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Gustavo Gimeno: "Aún hoy sigo aprendiendo de Claudio Abbado"

Nacido en Valencia, en 1976, Gustavo Gimeno es una de las batutas españolas con más proyección del momento. Desde la temporada 2015/2016 ostenta la titularidad de la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo. Asistente de Claudio Abbado, pero también de Jansons y Haitink, afronta ahora una gira por España con su orquesta de Luxemburgo, con conciertos en Madrid, Valencia, Zaragoza y Alicante. Ante su paso por nuestro país, conversa con Platea Magazine acerca de sus orígenes, el momento profesional que atraviesa y los planes que le esperan.

Tengo la sensación de que ha ido todo muy rápido en muy poco tiempo. ¿Le ha dado tiempo a hacer un balance, a tomar cierta distancia sobre la evolución de su carrera como director?

Es humano acostumbrarse con rapidez a las nuevas situaciones. En efecto ha ido todo muy rápido pero tampoco me ha cogido siendo jovencísimo, con dieciocho años. Tengo ya una madurez personal y profesional que me permite ver las cosas con perspectiva.

En pocas palabras, ¿cómo pasa de ser un percusionista a ser un director de orquesta?

Lo primero es que cuando yo obtuve un puesto de trabajo en el Concertgebouw fui inmediatamente a estudiar dirección, en la medida en que vi que tenía horarios más organizados. La dirección ya me había interesado antes, había tomado algunas clases, pero no de forma sistemática, nada serio. Me matriculé pues en el conservatorio de Amsterdam, empiezo a dirigir conjuntos amateurs y así transcurren varios años, hasta que conozco a Mariss Jansons. A partir de ahí, comienzo a trabajar como asistente y todo se precipita a lo que es mi carrera hoy en día.

Figura fundamental en su caso, siempre mencionada, fue Claudio Abbado. ¿Qué le queda hoy en día de su encuentro con él? ¿Cómo ha ido destilando esa suerte de haberle tratado en cercanía?

Hablar de Claudio Abbado, en mi caso, significa hablar de muchas cosas. Pienso que aún hoy sigo aprendiendo de él, incluso sin poder tenerle cerca. Recuerdo todas las conversaciones, recuerdo mirar las partituras juntos, incluso viendo vídeos de sus conciertos encuentro detalles en los que se advierten decisiones que puedo discernir y adivinar en qué están fundamentadas. Abbado me abrió su mundo, me dio mucha confianza, compartimos muchos y grandes momentos y eso es algo que llevaré conmigo siempre. Me quedo, por encima de todo, con su capacidad para seguir intentando aprender y descubrir algo nuevo, incluso con su salud mermada y con una trayectoria tan mayúscula como la suya. Esa curiosidad, esa dedicación, esa capacidad de estudio… son aspectos que tanto él como Mariss Jansons tienen muy marcados en su estilo y su personalidad como directores musicales. Si has estado cerca de ellos, se lo aseguro, no te dejan indiferente.

Además de con Abbado y Jansons, también trabajó como asistente de Bernard Haitink.

En efecto. Lo curioso es que aunque parezcan tres batutas tan diversas, tienen cosas fundamentales en común. Son directores diferentes, por supuesto, en la medida en que proceden de culturas muy distintas. Ser un letón crecido en San Petersburgo no es lo mismo que ser un milanés o un holandés. Son contrastes evidentes y eso marca su forma de entender la música. Me consta, por otro lado, que los tres se admiraban y se admiran en el caso de Jansons y Haitink. Son músicos honestos, humildes, de gran dedicación, gentes que nunca dan nada por hecho o por supuesto; siempre muestran una actitud ideal para la música, con un inconformismo que hace mirar cada día como una ocasión relevante para buscar y encontrar algo nuevo. Esa disposición a aprender es algo común a los tres. Tienen todos ellos, es evidente, ideas distintas sobre algunas piezas, sobre algunas obras y autores. Pero hay una esencia mucho más similar de lo que pueda parecer cuando se les ve en un escenario.

Su llegada a Luxemburgo entiendo que es una gran oportunidad para asentar un proyecto con personalidad. Sin embargo hay otros compañeros de profesión que no ven tan relevante y necesario contar con un compromiso estable de este tipo.

Sin duda, para mí es muy importante esta titularidad en Luxemburgo. Por varios motivos. El más evidente son los programas que tengo ocasión de dirigir. Pero quizá lo más importante sea la ocasión de poder trabajar a corto, medio y largo plazo con un equipo humano, tanto los músicos como la administración, en un proyecto común. Tenemos un equipo extraordinario en la Filarmónica de Luxemburgo y muchas ganas de hacer el mejor trabajo posible. Para mí es un momento clave en mi carrera y eso pasa por mucho más que estudiar partituras y preparar conciertos. Me he involucrado tan a fondo como he podido en lo que esta orquesta implica, participando en proyectos educativos, trazando planes discográficos, etc. Me he tomado como un cometido personal también las pruebas de acceso que se van convocando. Para mí es clave trabajar en equipo tanto con los músicos como con el personal de oficina.

Con leves diferencias de edad, forma parte de una potente generación de directores musicales españoles, desde Juanjo Mena a Pablo Heras-Casado pasando por Ramón Tebar, Óliver Díaz o Guillermo García Calvo, entre otros. ¿Esto es fruto del azar o responde a una serie de circunstancias concretas?

