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Katia y Marielle Labèque: "Llevamos años cultivando nuestras diferencias"


Las hermanas Labèque son unas de esas artistas cuyo talento y personalidad han transcendido lo estrictamente musical. Practican una imagen de sofisticada celebridad, más propia de una campaña publicitara que de una gran sala de conciertos. Hay algo inquietantemente bello en su semblante: aparentemente idénticas pero inconfundiblemente desiguales en cuanto ponen las manos sobre sus pianos, verlas actuar en directo recuerda a un espejo distorsionante en el que lo semejante y lo diferente se confunden en cada compás. Se las ha calificado en numerosas ocasiones como el mejor dúo de piano del mundo. Su carisma, su larga carrera de ya varias décadas y sobre todo, su reconocida calidad artística, les ha permitido colaborar con los más grandes nombres de la música contemporánea. No piensen tan solo en las grandes figuras de la clásica, Katia y Marielle, sin perder nunca el aire chic, se sienten tan cómodas llenando festivales de verano con la Filarmónica de Viena, como de artistas invitadas en una de las macrogiras de Madonna.

Han venido ustedes recientemente a Madrid, con Ibermúsica, a presentar La consagración de la primavera para dos pianos, una gran obra que les quedaba por incluir en su repertorio, y su última grabación. ¿Cómo es esta versión?

Katia: Se trata de la versión completamente original de Stravinsky. De hecho, es anterior a la versión orquestal. Hay una entrevista que él hizo hace muchos años donde explicaba que en un momento tenía clara la versión de piano, pero no tenía todavía idea de cómo iba a escribirlo para la orquesta. Así que esta versión de piano no era solamente un ensayo para poder practicar, o para acompañar durante los ensayos con el ballet -tengan cuenta que en la época no existía la electrónica ni las grabaciones-, la hizo el piano porque esta era su manera de escribir. Nosotras la hemos trabajado a dos pianos y hemos incorporado algún elemento de la orquesta, detalles muy pequeños como pasar una nota de un piano a otro. Pero es la versión original y fiel.

Es curioso porque en la versión orquestal tiene una gran importancia a la riqueza tímbrica. ¿Cómo se lleva todo eso a dos pianos? Trabajar los ritmos al piano parece más fácil, pero los colores orquestales…

K: El ritmo de Stravinsky yo no diría que es más fácil, es siempre sorprendente e extraordinario, pero desde luego es mucho más claro. Cuando escuchas la Consagración para dos pianos es como si contemplaras un esqueleto. No tienes todos esos elementos que lo envuelven, como el sonido de las cuerdas o de otros instrumentos en la orquesta, que producen algo más redondo. La interpretación al piano es muy directa, inmediata. Para mí esta versión para dos pianos es más violenta, no hace ninguna concesión.

Cuando abordan un nuevo trabajo, ¿cómo se reparten las voces?

K: Normalmente Marielle toma la parte segunda porque hay más bajos, y yo la primera parte porque están los agudos. Ella tiene un sonido estupendo en el bajo. En la Consagración, por ejemplo, su interpretación tiene mucho peso, ella lleva toda la parte de la percusión tan importante en esta obra. Los timbales son el verdadero director de orquesta en esta obra. Cualquier director se lo dirá, que ellos siguen los timbales. En la versión para dos pianos es igual. Y si hay algo sobre lo que no hay discusión es que mi hermana toca los bajos mucho mejor que yo, su mano es más grande y el sonido más importante.

Marielle: Bueno, si tocamos a cuatro manos a mí me resulta imposible tocar en la parte alta. Es como si estuviera bocabajo, me siento del revés. Es que mi voz es más grave, y es verdad que mi mano es más grande, a mí me hace falta estar en la base, en los cimientos. Mi hermana tiene un temperamento más de escapar, de improvisar, y ella se encuentra más cómoda la parte alta. Yo nunca podría tocar los agudos, imposible. Y si tocara algún instrumento desde luego sería algo así como el cello. Nuestra interpretación no se debe describir como quién toca el primer piano y quién el segundo piano, creo que esto no es acertado. Sería como en una orquesta, quién toca el cello, quién toca la flauta, esto es la manera en la que nosotras lo vemos; es mejor entendernos como una orquesta, no como dos pianos.

Como espectador uno observa que a primera vista ustedes son muy parecidas, casi parecen como un duplicado, si me lo permiten. Pero en cuanto empiezan a tocar la semejanza se desvanece, y aparecen esas personalidades sobre el escenario, tan marcadas y diferentes. ¿Existe una correlación entre estas afinidades musicales y su personalidad extra musical?

