunda de Mahler, Novena de Beethoven... hasta que me dijo: "María, tienes que cambiar de repertorio. Con Rossini y Mozart no te va a conocer nadie". ¡Un italiano! ¡Un italiano que hacía verdadera música! La triste realidad.

¿Se siente reconocida en España?

(Piensa). Mire, ayer, en el Teatro de la Zarzuela se vio que sí. El público me quiere. En España ha habido un gran... problema... conmigo. He sido reconocida durante un tiempo. Muy reconocida. He cantado mucho y el público me adora. Lo noto, se me acerca gente que recuerda como algo excepcional Pelléas et Mélisande, Pagliacci, La Calisto... Todo ese calor, pude sentirlo ayer... pero estos últimos años han pasado cosas, que me han apartado de la programación. Creo que cierta gente ha querido apartarme de la ópera aquí. Yo sigo trabajando, haciendo mi música, pero me siento apartada.

Sin entrar en detalles si no quiere darlos, pero en esos momentos, ¿se sintió arropada por su profesión? Usted ha sido muy valiente en un mundo que parece un tanto hipócrita...

Mire, lo voy a contar. Pasó lo de Bilbao... y me sentí muy poco acompañada. Muy poco. Nada. Pero yo no tenía nada que perder y además sabía que tenía la razón. A partir de aquello, las óperas me han dicho: No. Todo aquello fue algo que no tenía que haber ocurrido. No teníamos que haber llegado a eso. Si hubiese sido que, a lo largo de mi carrera, me hubiese enviado a casa Sinopoli, Maazel... lo hubiese aceptado, pero en ABAO, en ese momento, no estoy tan segura de que se supiera siquiera quién es Mozart. Fue todo muy ingrato. Me ha costado mucho asimilarlo y no, no me sentí arropada. Aquel episodio ha motivado que muchos teatros recelen a la hora de contratarme.

Lo ocurrido, ¿le ha hecho dudar de sí misma?

(Piensa mucho). No, porque tengo una carrera que me avala, pero son momentos duros, muy difíciles. Tener que ir a un juzgado a defenderme. Y ganando, aunque no gané toda la indemnización que hubiese querido, más que nada para que hubiese creado precedente. Que nadie pueda sentir que los cantantes somos basura. Que no llegue cualquiera y pueda despacharte sin respeto. Ni respeto al teatro, al director del cast... A mí se me envió a mi casa de un día para otro, sin casi escucharme. Viajé desde mi domicilio al teatro y al día siguiente ensayamos. Igual no estaba en mis condiciones más óptimas, pero teníamos 15 días de ensayos por delante... Por suerte tengo mi carrera. Tengo mi prestigio. Si hablan de María Bayo, la gente sabe quién soy. Y siempre he sido muy coherente. Conmigo misma. Con mi carrera. Con la música. Con el tiempo. La gente me respeta por todo ello.

En general, en su carrera, o usted en concreto, ¿se sufre más de lo que se muestra a los demás?

Sí, claro. Lógicamente. En una carrera hay muchas decepciones y sumado a lo sensibles que somos los cantantes, hay momentos en los que se pasa muy mal. A mí, por ejemplo, recuerdo que me costó muchísimo remontar de unas funciones en Pésaro, cuando cantaba Bianca e Falliero. En la primera noche alguien me abucheó. Era la primera vez en mi vida que alguien me abucheaba. Me quedé seca. Seca. Yo, que venía de Salzburgo... fue un palo. La gente me decía que apenas se había oído, ¡pero yo lo había oído! Es como cuando alguien se duerme en su butaca... a quien ves es a esa persona, no a todos los que tiene alrededor, felices y sonrientes. Luego una piensa que han abucheado hasta a la mismísima Caballé, y aprende a relativizar... hasta lo de Bilbao, que fue realmente feo. ¡Y que nadie salga a defenderte! ¡Qué el director artístico no haga nada! No tuvo el valor de decirle a esa directora: espere, es el primer día, vamos a dejar que se asiente y después hablamos lo que sea necesario. Eso fue lo que más me dolió.

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Fotos: David Ruano.

 

 

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