Bueno, creo que lo importante es no perder perspectiva. Si están ahí Jesús López Cobos o Josep Pons, es porque hace un tiempo sucedió algo semejante. Quizá ahora sea más evidente porque coincide que varios de nosotros tenemos una carrera internacional y porque vivimos otros tiempos en los que la comunicación se fija más en estas cosas. En el fondo, no creo que haya tanta diferencia. Sí que hay no obstante una razón que explica esta quizá mayor abundancia, la misma que hay de músicos españoles trabajando en grandes orquestas internacionales, algo más infrecuente hace no tanto. Lo cierto es que haber padecido una dictadura hasta los años setenta fue una lacra para muchas cosas y también sin duda para la educación musical en nuestro país, que exportaba entonces músicos con cuentagotas. Ahora creo que hemos dejado de lado muchos complejos, estamos mejor preparados y estamos más cerca de la media de otros países.

Es de orígenes valencianos, pasó de hecho allí buena parte de su juventud hasta su marcha a Amsterdam. Tras pasar la temporada anterior por el foso del Palau de Les Arts, ¿cuál es su relación musical con Valencia ahora mismo?

Mi relación con el mundo musical valenciano es ahora inexistente. (Silencio)

¿Y eso que quiere decir?

Nada más… 

¿No tiene proyectos allí a corto o medio plazo? ¿Tampoco lo busca, le parece quizá irrelevante este localismo que buscamos a veces los medios?

Desde luego, no hay duda de que a todos nos agrada trabajar en nuestra tierra. Aunque yo me sienta en casa allí donde estoy trabajando en cada momento, Valencia es mi hogar, donde crecí y me ha marcado para siempre. Por eso dirigir en Valencia, dentro de esta gira por España, me hace una ilusión especial. También me hace ilusión dirigir en Viena, pero hacerlo en Valencia trae consigo unas connotaciones sentimentales que son innegables.

"Mi relación con el mundo musical valenciano es hoy inexistente"

Cuénteme más sobre esta gira por España con la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo.

Traemos dos programas muy distintos. Traemos obras importantes como La consagración de la primavera, de una gran complejidad técnica y rítmica, que exige una concentración constante de la orquesta, es un reto siempre excitante, una de las obras más determinantes del siglo XX. Es una pieza que contrasta radicalmente con Bruckner, un universo sonoro muy distinto, de amplias líneas, noble y expresivo, con belleza y solemnidad en términos generales. La Consagración la hacemos con Noche en el Monte Pelado de Mussorgsky, que normalmente se recrea en la versión de Rimsky-Korsakov. Aquí hacemos la versión original, desconocida en muchas orquestas; por ejemplo en Luxemburgo nunca la habían tocado. Es una música muy buena, un excitante inicio de concierto. Hacemos también el Concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky con Patricia Kopatchinskaja, que en el otro programa interpreta también el concierto de Schumann, en un programa íntegramente germánico con Bruckner.

En su agenda, más allá de Luxemburgo, ¿qué otros compromisos relevantes tiene como director invitado?

Este año voy a debutar con la Sinfónica de Viena, voy también a Washington con su Orquesta Nacional, debutaré con la Philharmonia de Londres, regreso a Birmingham, al Capitole de Toulouse, a la Orquesta Nacional de Francia. Estaré por vez primera en la Sidney Opera House.  Voy también a la Radio de Helsinki, a la Ópera de Hamburgo con un programa sinfónico, a Santa Cecilia de Roma a comienzos de 2017 para el segundo acto de Die Fledermaus en versión concertante. Vuelvo a la Filarmónica de Múnich a final de año para hacer la primera sinfonía de Bruckner. Y regreso también a la Orquesta del Concertgebouw en febrero.

No es una agenda menor, desde luego.

Me siento francamente afortunado de poder hacer música con músicos de ese nivel, sin duda.

Entiendo que no a corto plazo, por la agenda que me plantea, pero ¿hay o ha habido interés por contar con usted en España?

No lo se… 

Es decir, ¿no tiene sobre la mesa invitaciones de orquestas e instituciones españolas?

No las tengo, en realidad. Las ha habido, pero las pocas generalmente llegan tarde. En esta profesión, es sabido, se planifica con mucha antelación y si hay un interés real hay que hacer las cosas con más tiempo y con propuestas más decididas.

Usted que ha trabajado en una de las formaciones con un sonido más propio y definido, la Orquesta del Concertgebouw, ¿cómo definiría la personalidad y el sonido de la Filarmónica de Luxemburgo, un conjunto mucho menos conocido en España?

Es una orquesta muy joven y eso tiene su lado positivo y su lado negativo. No tiene una historia y una tradición que marquen su sonido y su personalidad de antemano. A la vez Luxemburgo, por su situación en el mapa, tiene gente de muchos países en su atriles: hay franceses, alemanes, los dos sectores predominantes, pero hay también belgas, gentes del este, norteamericanos… Esa ausencia de un pasado que nos marque demasiado permite una mayor apertura de miras, con la vista puesta en el presente y en el futuro, en la búsqueda no tanto de un sonido propio sino del sonido adecuado para hacer Stravinsky ahora y Bruckner después, etc. Es un trabajo mucho más flexible, en resumen. Y hay muchas ganas de evolucionar y crecer, es una oportunidad abierta para hacer un camino propio.

Viendo su agenda veo un Simon Boccanegra en marzo, un par de funciones. ¿Qué interés tiene por la música de foso, por dirigir escena? ¿Tiene una prioridad definida por lo sinfónico o tiene intención de alternar ambos compromisos en su agenda?

Mi trayectoria es básicamente sinfónica pero tengo un gran interés en hacer ópera. De hecho, la Filarmónica de Luxemburgo hace tres óperas al año y me he comprometido con ellos a encargarme de uno de esos tres títulos cada temporada. Y tengo ya un acuerdo importante con una ópera internacional de aquí a un par de años. Es decir, la ópera no va a ser el grueso de mi agenda pero quiero sin duda hacer ópera con regularidad; es un repertorio que adoro pero por mi trayectoria no ha sido prioritario.

 

 

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