M: Es difícil describir esto con palabras, porque es algo que intento explicar a través de la música, pero claro que somos diferentes. Sí, hay una relación con nuestras personalidades, con nuestros temperamentos. Yo diría que soy más equilibrada y Katia es más imaginativa. Ella tiene más tendencia a volar, como un avión que despega y se va a las nubes, pero yo me quedo abajo y la espero. Esta diferencia es algo además que además hemos cultivado en todos estos años juntas. Si tocáramos las dos como mi hermana o las dos como yo, la cosa no funcionaría. Hay gente que cuando nos escucha nos dice que es increíble, que sonamos como un solo piano, y entonces yo pienso, (ríe) bueno sería mejor si sonáramos cómo dos. Hemos conseguido con los años un equilibrio en esta diferencia. Hay una parte de suerte pero sobretodo mucho trabajo. El trabajo que hay detrás de lo que hacemos es enorme, realmente enorme. Y todo este trabajo, es lo que nos permite olvidarnos de la dificultad técnica de las partes más complicadas, es lo que nos da precisamente la libertad de hacer lo que queramos.

¿Así que la libertad se consigue a través de trabajo y compenetración?

M: Desde luego, para mí, sí. Sin este trabajo no hay libertad. Siempre me preguntado cómo hacen los músicos que tocan música de cámara y que se encuentran el día anterior, sin haber ensayado. Es por eso por lo que ahora toco muy poca música de cámara, porque no tengo tiempo para trabajarlo con anterioridad y así no me es posible hacer lo que quiero. Con mi hermana es un lujo, porque hemos tenido años para prepararnos juntas.

Y durante todos esos años juntas, han construido un repertorio muy variado, desde lo más clásico a lo más contemporáneo. Ustedes parecen no tener problemas para navegar entre diferentes estilos. ¿Se sienten más cómodas en alguno de estos repertorios?

K: Desde luego intentamos trabajar todos los estilos, ¡aunque yo diría que los problemas los tenemos! Trabajamos mucho, necesitamos ese tiempo juntas, si no, no podemos crecer. Hay muchas maneras de comunicar y de hacer música hoy en día, pero si quieres hacer un dueto de piano necesitas estar con tu compañero y trabajar. Siempre elegimos obras que nos gusten, que nos motiven, que sean importantes para nosotras. Cada uno de esos compositores te llena y te hace crecer en una dirección diferente, para nosotras no sería posible renunciar a ninguno de ellos. Pasamos de los muy clásicos como Mozart o Schubert a proyectos más contemporáneos como el de la música vasca en el que estamos ahora. Hasta ahora con los percusionistas vascos hemos hecho únicamente el Bolero (de Ravel), que es una gran obra, pero es muy poco tiempo, 14 minutos. Queremos hacer más, y estamos pensando en desarrollar un programa completo con ellos. Para nosotras es muy importante mantener la mezcla de nuestra gran tradición clásica y la libertad de poder inventar un repertorio nuevo, con proyectos innovadores.

Esta libertad y capacidad de innovación que mencionan, ¿tiene algo que ver con que ustedes atraigan a un público diferente? A mí como aficionado a la música clásica, ir a sus concierto y ver la audiencia me da mucha esperanza.

K: Creo que hay razones para tener esperanza. Hemos hecho en el mes de septiembre un concierto muy especial en la Philarmonie de París, había gente del mundo del rock'n'roll, un cantante que se llama Justin Vernon. Fue magnífico ver cómo la sala de la Filarmónica de París, la gran sala, estaba llena de gente de entre 17 y 25 años. Creo que hay una generación de jóvenes a los que les interesa mucho la música y que tienen un gran conocimiento, pero no tienen necesariamente el deseo de escuchar solamente cuartetos de Beethoven o de Bartók. A ellos les interesan otros compositores y cuando los incluimos en nuestros programas somos nosotras las que nos beneficiamos, porque así este nuevo público nos conoce.

Esto no es nuevo para ustedes, ya desde el principio de su carrera rompieron fronteras al acercar diferentes tipos de música, para algunos irreconciliables, como el jazz, clásica y luego la electrónica.

K: Es que también nuestras referencias musicales eran muy diferentes. Escuchábamos el jazz de Miles Davis, John Coltrane... Así que cuando empezamos a tocar a Gershwin, nuestra referencia no era André Previn, eran esos músicos de jazz. ¡O Billie Holiday que cantaba Gershwin! Incluso para la música que llamamos minimalista, para interpretarla, el conocimiento del rock y electrónica es muy importante. Para un músico hoy en día este desarrollo me parece inevitable. Nosotras empezamos a trabajar con instrumentos electrónicos hace muchos años. Las primeras pruebas no salieron muy bien, recuerdo ese disco con Sony hace 25 años que se llamaba Love of colors, es horrendo. Una vez más fue una parte del proceso de aprendizaje continuo que te hace crecer, no es que no quisiéramos hacerlo bien, es que no sabíamos entonces. Estos nuevos caminos nos fascinan y vamos a intentar desarrollarlos más, por supuesto.

Han trabajado ustedes con los más grandes, el mismísimo Philip Glass por ejemplo, les hizo un concierto. Hace poco tuve la oportunidad de entrevistarlo, él las adora y me comentaba que se habían hecho amigos. Parece que jugó un poco a romper sus posiciones interpretativas habituales, les dio la mano derecha e izquierda alternándose sucesivamente durante la obra.

K: Nosotras también le adoramos. Es verdad que lo hizo así, lo hizo con mucha dulzura y con mucha comprensión. Pasamos tiempo juntos trabajando la obra y debo decir que es un auténtico privilegio haber trabajado con él.

M: Quiero creer que lo que Philip Glass ha encontrado en nosotras es un poco más de libertad a la hora de interpretar su música. Es frecuente ver que en la música minimalista se toca como un metrónomo. La música tiene que vivir, hay que cambiar los tiempos, más lentos a veces más rápidos, especialmente en este tipo de música. Cuando preparamos el concierto, nos encontramos con Philip en París y le preguntamos sobre algunos aspectos de la interpretación. Él nos dijo: "esta música es ahora para vosotras, ya no me pertenece, es vuestra". Con el tiempo he descubierto que los compositores son personas muy libres, mucho más libres que los críticos, que suelen querer que las pieza se interpreten de la manera preconcebida que ellos tienen la cabeza y sólo de ese modo. Para mí, esto la hace muy aburrida. En todo caso hemos sido unas privilegiadas por haber podido trabajar con tantos compositores. Nos hubiera encantado haber trabajado con Stravinsky para la Consagración, casi, casi lo pudimos hacer.

Más allá de este concierto, ustedes han cultivado mucho la música minimalista. Cuando uno se acerca ella, de una manera ingenua, podría decirse que su interpretación es más sencilla, por la continua repetición. ¿Es esto así?

K: No, no, en absoluto. El ritmo de Philip Glass parece sencillo, pero si se fija descubrirá que en su música nunca hay una repetición exacta, no se repite jamás la misma cosa. La dificultad está entonces en no perderse en cada uno de estos cambios. En una pieza para dos pianos que se llama Cuatro movimientos, el tercer movimiento es extremadamente difícil, cada una de las cuatro manos hace un ritmo diferente cada mano derecha y cada mano izquierda. Nos costó muchísimo trabajo tocarla, pero una vez que lo haces la experiencia merece la pena, fue como crear un nuevo lenguaje, que te anima para seguir entrando más y más en su mundo. Y esto es un privilegio. El mundo de Philip Glass es increíble, hay muchos compositores que pueden intentar hacer lo que él hace, pero no lo consiguen. Cuando escuchas algo de él, ya sabes inmediatamente que es suyo, es único. Para mí es uno de los compositores americanos más importantes del siglo con Steve Reich y John Adams. Son los genios de nuestro tiempo.

Hemos hablado de que han roto fronteras desde el repertorio, pero también con su manera de actuar, incluso su manera de vestir, tienen un look atípico para unas pianistas clásicas.

K: Creo que aquí lo importante es ser auténtico, ser lo que realmente eres. Nosotras no lo hacemos para atraer públicos, ya a los 18 años éramos así.

M: Sí, tenemos un look más contemporáneo. En realidad, cuando me visto procuro ir a lo sencillo: prendas negras (de Givenchy), más modernas. Pero siempre ha sido así, cuando teníamos 20 años ya estábamos tocando con vaqueros y camiseta. Los típicos trajes largos de lentejuelas, y el pelo recogido sencillamente no es mi estilo, me siento atrapada. Es importante sentirme cómoda cuando toco, me gusta mucho el negro, pero sobre todo tengo que sentirme a gusto. Me gusta tener mangas largas, por una razón tan sencilla como que en las salas hace mucho frío con aire acondicionado, pero también porque realzan los movimientos al interpretar.

El espectáculo va entonces más allá de lo musical, parece que también lo visual entra en juego.

M: Claro, pero no sólo por la ropa, sobre todo porque dos pianos es una interpretación más visual, más espectacular. Cuando tocamos en un solo piano a cuatro manos es diferente, pero con dos pianos uno puede imaginarse un poco a una orquesta.

Llevan toda una vida tocando juntas, más de 40 años. ¿Pensaban ustedes cuando eran niñas que iban hacer un dúo en su carrera musical? ¿Estaba planeado? ¿Se acuerdan de su primera vez?

M: No estaba planeado, recuerdo que cuando éramos pequeñas una vez tocamos los Lieder de Fauré a cuatro manos. No fue una buena experiencia, no me sentía cómoda con mi hermana al lado. Pero luego, cuando empezamos a dedicarnos al piano, separadas, viajando, encontré muy difícil llevar esa vida sola y decidimos hacer algo juntas. Hemos tenido mucha suerte de haber podido tocar juntas. Otros instrumentistas, como el violín, suelen tocar acompañados de pianistas o de las orquestas, pero la vida del pianista es más dura, siempre solitaria. Yo tengo la necesidad de compartir lo que hago antes y después del concierto. Tocar sola sería como ir a cenar sola a un sitio fantástico, está bien, pero lo disfrutas mucho más en compañía, se convierte un poco en una fiesta.

K: Haber hecho proyectos nuevos con mi hermana continuamente ha sido una manera increíble de desarrollarnos. Lo importante es nuestro trabajo, la evolución, la manera de poder seguir creciendo juntas. Ir adquiriendo conocimiento, eso me parece lo más importante para un músico. Esta ha sido nuestra motivación desde siempre, buscar nuevos lugares.

Cuando se adaptan o se tocan obras sinfónicas para dos pianos, ¿qué se gana y qué se pierde?

K: Es diferente en cada obra. Por ejemplo, en la Rapsodia Española -que también tocamos en Madrid-, Ravel hizo ambas versiones simultáneamente, las escribió a la vez. Ahí tienes la oportunidad de producir sonidos más mágicos, de utilizar la imaginación. En el caso de la Consagración, lo utilizamos para darle todavía más fuerza y más violencia a la obra. Al final, tenemos siempre en la cabeza los instrumentos, y nos dividimos no tanto por quién es el primer piano y el segundo piano, sino por quién toca los violonchelos, quién toca el violín quién toca el clarinete... Eso te da un color diferente en cada adaptación.

Ustedes tienen su carrera independiente pero, como ya sabemos, sobre todo se han hecho famosas por su actividad como dúo ¿Qué es lo siguiente en su carrera? ¿Planean seguir juntas o potenciar más el modo solista?

M: Es más bien la vida la que decide por nosotras. Toda nuestra carrera ha estado llena de sorpresas, de cosas que aparecen de repente: un encuentro casual, alguien que nos manda una idea, o nosotras mismas que vamos siempre buscando novedades y las encontramos inesperadamente. La idea de búsqueda es muy importante para nosotras. Diría que buscar es más importante que aquello que encuentras. Katia está siempre escuchando cosas nuevas, generando ideas, como este proyecto que tenemos actualmente con la música vasca. De momento podemos seguir tocando -estamos bien, tenemos energía- y espero que podamos seguir haciéndolo durante más años. Que podamos tocar la música que nos gusta juntas, es como un regalo cada día. Si una mira cómo está el mundo, es una fortuna increíble.

Conectando con esto que dice, del estado del mundo ¿creen que la música puede tener un papel redentor?

M: Sí, claro que lo tiene. La música nos puede ayudar tanto. Recuerdo un concierto con John Eliot Gardiner el día después de los atentados en Bélgica. Había músicos que no querían hacerlo, pero él decidió ir adelante con el concierto, haciendo la Pasión según San Mateo. La gente lloraba, y algunos no se atrevían a aplaudir. Hay momentos como ese, en los que uno se pregunta, ¿qué podemos hacer? Bueno, si durante unos minutos con un poco de música podemos hacer que la gente se olvide ciertas cosas terribles que pasan en la vida, creo que es fantástico.

Creo que viven ustedes juntas, con sus familias, en un palacio en Roma que perteneció a los Borgia. ¿Es esto cierto? Parece casi sacado de un cuento.

M: Si es verdad. Bueno, no tenemos todo el palacio, tan sólo un apartamento. Aunque ahora vivimos prácticamente en el estudio, porque tenemos un estudio con los dos pianos y los micrófonos montados allí permanentemente. Es una sala increíble, muy alta, con enormes ventanales, toda de madera. Pasamos la mayor parte de nuestro tiempo allí, y trabajamos muy bien.

Parece un entorno muy artístico. No me extraña de que aquí salgan grandes creaciones. ¿Le resulta complicado manejar la convivencia de esta familia extendida?

M: En realidad somos tres parejas, Katia con David (Chalmin), yo con Semyon (Bychkov), y mi hermana y yo. Estamos todos en la música, nos rodea y hablamos siempre de ella. Se necesita mucho tiempo para organizar, es muy complicado. Yo vivo con Semyon, él viaja mucho, ahora en Praga, luego América, luego quizá podemos encontrarnos tres días en la costa vasca porque tenemos conciertos allí... Debo confesar que es todo un jaleo. Yo intento verle cuando tengo un momento en el que puedo escapar de mi hermana, de los ensayos, pero es difícil planificar, cada año, cada mes, cada semana son diferentes. Por lo menos pude encontrarme con Semyon y tener una cena para celebrar nuestros treinta años juntos. ¡Treinta años ya! No tenemos una vida tranquila en la que podamos disfrutar de un fin de semana típico, quizá podamos tener un poco de rutina en otra vida.

 

 

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